Get the beat or beat it

Tuve una revelación hace unas horas, todo gracias al shuffle de mi Itunes: sí, hay mucho hip hop en mi librería y sí, creo que el motivo es que me aisla socialmente… lo que me parece más que atinado!

Es que es perfecto y no lo había hecho consciente! Todos mis amigos, unos y otros, presentan cierto índice de tolerancia al hip hop que va desde los números negativos, pasa  sobre el cero absoluto y se instala entre el 1 y el 3/10. Las únicas que se emocionan al respecto son, claro, mis compañeritas de baile, quienes me dedican videos por facebook y mandan “mucho beat” por msn después de sus besitos.

Este es mi gap social además de generacional; eso aunado a cosas como las Spice Girls, Kylie Minogue y los Beatles. Mis horas plagadas de hip hop son mi burbuja particular hecha de repelente social a prueba de balas, con permanencia limitada mientras nadie llegue al botón de pausa en mi Ipod.

Me dicen de todo: es música de negros, nada más sirve para mover el culo, no tiene ningún valor musical ni remoto, todo suena igual de feo, está lleno de referencias denigrantes al sexo femenino, es una colección de estupideces gansteriles arrabaleras de los ghettos varios de ciudades horrendas, es insoportable, provoca sospecha de mi estado mental y, finalmente, me descalifica como parte de el selecto grupo de posibles snobs fans de grupo indie/banda alemana oscura/Vivaldi/bossanova café del mar/Japanpop.

Estoy hartísima de tratar de explicarles por qué a mí, que presumo de tener un cacahuate de cerebro y nadie me ha corregido, me gusta tanto y me hace tan inmoderadamente feliz pero nada funciona. Solo con selectas personalidades que se caracterizan por ser aventureras en más de un sentido he tenido algo de éxito.
Por eso voy a ir al concierto de Kanye West con Lu; porque no sólo no objetó (como H, quien me dijo que si lo hacía pasar por ese infierno invadido de wannabeprietos me iba a eclosionar el hígado) sino que se ofreció a enfrentar la lluvia para comprar mi boleto.

Por mí está todo bien, no volveré a intentar defenderme cuando alguien -más- diga en voz altísima algo como “por qué carajos te gusta esa música horrenda?!”. La incomprensión, de todas formas, siempre me ha alimentado de una forma u otra, estoy acostumbrada a ella y me parece lo más cotidiano.

Esto se suma a la larga lista de “por qué te pintas las uñas de rojo puta?”, “por qué insistes en que todo sea rosa?!”, “por qué te gastas esas cantidades en pendejadas?!”, “por qué fuiste a una ociosa guerra de almohadas?!”, “por qué inviertes tiempo y esfuerzo en tonterías ecológicas?!”, “por qué no maduras y te compras una casa?!”, “por qué no compras piratería?!”, “por qué tomas tanta leche?!”, “por qué te niegas a ir a la ópera?!”, “por qué te gusta tanto Legally Blond?!”, “qué tiene de maravilloso el pan con mantequilla?!”, “por qué no te casaste con C?!”, “por qué no te comportas como una licenciada en letras?!”, “por qué eres tan geek y no te pones a leer una novela?!”, “por qué no te asquea la pornografía?!”, “por qué no bailas otra cosa?!”, “cómo te atreves a hablarle así a tu madre?!”, “por qué pasas tantas horas jugando Guitar Hero en lugar de… ?!”, “por qué no eres más recatada/menos exhibicionista?!”, “por qué detestas la catsup?!”, “por qué tienes que exponer tu vida en Internet de esa manera tan gratuita?!”… ya saben, cosas así de misteriosas y altamente controversiales.

Yo voy de acuerdo con lo que dice Robert Downey Jr., alguien que es incomprendido por default también:

“A lot of my peer group think I’m an eccentric bisexual. That’s OK. Being relaxed about sexuality is something you’re born with. My identity was written on the wall by ancient and formidable guides and forces. The best thing I can do is keep my hand out of it.”

Pues eso, mi identidad estaba definida desde fábrica como ’sexualmente relajada’, diseñada para romper etiquetas y divertir a cuando psiquiatra se me cruzara por enfrente. No creo que sea tan especial ni fantástica si soy capaz de disfrutar videos de gatitos o pulpos enamorados, el sadomasoquismo, las chicas superpoderosas y el shoplifting, entre otros, al mismo tiempo.
Lo único que hago es ser feliz, gastar mi dinero y energía mientras tengo e ir con el beat.
If you don’t, beat it.

Todo esto viene al caso porque creo que ustedes no estarían leyendo esto si supieran cuál es mi soundtrack mientras escribo. Mi inspiración divina se la podemos agradecer, por ejemplo, a Jay-Z, (estadísticas dicen que lo he escuchado (1,112 veces) cuyas rimas insoportables para muchos me hacen sentir blandita y tibia, como panqué recién horneado.

Lo único que puedo hacer es aferrarme a mis incoherencias; ellas me mantienen serena y me ayudan a lidiar con el dolor, la decepción, los amores perdidos, las vidas atascadas, la codependencia y los amigos idos. Eso, les juro, no es fácil. Se requiere forzosamente de cierto ritmo e irse despacio, con cadencia.
Now let me do my 1,2 step.

Note to self & you

Querido diario:

En momentos de arrepentimiento volátil como éste quisiera saber cómo, si es posible, controlar mi incesante costumbre de comunicarme interpersonalmente cuando estoy ebria. Hasta este instante me había burlado de las personas que declaran abiertamente utilizar el alcohol como agente desinhibidor como para tener arrojo suficiente para hablarle a la niña que les gusta o decirles a sus padres que son gay pero debo afrontar las obvias señales de que soy una de esas personas. Esto es al mismo tiempo alarmante y… penoso.

En serio, diario, me gustaba pensar que era capaz de decir y hacer lo que me diera la gana en todo momento sin necesidad de condiciones específicas pero que tantísimas veces haya caído en el drunk sms/calling es porque algo sí tengo que decir y no, no me sale en sobriedad.

Sabes qué es lo peor? No soy capaz de olvidar felizmente lo que digo/escribo en esas ocasiones así que tengo que vivir con el remordimiento de haberlo hecho aunque secretamente disfrute de la liberación del peso sobre mi alma. No, ni tan secretamente, la verdad es bastante obvio.

De todas formas me gustaría no tener que recurrir a esas actividades, diario, sé que las personas acaban sintiéndose victimizadas porque no lo esperan y ciertamente no lo ven venir. Muchas veces tampoco lo merecen.
La urgencia suele darme en momentos de fiesta-recién-acabada, cuando todos están en super buena vibra despidiéndose a abrazos y besitos tronados; hay camaradería, guiños de complicidad y amor al por mayor cuando se me ocurre que es un momento perfecto para comunicar la más honda y sentida de las verdades. En el repertorio reciente están:

  1. Llamada por 25 minutos a las 2 am. para decir estupideces con todo y lágrima-moco-baba.
  2. Llamada por 15 minutos a las 4.20 am. cuyo mensaje podría resumirse en los primeros 40 segundos en los que dije “cómo te largaste?? me dejaste super caliente, te ODIOOOOO!”
  3. SMS 5.10 am. donde se lee “no tienes idea de cuánto te extraño y lo importante que eres para mí”
  4. SMS 3.10 am. con un “siendo honesta conmigo misma, sé que si me meto en tu cama de nuevo no voy a querer salir ni a balazos”
  5. Llamada 2.40 am. “por qué me haces esto, malnacido cabrón hijo de putaaaaaaa???!”
  6. SMS 4.50 am. “éste es tu lugar… i mean it”
  7. Llamada 12.20 am. “eres una mierda de amigo! egoísta! ventajoso! MIERDA! MIERDAAAAA”

Mi punto es claro: se me sale lo Miss Hyde, para no hacerte el cuento largo.

No, diario, no se vale que sea capaz de eso y que todavía, el colmo, la gente me CONTESTE para chutarse todas esas cosas en vivo, sin deberla, a hora no cristiana y a todo color. Yo en sus lugares dejaría sonar el celular hasta que la batería se terminara o que los mensajitos se rebotaran y punto… “pero no! que me va mucho peor si se me ocurre no contestarte!”, dijo alguna vez H. Chico listo.

No sé, hoy sí tuve que bajarle al drama, al lío y a la peda para enviar, consecuencia de una cosa como la de la lista, un “perdón por la impertinencia de madrugada.. ergo, no debo dejar rehab nunca ever” cuya respuesta fue un “no worries. eres toda tú”.

Diaro querido, quisiera saberme capaz de decirle a ciertas personas “te quiero un chingo” en tono honesto sin ahogarme previamente, sin sentir remordimientos por haber elegido las palabras incorrectas y saber encontrar el momento preciso donde su significado sería entendido y apreciado. Eso es mucho más difícil ahora que dos cervezas se me suben, sabes? Mucho más cuando estoy rodeada de mis cómplices, entre música ruidosa, con el celular en la mano.
A veces me siento media omnipotente cuando sé que tengo saldo suficiente para sacar de mi ronco pecho una de esas confesiones muchas veces indeseables. Lamentablemente no soy inmune a las consecuencias y el probable daño que causo en los demás cuando las leen/escuchan de mí, a las 3 am.

Creo que comenzaré mi terapia; dejaré mi teléfono bajo el sillón cada que me dirija a la puerta principal con intenciones de cruzarla, sean más de las 11 de la noche o la actividad a realizar tenga que ver con alcohol en cualquier cantidad.

Por otro lado, sé que tod@s ell@s extrañarán recibir esos extraños mensajes/llamadas en los que, muy probablemente, están todas las explicaciones a las preguntas que alguna vez me/se hicieron. La verdad cuesta y ni mi hígado ni mi conciencia están dispuestos a morir en el intento de comunicarla. He dicho.

La última y nos vamos:
Sé que me estás leyendo. Sé que sabes todo lo que escribo de ti. Sé que te da miedo. Sé que es difícil. Sé que también me quieres y eso me es suficiente. Sí, estoy sobria.

Circunstancias adversas

Días como éste me hacen sentir realmente confundida/decepcionada/resignada. Los he tenido por montones recientemente y creo que se volverán aún más comunes una vez que HB se vaya del país y se lleve con él a Hmlst. Entonces sí, nada ni nadie logrará que salga de mi casa.

Me refiero a los días en que todo está “agendado” con semanas de anterioridad y que por alguna circunstancia se vuelven una marejada de malas experiencias. Eso me ha provocado cantidad de berrinches, de dolores de panza, de lágrimas de nostalgia mezcladas con coraje.

Verán, no soy buena para quedarme sola en casa los viernes por la noche. No, no lo soy, y no me gusta pensar que eso viene con la treintena de años. No es posible que la gente haga planes super divertidos para verse luego inmersos en la realidad de la vida que va más o menos “dios, viernes, que maravilla poder dormir y no tener que levantarse temprano mañana” y cancele a último momento. En esos instantes, claro, siempre se tiene en la mano una agenda a la cual recurrir pero me encuentro conque todos tienen planes del tipo “voy a cenar con… y luego me voy a la casa, que estoy muerto”. No, no es posible y es inadmisible. Es viernes en la noche, deberíamos estar bailando al punto de la deshidratación en algún antro ecléctico donde pongan desde punk hasta cumbia; eso, eso viene en los mandamientos.

Tampoco deberían preocuparnos las dietas, la rehabilitación o las limpiezas kármicas; no deberíamos tener presentes los niveles de colesterol o contando días para la próxima cita con el ginecólogo.

En este mundo de cambios de planes cortesía de nuestras propias responsabilidades se vuelve tremendamente complicado poder confiar en la gente así como esperar reciprocidad y complicidad al mismo nivel que la que se brinda. El que haya dicho que sí estaré ahí en ese momento debe ser confirmado mínimo 3 horas antes del evento si no, puedes darlo por cancelado.
El vacío es fatídico los miércoles, por ejemplo.

Hoy estoy sola a pesar de que mi plan maravilloso estaba orquestado desde el pasado domingo. Mi hermano presentó su examen para especialidad y le fue bastante bien, así que “el miércoles celebramos con chelas y mucho hip hop”, qué más se puede pedir?
El chico llegó temprano y con muchísima disposición; se sentó frente a la televisión conmigo para ver por décimosegunda vez el concierto de Jay-Z en el Madison Square Garden. Éramos felices y estábamos simples cuando recibió una llamada del trabajo y dijo “tengo que irme, a alguien le bajó la presión”. Se despidió rápidamente y desde la calle gritó “te la debo”. *sigh* Eso, en serio, no lo vi venir.

*****!!!

En ese momento yo había tomado dos cervezas, no me había cambiado así que todavía andaba ataviada de oficina y con todo mi maquillaje perfectamente aplicado aún en su lugar. Nada de qué preocuparse, me dije, son las 8 de la noche, hay mucho qué hacer! así que llamé a H. Estaba praparándose la cena, dijo que podía unirme… “pero al rato tengo que checar un servidor en Costa Rica”, agregó. Esa era la advertencia necesaria para que yo dijera que mejor nos veíamos después porque H es de esos que pueden ignorar el Apocalipsis mientras está frente a su computadora, lo que eleva la frustración social a niveles innimaginables.

Por otro lado, hoy hay un concierto al que otro porcentaje de mis amigos asistirían así que la agenda se redujo y redujo y redujo… hasta que dejé de intentar. Pensé en desnudarme, acabarme la cerveza y mandar mensajes de texto a horas inadecuadas, lo de siempre. Maldije mi suerte de miércoles, medio arruiné mi maquillaje lagrimeando como nena y me dirigí a la cocina mientras gruñía acerca de lo poco festivo que está todo, incluidos el clima, la política exterior y el descongelamiento de los polos.

En ese instante me comenzó a doler el estómago como no lo había hecho en años: agrura, acidez, asco, todas las anteriores. Tomé agua y solo lo empeoró, juro que me comencé a poner verde. Corrí al baño en un ataque de reflujo horrendo. Se imaginarán qué hice después. Me descompuse toda.

Así fue cómo arruiné mi maquillaje, mi pelo perfecto y casi me arranco el piercing de la nariz. Lavé y lavé mi cara como para encontrar un por qué, cómo y cuándo pasó eso de la nada; necesito una explicación cualquiera.

Heme aquí frente a la computadora después de media hora de lamentarme y dar vueltas sobre la cama; la única cosa que se me ocurrió es que todo el evento se debió a mi reciente cambio de hábitos o “estado zen”, como le dice H. Debo, de manera madura, hacerme responsable de las consecuencias que me traen los intentos de seguir los designios de mi ejército de doctores y sus infinitas amenazas disfrazadas de recomendaciones que siempre acaban coincidiendo en que “tienes que cuidarte porque ya no eres una adolescente”.

Hoy me queda claro que ya nadie a mi alrededor es un adolescente, además de que soy la epítome de la adulta contemporánea quien es incapaz de sobrevivir a su propio ritmo de vida sin pagar altísimos precios por ello.

También me quedó claro que, después de mi rehab, me convertí en alguien que se pone MAL después de ingerir DOS cervezas (con todo y cruda asesina). Siguiendo esa lógica tan simple infiero que esta noche podría cometer el suicidio más sencillo de la tierra si efectivamente me acabo el resto del six y pido a domicilio algo como, no sé, una torta de pierna con hartísimo aguacate, unos tacos de chicharrón o una pizza con mucho mucho salami y pedazotes de piña de lata. Moriré en menos de dos horas, fijo, probablemente entre gritos y una úlcera lacerante espontánea.

Este es el último clavo que el ataúd de mi vida como la concebía necesitaba para terminar de refundirse en los hoyos de la memoria colectiva. Ahí van años de excesos de todo tipo, de noches de desvelo en rachas de semanas, de comilonas poco probables y aún menos racionales, de tremendísimas ingestas alcohólicas donde nunca interesó la procedencia o contenido de las bebidas, de sudores fríos y calientes mientras se baila cualquier ritmo suceptible de hacerlo… ay, ay, ay de mí.

Luego llamó N; preguntó que si estaba ocupada y le contesté que pensaba dormir temprano porque no me sentía bien. Me puse triste porque tampoco pensaba unirme a los que cancelan planes, están ocupados o indispuestos de manera tan súbita.

Pero bueno, ya qué importa, si he perdido mi callo, lo demás caerá por su propio peso. “Pero por lo menos sales barata”, dijo H. ¿Barata? Pienso que de una manera u otra, siempre lo he sido.

PD: crecer apesta.
PD2: no sé cómo voy a sobrevivir las fiestas patrias dado lo que implica el nombre mismo del evento.

La caja de Pandora

Mis actividades la última semana me han absorbido de manera total; la verdad es parte mi culpa por no considerar el caos como una de las influencias que rigen mi vida, pero es algo que a nadie le gusta incluir voluntariamente.

El trabajo es una de ellas; dejé que se acumulara y finalmente pagué el precio entre gruñidos e insomnio. Comienzo a pensar que lo que me pagan no compensa el stress que éste me causa así que pediré un aumento que, probablemente, me sea negado y entonces renuncie por “diferencias profesionales”, que siempre se escucha mejor que “por estar hasta la madre”; veremos qué pasa.

En otros asuntos, tengo buenas noticias: encontré mis más preciadas posesiones camufladas en una caja escondida detrás del refrigerador.
Dentro estaba mi vida concentrada en libros, libretas, recortes, agendas y demás documentos. El hallazgo significó el término de la angustia paralizante que me tenía histérica desde hace un par de semanas. Me aluciné que alguien las había robado para volverme loca y verme suplicar por su regreso; que tenía un gnomo homosexual que escondía toda cosa de color rosa que yo apreciara; que mi ex roomie las había quemado en venganza de que la corrí entre gritos, similares ideas.

Una vez que las tuve entre mis manos, me di a la tarea de clasificarlas así como encontrarles un mejor lugar de reposo; me tardé mucho en lograrlo porque de tanto en tanto me detenía a hojear, a ver detenidamente, a recordar quién era yo en los momentos cuando aquellos objetos llegaron a mí. H me acompañaba virtualmente desde su casa; le pregunté si pensaba que fuera posible tener eso frente a ti y evitar leerlo, lograr no ponerte nostálgico. Contestó que no, que era inevitable, pero que de mí dependía no darles más valor del que realmente tienen como pruebas del pasado, de algo que ya no aplica por más te-amos que inunden las hojas. Tiene razón.

Entre lo que apareció está una foto donde tengo más o menos 7 años; estoy sentada entre las butacas de un auditorio, tengo puesto mi tutú naranja. En otra parezco de unos 5 años; estoy recargada en una palmera, con el pelo sobre la cara, descalza, con los brazos abiertos como esperando que un perro imaginario salte a ellos. Otra fue tomada en el DF, tal vez como a los 8 años; una barda de pilares torneados sirve de ancla para mi cuerpo que se sostiene de ellos mientras le doy la espalda. Parezco desesperada, como si intentara arrancarla del suelo. Entre todas esas imágenes solo en dos aparece mi papá, una de las cuales corresponde a mi bautizo; el ropón blanco me vuelve irreconocible pero sé que soy yo porque jamás he visto ninguna foto del bautizo de mi hermano… si es que eso sucedió. Me puse triste, mi niñez está tremendamente desarticulada incluso en los álbums familiares; es caótica, intrincada y borrosa, un verdadero manojo de casualidades azarosas que sucedieron sin intención alguna. En fin.

Otro signo inequívoco del paso del tiempo fue que tiré todas mis revistas Cosmopolitan, las Vibe y las Q pero me quedé con las Cocina Fácil. También eché a la basura los documentos referentes a mi beca en Canadá, cartas de recomendación, un par de compendios que leí en la maestría, copias de mis calificaciones en la carrera, una chequera, un poster de las chicas superpoderosas y otro de Jeniffer Lopez que tenía en la pared de mi primera oficina, etc. Salvé los apuntes de mi curso de edición avanzada para llevárselos a Talina; esas cosas le encantan.

Conservé el dibujo a lápiz de los ojos de Madonna que un ilustrador me regaló; me quedé un par de grabados minúsculos que el artista me dedicó, estaban dentro de un sobre color amarillo pollo, envueltos en terciopelo rojo. El moho casi se comió el recibo que celebraba el último pago que di por mi primer carro, en el 2000. Encontré la tarjeta del ginecólogo especialista en reproducción humana que consulté hace como 2 años, quien me mandó hacer como doscientos estudios, pero yo nunca regresé; tenía un apunte según el cual mi próxima cita era en enero 22 del 2006. Ajá.

Había invitaciones a presentaciones de libro, a inauguraciones de muestras de fotografía, bienales de arte contemporáneo, conciertos de piano, festivales de danza contemporánea. Cosas viejas, unas hasta descoloridas, que por diversas razones llegaron a esa caja y permanecieron inertes detrás de mi refrigerador todo este tiempo.

Como era de esperarse, había olvidado la existencia de la mitad de aquellos objetos pero no el peso de su simbolismo. Me definen, me acotan.

Me gusta pensar que si una plaga asesina desapareciera al 90% de la humanidad alguien encontraría esa caja y notaría que, casi literalmente, contiene una vida entera en forma de cosas sin relación entre sí, pruebas de mi probable psicosis, las llaves de una infinidad de puertas que nunca se abrieron, las consecuencias de otras que costaron enorme trabajo cerrar.

Entonces terminé de limpiar; acto seguido levanté el teléfono: “Dolores, te voy a mandar algo que necesito que guardes. Es la caja de Pandora”. Ella dijo que sí, que no había problema, que se la enviara con mi hermano en cuanto lo viera, que la pondría con mis libros en lo que fue alguna vez mi cuarto. Me llamó la atención que no preguntara qué contenía pero creo que lo sabe. “No quiero tenerla aquí pero tampoco puedo deshacerme de ella por completo”, expliqué a pesar de que no me lo había pedido. Cerré caja inmediatamente después con todas mis fuerzas, la alisté para su viaje.

La veo desde la cama cada noche y en las mañanas durante el ritual de crema y polvo translúcido. Está ahí, ahí muy obviamente.
A pesar de ello, han pasado tres semanas y dos visitas de mi hermano, pero por alguna razón que no quiero/logro definir, la caja no se ha movido del costado izquierdo de mi peinador.

Siempre olvido mencionarla.