A place called home office 25 July 2008
Algunas cosas que vienen con la madurez son más urgentes de resolver que otras: casa propia, salir de deudas, graduar a los hijos y depilarse permanentemente son unos ejemplos al random. Hay también una cantidad de anhelos que se van diluyendo, de metas que se van cristalizando y de miedos que se van olvidando.
Ando, ando, así, en gerundio.
Una de mis reflexiones de vacaciones -que llegó probablemente en un momento en el que estaba echada en la playa- fue más o menos ésta: me gusta mi vida, quiero dedicarme a vivirla el mayor tiempo posible con la intensidad que se debe. Asunto profesional, personal, material, espiritual y sexual.
Ajá. Manos a la obra.
Mi vida está llena de valiosas personas, cosas y eventos pero hay clarísimas cosas de las que carece: distractores.
Las metas que me fijo tienen que ver conmigo y mi esfuerzo; mis recursos y mi fuerza. Mi mi, así, en posesivo.
Decidí tomar las riendas de lo que quiero. Decidí que una tarde a la semana sería mía -sí, de día laboral, por supuesto- porque la merezco.
El concepto completo se llama home office y consiste trabajar desde una computadora instalada en la sala, a las 3 de la tarde, en calzones si te apetece; o en un Starbucks, o desde una conexión wifi en el aeropuerto, ejemplos así.
Conozco a 2 personas que trabajan así y decidí que quiero ser como ellos simplemente porque tengo años preparando esta oficina para este momento a través de aplicaciones portables, documentos en línea y webmail, entre otras monadas.
El momento llegó para decirle a la jefa: “me voy a casa, llámame sólo en caso de urgencia, estaré conectada”.
Mi casa. Ese lugarcito extraño que DEMO dice que está lleno de fantasmas, gnomos o cosas peores, es un espacio que no tengo mucho tiempo para disfrutar. La sala, en específico, me gusta mucho porque la pinté y decoré -aunque no he terminado del todo- como siempre la imaginé: de rojo y blanco. B dice que parece sacada de Pulp Fiction. Hace un mes retapizaron los muebles y se sumaron 2 taburetes tipo lounge que adoro y H acapara cada que puede. Es un antro en ciernes.
Me di cuenta que no paso suficiente tiempo ahí a pesar de que es mi lugar favorito y que es mucho más aprovechada por las visitas -frecuentes- al grado de llegar al “me prestas tu casa para mi fiesta de cumpleaños?” Sí, ese potencial tiene.
El resto de mi casa en colores primarios es similarmente acogedora. Toda 70’s y de dudosa permanencia, se ha vuelto una parte importante de mi buen humor. Pintada a mano por su servidora y amigos, es un oasis de buena vibra y camaradería.
Punto, mi casa me gusta y trabajar desde ella, ya que se puede, es mi meta. Pero, cómo iba yo a decir eso sin que sonara como “mis sillones son lo de hoy”?
Fácil. Soy la dueña del argumento.
Pedí cita con la directora general, a quien le expliqué la situación así:
“Tenemos casi 8 años trabajando juntas. En ese tiempo no te he fallado, no me he vuelto loca y te he sacado el trabajo incluso en momentos de condiciones infrahumanas. El día ha llegado de pedir algo más trascendente que un aumento. Dado que mi vida personal no se entromete con mis responsabilidades, es medio invisible pero no quiero que se infiera que no existe solo porque no pido permisos para ir a festivalitos pendejos, no me reporto indispuesta por cosas como “el niño no durmió” o “le toca cita con el pediatra”, no tengo un marido gordo e inútil que me golpea o padre castrante que no me deja salir en minifalda. Quiero espacio para mí porque los demás lo tienen para otros y sus asuntos. Quiero una tarde a la semana para comer en mi casa y quedarme a trabajar de manera remota, en calzones, con mi gato enrollado entre las patas de la silla y mis pies. Mi vida es buena, merece ser correctamente vivida”
Ella, claro, dijo que sí, que tengo razón, y agradeció mis esfuerzos en asuntos de oficina móvil, porque en su caso, viaja mucho.
Quedamos en que los lunes yo le digo qué día me pienso tomar la tarde y verá si será posible según la carga de trabajo, urgencia de éste o eventos agendados.
Yo, finalmente, tendré oportunidad de usar mis sillones antes de que alguien los queme con una colilla de cigarro o mis gatos los usen de scratch post.
Home office; a placed called home para me-myself and I.



