Estoy experimentando una de las cosas más extrañas que me han sucedido en la vida: no salirme con la mía. Después de una entretenida sesión con mi ex ex psiquiatra (la que me diagnosticó hace nueve años) me quedé pensando acerca de lo que significa vivir de primera mano la versión light de las relaciones interpersonales. Ese tipo que te divierte, te entretiene, te fascina con detalles completamente de desconocidos previamente, te brinda tiempo, cariño, compañía, atención y a pesar de que hay una atracción física tácida, no pasa de ahí.
Mi doctora dijo que tenía que rodearme de gente con salud mental y yo le recordé que en mi caso (profesional, personal, familiar), esas son de las más escasas y raras. También dijo que mi piercing era horrible (que parecía una verruga brillante), preguntó si me gustaban sus zapatos y recordó la primera vez que me vio, “eras un moco!”, dijo. Le hablé de ella, de estas semanas extrañas pero intensas, “que no se vaya muy lejos, no la asustes”. Ella se enteró, “no voy a ningún lado, no te preocupes”.
Todo esto me ha hecho valorar una serie de cosas en las que no había reparado en mis muchos años de vida y que tienen que ver con todo menos es el sexo: conocer a una persona, apreciarla porque lo que es y piensa, y no involucrar una relación física o sumársela sin buenos argumentos. La semana pasada tuvimos una fuerte discusión que terminó en un “piénsalo” a las 2am que en la tarde posterior se convirtió en un “estoy afuera de tu casa”.
Después de no sé qué tantas vueltas, el punto era que vino a preguntarme si quería salir con ella; dijo que si yo no le hubiera abierto la puerta en ese momento, habría ido a la oficina y pegado en el cristal una cartulina que dijera “SAL CONMIGO!!” en letras muy grandotas. Eso hubiera sido super cute, je. Dado que yo ya le había preguntado, ahora me lo preguntó y ambas accedimos, podemos hacer oficial que estamos saliendo. Saliendo? …
Soy un chiste.
Mis amigas dicen que ya era hora de que encontrara a alguien que no me diera por mi lado a la primera, que me hiciera pensar y no nada más actuar sin detenerme en las consecuencias, no arriesgar por el simple deseo de… comérmela toda a besos (eufemismo). Las malditas arpías dijeron algo en el tono de “JAJAJAJAJA, como en la secundaria! saliendo con la niña que te gusta!!”. Shock. Vergüenza. Tanta verdad.
Es ridículo que a mi edad esté metida en algo como esto. Es ilógico y contradice toda mi falta de principios y moral… Ok, la verdad es que me da algo de miedo porque no sé cómo “salir con alguien” o lo que esto implique pero ya que estoy en ello más me vale averiguarlo en tiempo récord.
Todo eso retomado en la sesión, más los recientes eventos, me dejó pensando en la cantidad de relaciones que se arruinaron por completo en el momento en que dejaron de ser platónicas y se convirtieron en acostones. Me bajoneó la idea de todo lo que me he perdido en este tiempo de vida en cuanto a compartir experiencias con las personas con quienes me mal relacioné por múltiples razones que ahora suenan increíblemente gratuitas. Reflexioné también acerca de las segundas oportunidades arruinadas, los silencios incómodos posteriores y las pérdidas emocionales, además de físicas, que se volvieron las consecuencias de esa mala administración y pobre visión.
Creo que vino a mí cierto arrepentimiento.
Después me sentí mejor conmigo misma porque esta vez estoy actuando de una manera menos deliberada, con pincitas, construyendo en común y no solamente viviendo el momento y extinguiendo las posibilidades a más largo plazo si es que se llegaran a presentar.
Claro, surgen las dudas. ¿Valdrá la pena todo el esfuerzo?
Ni idea, pero ¿quién puede asegurar algo en nuestros días, anyways?
Por lo pronto, he descubierto que tengo frenos; sí, literalmente, que soy capaz de moderar la velocidad de la carrera contra mí misma y apreciar detenidamente el paisaje, oler florecitas, caminar por las noches debajo de las estrellas y dejar de hacerme la vida moño para ver Wall E mientras como papas adobadas. Tengo frenos, sí, y aunque medio atrofiados, parecen estar funcionando con desempeño bastante regular.
Ella me preguntó que si consideraba “tierno” algo en particular. Le contesté que esa palabra me parece hueca, aplicable a situaciones donde se mezclan sentimientos naïve con credulidad extrema y que tienen que ver con cuentos de hadas, noches sentada en el regazo de tu abuela, y canciones de musicales de Disney. Giac.
Horas después me di cuenta lo tierno que es el tenerla junto a mí en el sillón, acariciando a Edipo, comiendo nieve de vainilla a cucharadas directo del bote y escucharla gruñir cuando digo algo que le cae mal. Tierno es que esté acostada a mi lado completamente modorra, disfrutando lo esponjado de mi cama en combinación con el pillow mist que me regaló Lu… simplemente verla sonreír así es muy, muy tierno.
Lo he dicho y si en un futuro me citan, lo negaré, aclaro.
Ella ha logrado mostrarme lo que significa tener límites, fronteras. Me contiene porque mi entera personalidad tiende a desbocarse, arrollar a su paso, reventar en mil pedazos. Ella me integra a su mundo lleno de pequeñas cosas y tremendas preguntas que no se vuelven dilemas insalvables, me hace sentir simple y mundana… cosa que no está nada mal.
Hace un par de noches coincidimos en que nuestra fuente favorita de Santa Lucía es precisamente la que no es fuente, sino como un enorme estanque lleno de resumideros cubiertos de piedras pulidas. La profundidad del agua debe ser menos de 40 centímetros y aún así se estipula que está prohibo nadar, cositas. Paradas ahí, contra el aire helado que de la nada se dejó venir, dijo “escoge una piedra, anda”; me negué pero ella de todas formas tomó posición de pecho tierra hasta que alcanzó una.
Hoy tengo una piedra de mi fuente favorita que creo que pondré en mi jardín al lado de mi planta favorita, donde se acuesta Edipo cuando tiene calor.
Ella, Lady A, escogió esa piedra porque se parece a un huevo de ave fénix, aunque nunca ha visto uno. La cargó con la mano a medio congelar incluso a pesar de que un par de horas antes le había pintado las uñas color rojo sangre. Lodozas, heladas, con uñas filosas y sangrientas, esas manos blanquísimas podrían pertenecer a una criatura mítica pariente de los vampiros. No, son suyas, de la niña que se ve preciosa al despertar y que quiere que escriba un cuento que tenga como protagonista a un súcubo.
Ella, definitivamente, me está convirtiendo en otra persona.
¿Debería alarmarme?