Mty Next Top Freaked Shrink p.2

Esta historia, querid@s, como en todas donde hay exceso de drama, personajes incidentales y hartas drogas duras, tiene un final feliz.

Antes que nada, muchísimas gracias a todos los que se preocuparon por mi frágil salud mental: en efecto, lo era, pero hoy podemos comenzar a hablar de eso en tranquilizante pretérito.
Para no hacerles el cuento largo, porque siempre lo hago, retomaré a historia donde la dejé.

Les decía, el miércoles fue mi segunda cita. Esta vez el doctor estaba advertido con anterioridad de mis antecedentes y, al parecer, hizo su tarea.

Me recibió todo lindo en su consultorio a la hora que debía a pesar de en ese instante salían un par de chicas hinchadas de llorar. Flashback a mi propia terapia, en 2001.
Ya adentro, el doc me estuvo escuchando, hizo preguntas, apuntó muchas cosas; sí, me dejó llegar a la parte más reciente de la historia y en ningún momento hizo cara de desagrado o reprobación. Todo iba muy bien.

En un punto dejó de lado su libreta, se acomodó en su sillón y comenzó con un “mira, yo creo que en tu caso…” Después de esa frase se enfrascó en un speech de aproximadamente 25 minutos acerca de los avances farmacológicos y diferenciales en tratamiento que han sucedido en la ciencia médica del 2000 a la fecha. Mencionó ingredientes activos, efectos secundarios, compuestos y las palabras “comprimido” y “dosis” unas tres mil veces.

Finalmente declaró que según su opinión yo no necesitaba terapia (o sea, presencial y continua) sino un monitoreo de medicamentos; que al respecto me recomendaba la opción X, que le gustaría que considerara probarlo, ya que es una medicina de última generación, recientemente reconocida como de las más efectivas para mi tipo de diagnóstico.

Wow, un experto en fármacos! También me dijo que pensara en realizarme un par de exámenes de sangre para descartar ciertos asuntos hormonales porque, según contó, se ha encontrado cierta relación causa-consecuencia recientemente.

H, quien me lo recomendó, llamó en ese momento; mi sesión ya casi terminaba. Cuando el doctor escuchó su nombre dijo “oye, y H sabe que eres bisexual?!” con un tono medio alarmado; “claro”, contesté, “no todas somos como la víbora rastrera de su ex”… “menos mal”, dijo.

Me cayó muy bien, se vio dispuesto e informado, preocupado por mí y por H, y, además, no cobra las perlas de la virgen. Qué mejor, uno menos.

La del viernes, a diferencia de él, apuntó pero nunca me interrumpió, y a todo lo que le contaba contestaba “muy bien”, cosa que es muy desesperante. Además, me recordaba un poco a mi madre (como de su misma edad y estatura) y no le importó a qué me refería cuando le dije que era “autodestructiva”. Gracias.

Tampoco se le vio intención de evaluarme ni proponerme algo diferente a lo que ya estoy/estuve tomando, ya que cuando le conté de mi medicamento de siempre contestó con un, adivinen, “eso está muy bien”.

Nos quedamos con el candidato dos. Fácil decisión.

Lo llamé el viernes saliendo de con la psiquiatra 3 para preguntarle cómo era que se llamaba el medicamento, que si era controlado, y dónde podría conseguirlo. Me dijo que me haría una receta que cubirera la dosis de entrada para probar cómo me caía primero, tendría que reportarme seguido con él si veía/sentía algo chistoso y que en el caso contrario podríamos pensar más a largo plazo; “pero cómo te has sentido?”, preguntó antes de colgar.

Estoy bastante mejor desde la semana pasada, el medicamento está cayéndome bien (nada raro, lo que es buena señal), y mi cabeza ha dejado de dar vueltas, metafóricamente. Este finde intenté sin éxito permanecer sobria pero las malas compañías… y B, no me dejaron, je.

En este compendio de buenas noticias y finales felices debe contarse que:

- falta menos de un mes para mi cumpleaños!!! por ende, las compras a realizarse bajo el rubro “regalo a mí misma” están a punto de desbordarse
- Seguí la WWDC de Steve Jobs donde anunció el Iphone 3g pero no mencionó nada de mejoras en Ipods. Bueno, mínimo sé cuál será mi propio teléfono.
- Fotos controversiales en el Facebook que espero que le revienten el hígado a quien deben
- Conseguí el sabor de nieve que le gusta a B, lo que me hizo merecedora de una muestra de agradecimiento prolongada y satisfactoria
- Hay pralinés de chocolate obscuro en esta ciudad, esto es relevante porque me hacen casi tan feliz como el sexo.
- Me rodeo de amor y buena vibra. Me quiero, quiero y me quieren; tanto, de hecho, que de ello se tratará el próximo post, je.

Nota final:
Mi nuevo y maravilloso medicamento tiene un detallito poco divertido: aumenta el apetito.

(!!!)

PD: Perdón por tanto silencio y falta de updates, hubo “problemas de base de datos”… ¿?
PD2: Gracias de nuevo!

Mty Next Top Freaked Shrink p.1

Encontrar el psiquiatra indicado para cada caso exige dedicación y paciencia. Es como… encontrar un estilista perfecto; ya sé, eso se oyó muy banal, pero es bastante similar.

Se trata de encontrar a alguien que te corte el pelo como quieres/necesitas, a quien le tengas confianza en más de un sentido (para que te meta las manos a pesar de tu caspa, que te escuche mientras le cuentas tu vida -se sabe que eso siempre pasa-), que tenga buena mano con los problemas específicos de tu cabeza y que sea capaz de, a través de su trabajo, sacar lo mejor de tu persona al mejorar tu apariencia y, por ende, autoestima, así como abrirte las puertas a nuevas experiencias y posibilidades.

Eso no es fácil y casi siempre exige tiempo y estar dispuesto a superar cualquier cantidad de pruebas y errores.
Si te lo recomendó fulana, quien anda por ahí con ínfulas de Posh Spice, dices “claro!” pero luego resulta que aquélla tiene el pelo super lacio y el corte que te hacen, obvio, no se te ve igual. Error 1.
Fulana te dice “nombre, ve con el mío! es super bueno y nada caro” pero cuando llegas te vende la idea que necesitas no solo corte, sino tinte, alaciado y dos mil productos para evitar el adelgazamiento de  las hebras, lo que infla el costo unas 400 veces más de lo planeado. Error 2.
Otra buena amiga te recomienda el suyo, porque ha estado en la familia desde 1999, hizo el maquillaje y peinado de las 500 bodas de la colonia y es el mejor amigo de su tía, “casi mi primo!”, te dicen. Vas y resulta que sí, te corta el pelo con maestría, pero es el mismo corte que el de tu amiga, su prima, las 500 de la colonia y cada una de las clientas que esperaban antes que tú!!! Error 3.

En fin, entienden la idea. A todas nos ha pasado eso.

En psiquiatras es lo mismo: necesitas atención personalizada, un lazo de confianza muy sólido, que sean éticos y no te cuelguen milagritos - o traumas- innecesarios, que no piensen que a través de pastillas dominarán el mundo, que sean de amplio(ísimo) criterio, que estén convencidos que su trabajo y tu esfuerzo puede hacer un cambio positivo en tu vida y que no te cobren las perlas de la virgen. Obviamente, es vital que alguien te los recomiende; no puedes sacarlos de la sección amarilla, van a tratar algo más relevante que la tubería del fregadero o la instalación de un clima.

Esta semana (y la próxima) la dedicaré a la búsqueda de uno; mi rally comenzó con la recomendación de 3 especialistas, terapeutas de amigos. Hice citas espaciadas cada tercer día (mis terapias suelen ser físicamente extenuantes), y me mentalicé para decir la misma historia tres veces:

“Me diagnosticaron en 1999, en 2000 comencé a tomar estas pastillas … … … … y hace dos semanas se decidió que regresara a terapia”

En esos puntos suspensivos están las historias de 8 años, así que tienen altibajos, drama, sexo y muchas cosas bizarras que, uno pensaría, no son tan restrictivas ni especiales de mi caso, verdad? Bueno, me equivoqué.

Mi primera cita fue antier.
La doctora comenzó a tomar notas y hacer preguntas según avanzaba en la historia; me detuvo en el 2000 para preguntar si alguna vez había estado institucionalizada (o sea, en el manicomio), y me interrumpió en 2002 para averiguar cuándo fue la última vez que intenté suicidarme. Iba abriendo mucho los ojos según yo seguía hablando.
No llegué a 2003 porque dijo:

“No puedo ayudarte”

Ando por la vida pensando que lo mío es menos complicado de lo que se piensa, que tengo una vida errática, sí, pero libre de peligros… pero cuando un psiquiatra, acostumbrado a escuchar las cosas más freakeantes y densas se declara incompetente, te hace pensar las cosas dos veces.
Dan ganas de ir personalmente al manicomio a decir “tengo una reservación”, vender toda posesión para dedicarme a la vida asceta de crecimiento personal, a hacer yoga y encontrar la iluminación o ya, de perdido, escribir mi autobiografía, producir la película y no ir por mi Oscar porque odio a todos y tengo fobia social.

Después de esa experiencia, a lo único que aspiro es a encontrar un psiquiatra que me deje llegar al 2008 antes de decidir que soy peligrosa para la sociedad y me ponga una camisa de fuerza.

Strike one.

Hoy sigue la cita número dos. Este psiquiatra está advertido que mis pedos no son del tipo “imaginario”, que tengo un diagnóstico previo y que probablemente se freakée.
Aún así, me hizo cita.

Deséenme suerte.

Being Boring

Las revelaciones vienen de donde menos las esperas, en momentos muy poco probables y, claro, toman dimensiones caricaturezcas. Sumé un par el pasado fin de semana. Una es mucho más introspectiva que otra, pero dejaré que ustedes juzguen cuál, ja.

Acepté el hecho de que tal vez nunca vea a los Spurs de San Antonio jugar en vivo. Para llegar a la anterior frase tuve que enfrentarme al doloroso rompimiento mis sueños infantiles y a los de mi hermano quien también gruñía “nomames, nomames!” cuando a la hora de comprar boletos Ticketbastard salió conque “no aceptamos tarjetas emitidas fuera de Estados Unidos”.
Al respecto de mi histeria, B dijo: “huh?” además de un “… a veces eres como un hombre”. Como podrán imaginar, a ella los deportes no le llaman del todo la atención.

El viernes cenamos croquetas de jamón serrano - buenísimas- en un bar español al que me ofrecí a ir en un gesto de gratitud para con B, quien me acepta y quiere a pesar de que soy capaz de recitarle por horas las estadísticas que indican que los Spurs deben llegar a la final esta temporada.

No solo la pasé bien, disfruté mucho su compañía… tanto tanto que se me olvidó que los Spurs habían perdido horas antes. Dormí en su cama porque mi ebriedad era mucha; cuando la desperté el día siguiente, muy temprano para ella, pregunté si me odiaba, dijo que sí, se puso un antifaz e intentó ignorarme.
La vi dormir y hacerme gestos.
Aún así, se veía muy linda.

El sábado fuimos al ballet, claro, por iniciativa de B, quien sigue dedicada a quitarme lo agreste. De la función tengo muchos comentarios que espero hacer llegar a los interesados pero ya que estábamos ahí, no sólo la pasé bien, disfruté mucho su compañía y de la de dos amigos suyos. Ella, declarada ignorante del arte de mover el cuerpo con ritmo, se dedicó a ver las coreografías y, presumo, el abdomen de los bailarines involucrados. Por otro lado, yo sí seguí los tiempos tan de cerca que noté ciertos errores y detalles de coordinación. Muchos alcoholes y plática después, colapsamos sobre la cama semidesnudas. Logramos despertar a la misma hora (cosa que minimiza su odio), acompañé su desayuno con una salsa demasiado picante, y la llevé a su casa.

Toda la tarde del domingo estuve trabajando en cosas que, he comprobado, son menos difíciles si las hago ebria. Estoy hablando de redactar una revista, mal pensados. Varios vodkas después comencé a soñar despierta con mi super fiesta de cumpleaños: mi imaginación, en el tercer día consecutivo de exceso de alcohol, materializó sus deseos en una alberca, salita lounge, cientos de martinis de sabores, un DJ famoso, muchos meseros y excesos de otros tipos.

Cuando B llegó a cenar la recibí con las noticias de mi fiesta imaginaria y toda la diversión que en ella tendrá lugar. Dije las palabras clave: “alberca”, “martini” y “mucho baile!”

- No sé nadar…
w-t-f?…
-Además, las albercas me dan algo de asco…
w-t-f?
- Y tampoco sé bailar… ni me gusta el basketball, ni los deportes extremos… soy la novia más aburrida de la tierra!

Horas después, un poco mareada por el penetrante olor a sexo que quedó en la recámara, me abrazó, la besé, la vi sonreír y tuve otra revelación.

Estoy enamorada de la mujer más aburrida de la tierra.

Que fuerte, porque es verdad.
Y ni siquiera necesité alcohol para superarlo.

Thank you

Una parte muy importante del happiness project en el que estamos todos embarcados de manera cotidiana (o deberíamos, mínimo) consiste en ser honestos con nosotros mismos. Reconozcamos que el autoengaño es una práctica por demás difundida y, en algunos casos, elevada incluso al nivel de arte.
Eso apesta.

Como les he comentado en otras ocasiones, mucha de mi terapia psiquiátrica (en la que estuve por espacio de casi 6 años) consistió en lograr una coherencia estable y no dolorosa en todos los aspectos de la vida. La fórmula era simple y complicadísima al mismo tiempo (se las paso al costo, para que se eviten las consultas, ja); se basa en lograr empatar 4 cosas:

Pensar / decir / hacer / sentir

Así, por ejemplo, si yo pienso que tal cosa apesta, digo que eso apesta y hago notar que apesta porque siento que apesta. Suena sencillo, verdad? No lo es, todo lo contrario.

Esta fórmula anula la hipocresía, anula los comentarios políticamente correctos, anula la posibilidad de autoengaño y te enfrenta contigo mismo de manera radical.
Después de experimentar lo que ello le hace a la personalidad, es difícil aceptar “las cosas como son” y convencerse de que el resto de la gente tiene puntos válidos acerca de cualquier cosa… hasta que te topas con pared y tienes que volver a empezar.

Estos días he estado ocupada en ello, reflexionando acerca de la fórmula y lo que ha salido mal respecto a mi manera de manejar problemas a cualquier nivel, desde los cotidianos hasta los más trascendentes. Llegué a una conclusión que es preocupante y alentadora pero, sobre todo, me da puntos en honestidad para conmigo misma.

Descubrí (verbalicé, que de descrubrimiento nada) que hay 3 cosas, todas relacionadas con educación emocional, que no sé hacer, abordar ni pedir:

  • perdón
  • permiso
  • ayuda

La imposibilidad de pedir perdón siempre me ha perseguido y les puedo decir que no me siento del todo orgullosa de ello. Esta circunstancia no tiene que ver directamente conque no sea capaz de reconocer mis faltas, pero me cuesta muchísimo trabajo acercarme a los afectados, abrir la boca, encontrar el tono y decirlo; tampoco se relaciona con las posibles consecuencias de esto, en serio, sé que muchas veces merezco que me digan “chinga tu madre”.

Pasa lo mismo con el permiso, para mí el pedirlo (a quién?) es reconocer una jerarquía superior y siempre he tenido problemas con las figuras de autoridad, ya sea por la falta de ellas o mi incapacidad de reconocerlas y darles su lugar. Mi filosofía se resume en ¿quién carajos te crees para decirme a mí qué puedo o no puedo hacer con mi vida?
Sí, suena muy chiflado.

La más grave es mi incapacidad de pedir ayuda pero ésta es el colmo natural de las anteriores, me parece; también es la más peligrosa. Por lo mismo, estoy condenada a sufrir cantidad de intervenciones cuando estoy tan débil, tan emproblemada, tan triste, que es obvio que la necesito y yo me veo incapaz de decir “no puedo sola, help!”. Mal, verdad?

Todo eso tiene que ver con mi personalidad, les decía. Estoy tan acostumbrada a ser la primera, la más fuerte, la más independiente, la más inquebrantable y la más confiable que enfrentarme a situaciones en las que es obvio que hay alguien más relevante que yo misma por sus propios méritos (a quien hay que pedir permiso), que me equivoqué e hice daño (a quien hay que pedir perdón) y que es obvio que vivo en sociedad, las cosas me sobrepasan, que hay situaciones que no están diseñadas para vivirse en singular (donde hay que pedir ayuda) me ponen muy mal, al grado de congelarme.

Claro, en ese momento quedo como una soberbia, chiflada, grosera, rencorosa histérica, iracunda radical y vale madrista con delirios de omnipotencia a quien no vale la pena acercarse.
Pero esa no soy yo.

A veces me siento como un puerco espín a quien nadie se atreve a abrazar por miedo de salir lastimado. Reconozco la osadía de las personas que a pesar de eso lo hacen y se los agradezco con cariño, lealtad y confianza. Pero sé que a veces peco de imbécil y entro en conflictos de los cuáles no sé cómo salir sin, claro, verme congelada e incapaz de pedir permiso, perdón o ayuda.

La semana pasada comencé a pedir perdón a ciertas personas que en ningún momento se merecían mi desprecio o mala vibra; me costó trabajo, claro. Pedí permisos porque no me mando sola ni este mundo está esperando ver qué se me da la gana para actuar en consecuencia; me costó trabajo.

Lo más difícil fue pedir ayuda después de días de ver caras angustiadas, de comentarios consternados y preguntas como “en serio estás bien?” vez tras vez; lo más difícil fue reconocer que no soy perfecta, que me puedo quebrar y que hoy por hoy el hecho de que me suceda tiene consecuencias mucho más graves que no solo me involucran a mí. Saber y constatar cuánto dolor estas cosas pueden causar a las personas que me quieren, ver a mi hermano señalar mis cicatrices y ronchas para luego preguntar “es eso reciente?” seguido de un “tú no estás bien”, escuchar a B decirme “no tienes que hacerte eso y lo sabes” casi en lágrimas y tomar las llaves del carro y decir “suficiente!” fue difícil… y me costó mucho trabajo.

Hoy estoy mejor, recibiendo ayuda que no supe pedir pero que me dieron de todas maneras, misma que surte el efecto esperado. Estoy en proceso de reconformación y crecimiento de nuevo.
Todo se está alineando para la celebración de mis 10 años fuera del clóset, una noche de baile deshidratante rodeada de gente a la que quiero.

Será también el festejo de contar con la fuerza para ser coherente y honesta conmigo misma; una noche en la que seré capaz de pensar / decir / hacer / sentir : gracias.

Gracias, porque a pesar de todo lo anterior (y muchas otras cosas):

12:01 p.m.: :* luv u anyways