Archive for reflexiva

Sleeping With Ghosts

Soulmates never die.-

Estoy pensando en Lady E; esta afirmación es harto extraña porque es algo que no hago seguido: Lady E tuvo a bien cortar todo contacto conmigo a pesar de que en un intento de honestidad y enmienda le envié un email para decirle algo como “i sux. sorry” que ella muy politemente contestó en dos líneas mandándome al demonio.
Lady E era/es muy linda y pienso en ella porque en estos momentos me ha dado por reflexionar sobre las relaciones que pudieron pero nunca fueron… y también porque creo que soñé con ella.

Como le decía a H, entre ell@s solo hay un elemento constante en común: yo.

La lógica nos indica que si bien la culpa de lo que nunca fue no puede ser singularizada, tengo la percepción de que en muchos casos debí ser honesta y decir “I sux. sorry” en su momento, cuando era relevante y necesario, y no meses después.

Pero, pero… no está en mi naturaleza el azote.

Siendo más puntuales, lo mío es interactuar y luego lidiar con las consecuencias de mi interacción: a veces funestas, a veces maravillosas pero al fin algo/muy dictadas por el azar (y cantidad de medicamento en mi cuerpo); no tengo más barras, mi comportamiento es, dice mi doctor, tipo Aquiles… pero, como aquél, tengo un punto flaco y vulnerable.

Hay una gran colección de experiencias archivadas en esta molesta categoría que debieron haber terminado de una manera diferente, con una conclusión amigable y algunos “hey, te marco para ir por chelas”, en lugar de contemplar la necesidad de no volver a estar en contacto de nuevo.

Por otro lado, otra cosa en común es que la persona en cuestión es quien muchas veces decide dejar de hablarme. Tan nociva seré? Tan insoportablemente… corrosiva? Tan mala como el cólera?

Es difícil intentar arrepentirse de los errores que se sabe que estuvieron ahí pero no se llegan a definir del todo. Que mal que este tipo de cosas no son prioridades frente a las cumbres borrascosas de PEDOS mayúsculos contra los que mis terapeutas tienen que enfrentarse, porque son importantes para mí.

Intenté preguntárselo ayer al mío en un “cómo puedo hacer para no dañar a la gente que quiero, para respetar sus límites, para estimar sus necesidades, para no invadir sus sensibilidades ni disparar sus miedos?” El doctor se pasmó por un momento y dijo “recomiendo que tengas cuidado, hacer daño no puede evitarse, tal vez solo moderarlo según las circunstancias”.
Luego me cambió el tema, y preguntó por mi papá.

Los ojos verdes de Lady E me persiguen en sueños y me hacen recordar que nunca hay un “límite de mis posibilidades” si se trata de conservar a gente valiosa y que le aporta algo a mi vida.
Lady E, por ejemplo, le aportaba mucho drama.
La extraño.
Sé que algo malo hice entre el primer “hola” y mi respuesta a su pregunta de “y bueno, qué propones?”. *Sigh*

Sus ojos verdes me persiguen en sueños y su sonrisa me martirizará por décadas; lo sé. Pero espero que si lee esto, sepa que estoy lentamente aprendiendo a no cerrar puertas nada más porque no salen las cosas a la primera. Lo peor es que la ristra de gente en esta situación es tan larga como fila de tortillas a medio día, y arreglar cada caso exige trabajo y esfuerzo. Creo que empezaré alfabéticamente.

Sé que es mejor dejar reposar las cosas y esperar a que las heridas sanen pero, no sé, me tomó 9 años con P, unos 7 con K y no sé si quiero privarme de esas personas (y sentirme chancla) por esa cantidad de tiempo.

Mi facebook es una herramienta valiosísima para parchar estos huecos. Le tengo fe. La recuperación es lo de hoy; la recuperación del cariño, de la confianza, de las cosas que nos hacen especiales.

Add me as a friend y volvamos a empezar.

Thank you

Una parte muy importante del happiness project en el que estamos todos embarcados de manera cotidiana (o deberíamos, mínimo) consiste en ser honestos con nosotros mismos. Reconozcamos que el autoengaño es una práctica por demás difundida y, en algunos casos, elevada incluso al nivel de arte.
Eso apesta.

Como les he comentado en otras ocasiones, mucha de mi terapia psiquiátrica (en la que estuve por espacio de casi 6 años) consistió en lograr una coherencia estable y no dolorosa en todos los aspectos de la vida. La fórmula era simple y complicadísima al mismo tiempo (se las paso al costo, para que se eviten las consultas, ja); se basa en lograr empatar 4 cosas:

Pensar / decir / hacer / sentir

Así, por ejemplo, si yo pienso que tal cosa apesta, digo que eso apesta y hago notar que apesta porque siento que apesta. Suena sencillo, verdad? No lo es, todo lo contrario.

Esta fórmula anula la hipocresía, anula los comentarios políticamente correctos, anula la posibilidad de autoengaño y te enfrenta contigo mismo de manera radical.
Después de experimentar lo que ello le hace a la personalidad, es difícil aceptar “las cosas como son” y convencerse de que el resto de la gente tiene puntos válidos acerca de cualquier cosa… hasta que te topas con pared y tienes que volver a empezar.

Estos días he estado ocupada en ello, reflexionando acerca de la fórmula y lo que ha salido mal respecto a mi manera de manejar problemas a cualquier nivel, desde los cotidianos hasta los más trascendentes. Llegué a una conclusión que es preocupante y alentadora pero, sobre todo, me da puntos en honestidad para conmigo misma.

Descubrí (verbalicé, que de descrubrimiento nada) que hay 3 cosas, todas relacionadas con educación emocional, que no sé hacer, abordar ni pedir:

  • perdón
  • permiso
  • ayuda

La imposibilidad de pedir perdón siempre me ha perseguido y les puedo decir que no me siento del todo orgullosa de ello. Esta circunstancia no tiene que ver directamente conque no sea capaz de reconocer mis faltas, pero me cuesta muchísimo trabajo acercarme a los afectados, abrir la boca, encontrar el tono y decirlo; tampoco se relaciona con las posibles consecuencias de esto, en serio, sé que muchas veces merezco que me digan “chinga tu madre”.

Pasa lo mismo con el permiso, para mí el pedirlo (a quién?) es reconocer una jerarquía superior y siempre he tenido problemas con las figuras de autoridad, ya sea por la falta de ellas o mi incapacidad de reconocerlas y darles su lugar. Mi filosofía se resume en ¿quién carajos te crees para decirme a mí qué puedo o no puedo hacer con mi vida?
Sí, suena muy chiflado.

La más grave es mi incapacidad de pedir ayuda pero ésta es el colmo natural de las anteriores, me parece; también es la más peligrosa. Por lo mismo, estoy condenada a sufrir cantidad de intervenciones cuando estoy tan débil, tan emproblemada, tan triste, que es obvio que la necesito y yo me veo incapaz de decir “no puedo sola, help!”. Mal, verdad?

Todo eso tiene que ver con mi personalidad, les decía. Estoy tan acostumbrada a ser la primera, la más fuerte, la más independiente, la más inquebrantable y la más confiable que enfrentarme a situaciones en las que es obvio que hay alguien más relevante que yo misma por sus propios méritos (a quien hay que pedir permiso), que me equivoqué e hice daño (a quien hay que pedir perdón) y que es obvio que vivo en sociedad, las cosas me sobrepasan, que hay situaciones que no están diseñadas para vivirse en singular (donde hay que pedir ayuda) me ponen muy mal, al grado de congelarme.

Claro, en ese momento quedo como una soberbia, chiflada, grosera, rencorosa histérica, iracunda radical y vale madrista con delirios de omnipotencia a quien no vale la pena acercarse.
Pero esa no soy yo.

A veces me siento como un puerco espín a quien nadie se atreve a abrazar por miedo de salir lastimado. Reconozco la osadía de las personas que a pesar de eso lo hacen y se los agradezco con cariño, lealtad y confianza. Pero sé que a veces peco de imbécil y entro en conflictos de los cuáles no sé cómo salir sin, claro, verme congelada e incapaz de pedir permiso, perdón o ayuda.

La semana pasada comencé a pedir perdón a ciertas personas que en ningún momento se merecían mi desprecio o mala vibra; me costó trabajo, claro. Pedí permisos porque no me mando sola ni este mundo está esperando ver qué se me da la gana para actuar en consecuencia; me costó trabajo.

Lo más difícil fue pedir ayuda después de días de ver caras angustiadas, de comentarios consternados y preguntas como “en serio estás bien?” vez tras vez; lo más difícil fue reconocer que no soy perfecta, que me puedo quebrar y que hoy por hoy el hecho de que me suceda tiene consecuencias mucho más graves que no solo me involucran a mí. Saber y constatar cuánto dolor estas cosas pueden causar a las personas que me quieren, ver a mi hermano señalar mis cicatrices y ronchas para luego preguntar “es eso reciente?” seguido de un “tú no estás bien”, escuchar a B decirme “no tienes que hacerte eso y lo sabes” casi en lágrimas y tomar las llaves del carro y decir “suficiente!” fue difícil… y me costó mucho trabajo.

Hoy estoy mejor, recibiendo ayuda que no supe pedir pero que me dieron de todas maneras, misma que surte el efecto esperado. Estoy en proceso de reconformación y crecimiento de nuevo.
Todo se está alineando para la celebración de mis 10 años fuera del clóset, una noche de baile deshidratante rodeada de gente a la que quiero.

Será también el festejo de contar con la fuerza para ser coherente y honesta conmigo misma; una noche en la que seré capaz de pensar / decir / hacer / sentir : gracias.

Gracias, porque a pesar de todo lo anterior (y muchas otras cosas):

12:01 p.m.: :* luv u anyways

Desgarramientos comprobables

We are never so defenseless against suffering as when we love, never so forlornly unhappy as when we have lost our love object or its love.
Sigmund Freud

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Llega un momento en la vida en el que querer es inevitable: a algo, a alguien, a todos. Ese gatillo que parecía no apuntarte a la cabeza se dispara y te ves envuelto en situaciones desgarradoras, excitantes, dolorosas e imposibles de eludir. Has encontrado a “esa persona” y todo parece girar alrededor de la importancia que tiene el conservarla a tu lado.

Las circunstancias extraordinarias de tu propio enamoramiento abren llagas en tu muy tranquila existencia y comienzas a dejarte llevar por las ansias: “… si no te veo me muero, que si no duermo contigo no puedo pegar los ojos, que si no te beso en ahora mismo me voy a cortar las venas con una galleta de animalitos”. Entonces, todo molesta: el aire entre nuestros cuerpos, el tráfico que se come 40 minutos de tu día en transportarte, la velocidad a la que pasan los segundos para verte, el no haberte conocido hace 6 años… molesta. Urge, es apremiante y enfático.

Después del incesante trabajo, luego viene la calma dentro de esos brazos tibios y tu sonrisa sublime como de ángel. Llega esa calma que dura desde el primer abrazo hasta la despedida que, claro, tratará de evitarse a toda costa. Siempre hay un último penúltimo beso qué dar, un susurro más, una oportunidad para sentir el calor de tu piel.

Pero la vida sigue y evoluciona por extraños derroteros: gente se muda, cambia de trabajo, se interesa en la aeronáutica, pierde todo lo que tiene en una inundación, encuentra tesoros perdidos, conoce a alguien más. Después hay drama, reclamos, amenazas de incendio y/o suicidio; uno no entiende, otro no escucha y le recuerda las tardes en que se juraron eterna permanencia, perenne deseo y lealtad inquebrantable tirados en el zacate tibio. Todo cae por su propio peso.

Pero llega un momento en la vida en el que a pesar de toda experiencia previa, contraejemplos y miles de experimentos, querer es inevitable, y una vez que lo haces con toda la intensidad que tu corazón es capaz de soportar, una puerta a tu centro vivo se abre sin posibilidad de cerrarse.

Estas son solo las consecuencias de vivir entre mucho amor: al desbordarse, llena los huecos de nuestra existencia al punto de volvernos seres invencibles, tercos y obstinados, siempre dispuestos a volver a comenzar.

Amar nos exime de miedo por un tiempo, pero luego convierte en terror la sensación de sentir cómo termina y se desgarra.
Amar es un eterno querer con fecha de caducidad.

Amar es un estado de incapacidad emocional que debería definirse legalmente. Amar es el más delicado, popular y certero de los métodos de suicidio; la mejor de las razones para abrir los ojos a un nuevo día y la mejor, también, para no quererte volver a ver. Para escribirte recaditos y meterte en mi cama cuando no debería.

Es que, sabes, querer es inevitable. Y eso me intranquiliza mucho.
Pero de todas formas lo hago. Todos lo hacemos. Y no me voy a disculpar.

Shot of Love

So, are you gay? Are you blue?
Thought we both could use a friend to run to.-
Tori Amos, Hey Jupiter

A la posteridad pasará, y en mi biografía se escribirá, el momento en que mi madre preguntó: “bueno, te gustan los hombres o las mujeres?” Ese día fue la primera vez que me enfrenté seriamente a la posibilidad de decirle “los dos” pero algo me hizo detenerme. Tal vez el hecho de que tenía 16 años, o que ella estaba desesperadamente pidiendo que contestara “los hombres única y exclusivamente”. No dije nada, y el silencio otorga, a lo que ella contestó con un “carajo, pensé que había tenido a la parejita, pero parí a dos machos”.
No la juzguen, es una buena mujer y a estas alturas entiendo por qué dijo lo que dijo: miedo. Se disculpó por ese y otros momentos importantes que fueron mal resueltos y tuvieron sus consecuencias cuando vio efectivamente que lo mío no era gripa ni una fase que se me iba a quitar una vez que madurara (como mi obsesión por ir a conciertos alrededor del mundo).

Voy a reenviarle el link de un estudio de la Universidad de Utah donde se siguió muy de cerca a mujeres identificadas como lesbianas, bisexuales y hetero. Este análisis es valioso en más de un sentido porque probó que la bisexualidad (al menos femenina, ojo) no es una etapa de confusión sino una preferencia sexual muy bien delimitada y relativamente fácil de establecer y demostrar. También se encontró que las bisexuales luchan en el aspecto de identificación pero que se niegan a llamarse a sí mismas lesbianas o heterosexuales porque, doh, no lo son.

Otro punto muy interesante fue que se probó que las mujeres bisexuales se pueden involucrar en satisfactorias relaciones monógamas, lo que desacredita el mito que dice que es imposible porque siempre se está pensando en el otro género. También indica que las mujeres heterosexuales que experimentan con relaciones homosexuales nunca dejaron de lado su identidad y, por ende, no se consideran de ninguna manera bisexuales.

El estudio me parece relevante porque indaga en la vida de estas mujeres a través del tiempo y prueba cosas que en la práctica son cotidianas para mí, B, y el resto de las bisexuales con las que me he cruzado: nos enamoramos de personas, no de entes de cierto u otro sexo, ya que éste es realmente poco relevante.

A este respecto, declaro que he aprendido mucho viendo A Shot Of Love, mi más reciente guilty pleasure. Este show, producido por MTV, trata de la búsqueda de Tila Tequila -bisexual- del amor de su vida. No discutamos ahora qué tan auténtico es un reality de este tipo, sino de la dinámica ahí encontrada. En el primer capítulo los participantes, 16 hombres heterosexuales y 16 lesbianas, se enteran de que competirán por el amor de Tila. En ese instante, hombres y lesbianas se ven feo y algunas de ellas deciden irse porque “no están de acuerdo en competir contra los hombres”, “no quieren compartir a su mujer” y porque los odian, creo. Un par de hombres declaran que no entienden cómo o por qué una mujer preferiría quedarse con otra cuando hay 16 hombres para elegir. En fin.
Mucho drama después, Tila se debate entre Dani -una adorable bombero- y Bobbi, quien acaba siendo el ganador. Luego tenemos que él declara que nunca pensó en ganar porque Tila, siempre se mostró más interesada en las mujeres, porque, considera, siendo bi se logra una conexión más intensa entre chicas.
(Todo el concepto del programa es mi sueño hecho realidad pero no toquemos ese punto ahora.)

En la vida cotidiana de una bisexual, las oportunidades de conocer a igual número de mujeres interesadas en mujeres y de hombres heterosexuales disponibles son remotísimas. Para explorar el lado homosexual es necesario romper muchas barreras y tener algo de osadía, lo que no muchas se atreven a hacer cuando no se pueden identificar como lesbianas porque éstas suelen ser más que puntuales en que no quieren tener nada que ver con nosotras (hola, G!). Los hombres, por su parte, o no entienden o tienden a imaginarse en tríos interminables, cosa que tampoco aplica. Así, es de esperarse que las bisexuales acabemos con otras bisexuales; la historia de mi vida.

En mi caso específico parece que tengo mucha más afinidad emocional con las mujeres pero sin descartar lo sexual con hombres. Mis relaciones tienden a estar cargadas de ambas cosas y tener tintes dramáticos pero nunca porque “te dejé por otr@”; cuando ha sucedido, no ha tenido que ver con el género de la persona en cuestión.

En fin, me da gusto que finalmente se esté estableciendo que nuestra bisexualidad no es un obvio tránsito hacia la homosexualidad; además, es una preferencia que se está volviendo cada día más visible y, mínimo, hay muchas más mujeres tomando la decisión de intentarlo incluso si han hecho de todo y fallado muchas veces. Creo que la presión de grupo -cualquier grupo- está cediendo ante la realidad innegable de que tod@s somos diferentes entre sí, que las etiquetas no siempre nos quedan y que, finalmente, siempre hay un roto para un descosido.

Hay, incluso, libertad absoluta para poner lo anterior en duda y decir que los bisexuales estamos en clósets inversos listos para voltearse, ejemplos:

a) “No creo en la bisexualidad porque nunca he visto a un hombre que deje a su novio en casa para irse con una chica”
b) “I’ve never hidden my bisexuality. But since I’ve been with Brad, there’s no longer a place for that or S&M in my life.”

Uy, que no le digan a mi madre, se va a emocionar.
Mientras, que viva la diversidad y que la guerra la ganen el amor y la honestidad. Feliz inicio de semana.