Archive for reflexiva

My world, our world, this world

El sábado invité a una amiga a llorar. Era uno de esos días en los que todo es tan patético que inclusive llorar sola quita puntos. Después de estar viendo al techo, literalmente, por un par de horas, preguntándome acerca de cualquier cantidad de cosas que tienen en común el estar fuera de mis posibilidades y entendimiento, rodé hasta mi mesa de noche y mandé un mensaje:

“Quieres venir a llorar?”, “Claro, caigo en 20″

Yo, buena anfitriona incluso para actividades como esa, tenía el refri lleno de nieve de chocolate, películas lacrimosas a la mano, palomitas con extra mantequilla, cerveza y muchos ceniceros.  ”Wow, eres pro”.
Es muy reconfortante contar con amigas dispuestas a llorar/verte llorar un fin de semana cualquiera; más si son de esas personas a quienes ni siquiera les tienes que explicar por qué y te escuchan quejarte del estado del mundo en micro y macro por igual.

Moqueamos y moqueamos hasta que la cerveza se acabó y el DVD se apagó por haber estado en pausa por más de una hora. Exorcizamos demonios varios y  nos contamos cosas que no le habíamos dicho a nadie. Tuvimos una catarsis directa y sin intervención psiquiátrica. Nos abrazamos mucho. No llegamos a concluir algo que no fuera “… carajo, nadie entiende nada”.

Las crisis de una treintañera son complejas y ricas en detalles; definitivamente aprendemos cómo hacernos la vida moño según vamos madurando.  En general, la mayoría versa acerca de los enigmas que mueven a la gente a nuestro alrededor; cómo es que….?!, por qué no…..?!, cuántas veces se tiene que….?!, WTF con …. !

“Cómo se atreve a descalificarme por ser quien soy, con lo muchísimo que me ha costado! ahora pretende que me arrepienta de todo y vaya en busca de purificación espiritual?!?!!? O sea, seré yo una perdida, pero tengo corazón!”, dije acongojada.
“… pero la fama de que no nos la hicimos nosotras solas, querida, por años y años…” me contestó.
Ay, que cubetazo de agua fría.
Ok, hay un punto, a buena hora me da por publicar que quiero que me abracen como a un osito de peluche cuando las últimas noticias que se emitieron tenían que ver con sadomasoquismo. En definitiva, elementos carentes de sentido. Me sentí nada más tantito responsable. Pero incoherente siempre he sido.

Como sea, según yo, las cosas no deberían ser así. Mi concepción de las personas que merecen ser consideradas como tales (obvio, son pocas) incluye la certeza de que están hechas de infinidad de capas, de niveles, de realidades, de deseos, de complejidades específicas. Me gustan los seres ricos en colores, que vibran en frecuencias improbables, retos vivos, las personas que se equivocan porque se atreven a hacer/pensar cosas que el resto de la población no. 

Esto, claro, en mi mundo. Y en el de ella, por lo menos, porque caímos en las mismas después de estar dándole vueltas a muchos asuntos por horas. Lloramos mucho y luego nos reímos de lo poco trascendente que son nuestras posturas porque, finalmente, hay que aguantarse las de los demás para no entrar en guerra perpetua con la humanidad. Ella le llama a ese fenómeno “comer mierda”. Por escatológico que eso suene, es bastante puntual.

Nos despedimos a las 2am del domingo. Ayer llegó un mensaje suyo a mi brand new Iphone*:

“Recién leí: “Ante una realidad extraordinaria, la conciencia toma el lugar de la imaginación”. Quizá estamos muy concientes de un mundo que sólo existe para nosotras y de cuando en cuando sale de nuestras cabezas. Eso explicaría por qué nadie más entiende”

Estuve desmembrando esas palabras todo el día; la imaginación, definitivamente, es otra protagonista de nuestras certezas que no lo son tanto. Creo que ni siquiera merecerían el nombre de certezas cuando son, obvio, así de inasibles y poco populares. 

En la noche, vi XMen2 por… decimotercera vez. Por más light que quise ponerme, no dejé de pensar en lo mismo. Tuve una revelación; como siempre, me identifico con los mutantes. Envié un mensaje en respuesta a aquel:

“No entienden pero además nos temen porque intuyen que somos diferentes y más fuertes. Está en nosotros probarles qué tanto. Love u”

Más vale que este mundo y sus conceptos estén preparados para nuestra embestida.
Charles Xavier** lo dice: “We’re here to stay. The next move is yours”.
 

*Mi Iphone existe casi por accidente. Estamos conociéndonos apenas.
Aún no nos tenemos plena confianza.
** Sí, estoy citando el script de XMen2. Este blog ha llegado a su alltimelow.

Sleeping With Ghosts

Soulmates never die.-

Estoy pensando en Lady E; esta afirmación es harto extraña porque es algo que no hago seguido: Lady E tuvo a bien cortar todo contacto conmigo a pesar de que en un intento de honestidad y enmienda le envié un email para decirle algo como “i sux. sorry” que ella muy politemente contestó en dos líneas mandándome al demonio.
Lady E era/es muy linda y pienso en ella porque en estos momentos me ha dado por reflexionar sobre las relaciones que pudieron pero nunca fueron… y también porque creo que soñé con ella.

Como le decía a H, entre ell@s solo hay un elemento constante en común: yo.

La lógica nos indica que si bien la culpa de lo que nunca fue no puede ser singularizada, tengo la percepción de que en muchos casos debí ser honesta y decir “I sux. sorry” en su momento, cuando era relevante y necesario, y no meses después.

Pero, pero… no está en mi naturaleza el azote.

Siendo más puntuales, lo mío es interactuar y luego lidiar con las consecuencias de mi interacción: a veces funestas, a veces maravillosas pero al fin algo/muy dictadas por el azar (y cantidad de medicamento en mi cuerpo); no tengo más barras, mi comportamiento es, dice mi doctor, tipo Aquiles… pero, como aquél, tengo un punto flaco y vulnerable.

Hay una gran colección de experiencias archivadas en esta molesta categoría que debieron haber terminado de una manera diferente, con una conclusión amigable y algunos “hey, te marco para ir por chelas”, en lugar de contemplar la necesidad de no volver a estar en contacto de nuevo.

Por otro lado, otra cosa en común es que la persona en cuestión es quien muchas veces decide dejar de hablarme. Tan nociva seré? Tan insoportablemente… corrosiva? Tan mala como el cólera?

Es difícil intentar arrepentirse de los errores que se sabe que estuvieron ahí pero no se llegan a definir del todo. Que mal que este tipo de cosas no son prioridades frente a las cumbres borrascosas de PEDOS mayúsculos contra los que mis terapeutas tienen que enfrentarse, porque son importantes para mí.

Intenté preguntárselo ayer al mío en un “cómo puedo hacer para no dañar a la gente que quiero, para respetar sus límites, para estimar sus necesidades, para no invadir sus sensibilidades ni disparar sus miedos?” El doctor se pasmó por un momento y dijo “recomiendo que tengas cuidado, hacer daño no puede evitarse, tal vez solo moderarlo según las circunstancias”.
Luego me cambió el tema, y preguntó por mi papá.

Los ojos verdes de Lady E me persiguen en sueños y me hacen recordar que nunca hay un “límite de mis posibilidades” si se trata de conservar a gente valiosa y que le aporta algo a mi vida.
Lady E, por ejemplo, le aportaba mucho drama.
La extraño.
Sé que algo malo hice entre el primer “hola” y mi respuesta a su pregunta de “y bueno, qué propones?”. *Sigh*

Sus ojos verdes me persiguen en sueños y su sonrisa me martirizará por décadas; lo sé. Pero espero que si lee esto, sepa que estoy lentamente aprendiendo a no cerrar puertas nada más porque no salen las cosas a la primera. Lo peor es que la ristra de gente en esta situación es tan larga como fila de tortillas a medio día, y arreglar cada caso exige trabajo y esfuerzo. Creo que empezaré alfabéticamente.

Sé que es mejor dejar reposar las cosas y esperar a que las heridas sanen pero, no sé, me tomó 9 años con P, unos 7 con K y no sé si quiero privarme de esas personas (y sentirme chancla) por esa cantidad de tiempo.

Mi facebook es una herramienta valiosísima para parchar estos huecos. Le tengo fe. La recuperación es lo de hoy; la recuperación del cariño, de la confianza, de las cosas que nos hacen especiales.

Add me as a friend y volvamos a empezar.

Thank you

Una parte muy importante del happiness project en el que estamos todos embarcados de manera cotidiana (o deberíamos, mínimo) consiste en ser honestos con nosotros mismos. Reconozcamos que el autoengaño es una práctica por demás difundida y, en algunos casos, elevada incluso al nivel de arte.
Eso apesta.

Como les he comentado en otras ocasiones, mucha de mi terapia psiquiátrica (en la que estuve por espacio de casi 6 años) consistió en lograr una coherencia estable y no dolorosa en todos los aspectos de la vida. La fórmula era simple y complicadísima al mismo tiempo (se las paso al costo, para que se eviten las consultas, ja); se basa en lograr empatar 4 cosas:

Pensar / decir / hacer / sentir

Así, por ejemplo, si yo pienso que tal cosa apesta, digo que eso apesta y hago notar que apesta porque siento que apesta. Suena sencillo, verdad? No lo es, todo lo contrario.

Esta fórmula anula la hipocresía, anula los comentarios políticamente correctos, anula la posibilidad de autoengaño y te enfrenta contigo mismo de manera radical.
Después de experimentar lo que ello le hace a la personalidad, es difícil aceptar “las cosas como son” y convencerse de que el resto de la gente tiene puntos válidos acerca de cualquier cosa… hasta que te topas con pared y tienes que volver a empezar.

Estos días he estado ocupada en ello, reflexionando acerca de la fórmula y lo que ha salido mal respecto a mi manera de manejar problemas a cualquier nivel, desde los cotidianos hasta los más trascendentes. Llegué a una conclusión que es preocupante y alentadora pero, sobre todo, me da puntos en honestidad para conmigo misma.

Descubrí (verbalicé, que de descrubrimiento nada) que hay 3 cosas, todas relacionadas con educación emocional, que no sé hacer, abordar ni pedir:

  • perdón
  • permiso
  • ayuda

La imposibilidad de pedir perdón siempre me ha perseguido y les puedo decir que no me siento del todo orgullosa de ello. Esta circunstancia no tiene que ver directamente conque no sea capaz de reconocer mis faltas, pero me cuesta muchísimo trabajo acercarme a los afectados, abrir la boca, encontrar el tono y decirlo; tampoco se relaciona con las posibles consecuencias de esto, en serio, sé que muchas veces merezco que me digan “chinga tu madre”.

Pasa lo mismo con el permiso, para mí el pedirlo (a quién?) es reconocer una jerarquía superior y siempre he tenido problemas con las figuras de autoridad, ya sea por la falta de ellas o mi incapacidad de reconocerlas y darles su lugar. Mi filosofía se resume en ¿quién carajos te crees para decirme a mí qué puedo o no puedo hacer con mi vida?
Sí, suena muy chiflado.

La más grave es mi incapacidad de pedir ayuda pero ésta es el colmo natural de las anteriores, me parece; también es la más peligrosa. Por lo mismo, estoy condenada a sufrir cantidad de intervenciones cuando estoy tan débil, tan emproblemada, tan triste, que es obvio que la necesito y yo me veo incapaz de decir “no puedo sola, help!”. Mal, verdad?

Todo eso tiene que ver con mi personalidad, les decía. Estoy tan acostumbrada a ser la primera, la más fuerte, la más independiente, la más inquebrantable y la más confiable que enfrentarme a situaciones en las que es obvio que hay alguien más relevante que yo misma por sus propios méritos (a quien hay que pedir permiso), que me equivoqué e hice daño (a quien hay que pedir perdón) y que es obvio que vivo en sociedad, las cosas me sobrepasan, que hay situaciones que no están diseñadas para vivirse en singular (donde hay que pedir ayuda) me ponen muy mal, al grado de congelarme.

Claro, en ese momento quedo como una soberbia, chiflada, grosera, rencorosa histérica, iracunda radical y vale madrista con delirios de omnipotencia a quien no vale la pena acercarse.
Pero esa no soy yo.

A veces me siento como un puerco espín a quien nadie se atreve a abrazar por miedo de salir lastimado. Reconozco la osadía de las personas que a pesar de eso lo hacen y se los agradezco con cariño, lealtad y confianza. Pero sé que a veces peco de imbécil y entro en conflictos de los cuáles no sé cómo salir sin, claro, verme congelada e incapaz de pedir permiso, perdón o ayuda.

La semana pasada comencé a pedir perdón a ciertas personas que en ningún momento se merecían mi desprecio o mala vibra; me costó trabajo, claro. Pedí permisos porque no me mando sola ni este mundo está esperando ver qué se me da la gana para actuar en consecuencia; me costó trabajo.

Lo más difícil fue pedir ayuda después de días de ver caras angustiadas, de comentarios consternados y preguntas como “en serio estás bien?” vez tras vez; lo más difícil fue reconocer que no soy perfecta, que me puedo quebrar y que hoy por hoy el hecho de que me suceda tiene consecuencias mucho más graves que no solo me involucran a mí. Saber y constatar cuánto dolor estas cosas pueden causar a las personas que me quieren, ver a mi hermano señalar mis cicatrices y ronchas para luego preguntar “es eso reciente?” seguido de un “tú no estás bien”, escuchar a B decirme “no tienes que hacerte eso y lo sabes” casi en lágrimas y tomar las llaves del carro y decir “suficiente!” fue difícil… y me costó mucho trabajo.

Hoy estoy mejor, recibiendo ayuda que no supe pedir pero que me dieron de todas maneras, misma que surte el efecto esperado. Estoy en proceso de reconformación y crecimiento de nuevo.
Todo se está alineando para la celebración de mis 10 años fuera del clóset, una noche de baile deshidratante rodeada de gente a la que quiero.

Será también el festejo de contar con la fuerza para ser coherente y honesta conmigo misma; una noche en la que seré capaz de pensar / decir / hacer / sentir : gracias.

Gracias, porque a pesar de todo lo anterior (y muchas otras cosas):

12:01 p.m.: :* luv u anyways

Desgarramientos comprobables

We are never so defenseless against suffering as when we love, never so forlornly unhappy as when we have lost our love object or its love.
Sigmund Freud

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Llega un momento en la vida en el que querer es inevitable: a algo, a alguien, a todos. Ese gatillo que parecía no apuntarte a la cabeza se dispara y te ves envuelto en situaciones desgarradoras, excitantes, dolorosas e imposibles de eludir. Has encontrado a “esa persona” y todo parece girar alrededor de la importancia que tiene el conservarla a tu lado.

Las circunstancias extraordinarias de tu propio enamoramiento abren llagas en tu muy tranquila existencia y comienzas a dejarte llevar por las ansias: “… si no te veo me muero, que si no duermo contigo no puedo pegar los ojos, que si no te beso en ahora mismo me voy a cortar las venas con una galleta de animalitos”. Entonces, todo molesta: el aire entre nuestros cuerpos, el tráfico que se come 40 minutos de tu día en transportarte, la velocidad a la que pasan los segundos para verte, el no haberte conocido hace 6 años… molesta. Urge, es apremiante y enfático.

Después del incesante trabajo, luego viene la calma dentro de esos brazos tibios y tu sonrisa sublime como de ángel. Llega esa calma que dura desde el primer abrazo hasta la despedida que, claro, tratará de evitarse a toda costa. Siempre hay un último penúltimo beso qué dar, un susurro más, una oportunidad para sentir el calor de tu piel.

Pero la vida sigue y evoluciona por extraños derroteros: gente se muda, cambia de trabajo, se interesa en la aeronáutica, pierde todo lo que tiene en una inundación, encuentra tesoros perdidos, conoce a alguien más. Después hay drama, reclamos, amenazas de incendio y/o suicidio; uno no entiende, otro no escucha y le recuerda las tardes en que se juraron eterna permanencia, perenne deseo y lealtad inquebrantable tirados en el zacate tibio. Todo cae por su propio peso.

Pero llega un momento en la vida en el que a pesar de toda experiencia previa, contraejemplos y miles de experimentos, querer es inevitable, y una vez que lo haces con toda la intensidad que tu corazón es capaz de soportar, una puerta a tu centro vivo se abre sin posibilidad de cerrarse.

Estas son solo las consecuencias de vivir entre mucho amor: al desbordarse, llena los huecos de nuestra existencia al punto de volvernos seres invencibles, tercos y obstinados, siempre dispuestos a volver a comenzar.

Amar nos exime de miedo por un tiempo, pero luego convierte en terror la sensación de sentir cómo termina y se desgarra.
Amar es un eterno querer con fecha de caducidad.

Amar es un estado de incapacidad emocional que debería definirse legalmente. Amar es el más delicado, popular y certero de los métodos de suicidio; la mejor de las razones para abrir los ojos a un nuevo día y la mejor, también, para no quererte volver a ver. Para escribirte recaditos y meterte en mi cama cuando no debería.

Es que, sabes, querer es inevitable. Y eso me intranquiliza mucho.
Pero de todas formas lo hago. Todos lo hacemos. Y no me voy a disculpar.