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Let’s all meet up in the year 2000

Ahora mismo tiemblo un poco. Esta circunstancia es el precio que me tocó pagar por haber tenido un encuentro con mi pasado, un viaje en el tiempo literal y el no haberlo hecho sola. Estuve cara a cara con mis recuerdos por una noche, solo una noche más, dijeron, en un lugar donde muchos de los mejores momentos que atesoro sucedieron. Qué digo mejores momentos, ahí me cambió la vida radicalmente más de una vez: el Kokoloco.

El Kokoloco es una disco, un club, un bar; es difícil de explicar a aquéllos que nunca lo conocieron por qué es tan especial pero baste decir que si estabas vivo en 1997 en esta ciudad del noreste de México, te sonará conocido y lo recordarás con mucho cariño. Para muchísimas personas, incluyéndome, fue su segunda casa.
Todos los viernes, por espacio de 7 años, estuve ahí siendo feliz, metiéndome en problemas, creciendo.

P me llevó por primera vez; de hecho, nuestro primer beso fue en su carro, una de esas noches que íbamos camino al Koko. A P le gustaba Depeche Mode, cosa que heredé, y Bauhaus. Yo bailaba ska sobre las mesas, descalza. Era 1997.

En el 2000 celebré mi fiesta de cumpleaños ahí. Fue la infame noche donde casi me sacan por estar besando primero a M y luego a CL; a una sobre la mesa, y al otro sobre la barra. Ni todas mis credenciales VIP sirvieron para ahorrarme la regañada por andar de escandalosa.

Ang y yo comenzamos a ir juntas a finales de ese año. Perfeccionamos el baile sincronizado para Dancing Queen - friday nights and the lights are low- y Come on Eileen -you mean everything. Nuestra canción era Disco 2000 y es fecha que no puedo escucharla sin pensar en ella. Una noche, después del Koko, la llevé a su casa y antes de bajarse del carro dijo “… tengo un crush enorme contigo” y me besó. La historia se estaba escribiendo.

En el 2003, mientras bailábamos Can’t Get You Out of My Head en el piso de arriba, L me besó por primera vez. El mundo se detuvo; solo volvimos a la realidad cuando escuchamos los aplausos de la gente en las mesas frente a la pista a quienes el espectáculo les estaba gustando mucho.

El Koko cerró en 2004 y entre sus paredes se quedaron muchas historias que tienen como protagonistas a las mujeres más importantes de mi vida.

Pues bien, el viernes lo reabrieron por una noche.

El evento se coordinó de manera personalizada, así que por mis antecedentes de VIP me enteré desde hace como 3 meses. Yo no solo estaba invitada, estaba en la lista de “no cover, no fila”; ah, y aparecía como pareja de Ang.

Cuando B se enteró dijo que le daba mucho gusto, que era una oportunidad de ensueño para volver a mi segunda casa, pero que ella no iba a ir conmigo “porque es mucho más importante para Ang y para ti, ve con ella”. Horas antes todavía me rehusaba a ir porque sabía que no me iba a levantar para mi clase pero B insistió, le tiene una simpatía a Ang completamente infundada.

Así fue como regresamos a un Kokoloco que se quedó detenido en el tiempo en cada detalle; fue tan impresionante que nos quedamos congeladas al cruzar la puerta, con la piel erizada. Creo que todos los asistentes tuvieron la misma reacción.

Adentro todo era euforia y buena vibra, eran abrazos y celebraciones, reconocimientos y reencuentros, besos, besos, música y baile. Entre los presentes había felicitaciones por hijos recién traídos al mundo, puestos en importantes empresas, metas logradas y anhelos alcanzados… bueno, hasta brindamos por un divorcio bien merecido.

A algunos no los había visto desde hacía unos 11 años, no sabía que seguían en la ciudad o habían regresado a ella, a otros les perdí la pista durante la carrera, de otros no recordé sus nombres pero a gritos nos identificamos entre la multitud y tuvimos momentos de comunión en público.

Al verme con Ang pensaron que seguía con ella y escuchamos un par de comentarios como “wey, ustedes ya llevan un chorro!” seguidos de las risas y negativas de ambas.

Bailamos toda la noche, exponiéndonos a una deshidratación mayúscula; demostramos que lo que bien se aprende nunca se olvida y nos salieron perfectas muchas coreografías, siempre nos destacamos por ser las que se sabían todos los pasos y los podían ejecutar en perfecta sincronía.

Cuando pusieron Disco 2000, me abrazó muy fuerte y dijo:

Sé que las cosas pudieron haber sido diferentes; sé que nos hicimos daño y que eso tuvo consecuencias pero te quiero mucho. Gracias por acompañarme; sin ti regresar a este lugar no hubiera tenido sentido.

Bailamos esa canción y cuando terminó la besé en la mejilla:

Yo también te quiero; por eso estamos aquí después de 8 años.

No sé si el Koko vaya a ser abierto de nuevo; pero una noche bastó para cerrar ciclos, cauterizar heridas, revivir amistades y recordarme un poco por qué soy la persona quien soy.

Sirvió para que nosotras, que el tiempo y las circunstancias nos han hecho alejarnos al punto de casi desconocidas, reforzáramos qué es eso que siempre nos mantendrá unidas, casi congeladas en el tiempo entre notas de Pulp, como aquella primera vez, en una noche del año 2000.

También probó que B, como siempre, tiene la razón y puede ver a través de mí como si mi piel fuera transparente.

I <3

manos.jpgDice B que ella no puede tener amigos, o sea, hombres. Insiste en que siempre en algún punto la tensión sexual es como inaguantable y acaban las cosas yéndose al carajo; siempre hay una esperanza de que en una noche lluviosa, o una tarde en la playa, o en cualquier situación que incluya mucho alcohol en las venas, pase algo de índole carnal: “los hombres son así“, dice, “pero tu caso no me lo explico”.
Mi caso es exactamente lo opuesto. Yo no puedo tener amigas muy cercanas porque siempre llego a un punto donde la tensión sexual es como inaguantable y acaban yéndose las cosas al carajo.
Sí, mi récord se explica por sí mismo.

La primera vez que me pasó fue con P. No me siento culpable, en alguna parte dice que en momentos de definición sexual uno acaba enamorándose de sus amigas y viscerversa. Sí, fue desastrozo. Ella tenía 25 y yo 18 años. Las consecuencias fueros psiquiátricas y partió mi vida en dos. Mi doctora, cuando preguntaba sobre cosas específicas aclaraba: “antes o después de P?”. Sí, fue así de relevante pero no pude evitarlo. A esa edad no hay manera de mantener el corazón, el cuerpo y la cabeza separados como para evitar una catástrofe. Lo más feo de todo fue perder a mi entonces mejor amiga en manos de una situación sin posible final feliz. Duramos en eso unos 9 meses de los cuales 5 estuve volviéndome loca; las consecuencias fueron 9 años de silencio y dolor resumidos en una sesión de perdones que nos llevó una hora y de los cuales no pudimos rescatar mucho de lo que fue.
Ella sigue llamándome, invitándome a salir y preguntando por “mi novia en turno” pero jamás podría regresarle la confianza y el cariño tan grande que alguna vez le tuve. Stike one.

Me volvió a suceder con A. A mí me encantaba física e intelectualmente pero ella poseía novio y casi anillo de compromiso. Las dos teníamos 21 años y mucha energía para bailar Dancing Queen, discutir de filosofía y fetiches, desvelarnos inventando recetas de galletas o viendo cine extranjero; se volvió mi cómplice favorita para todo aquello que se pudiera imaginar. Una noche me llamó, nos quedamos de ver en el parque (porque también era mi vecina) y lloró por dos horas; mientas sollozaba se quejaba de su novio, del clima, de las clases de la maestría y todo lo que usted mande. Como a las 2 de la mañana se detuvo, me vio muy fijamente y remató con un “…. y además no puedo dejar de pensar en ti, en lo mucho que me gustas y que tengo un crush enorme contigo”. Esa madrugada me besó, yo la besé y se la bajé a su novio de manera oficial tres días después. Todo estuvo muy bien por algunos meses; ella se introdujo felizmente y sin problemas en todo “el asunto gay” , me acompañó en varios trances, vivimos felices bajo mi humilde techo… hasta que todo se jodió. Le entró una crisis de personalidad que incluía un “tú me hiciste lesbiana”, y la perdí, se perdió, la perdimos. Su modus operandi era más bien pendular. Solía amarme y odiarme por periodos que venían a entrometerse con el resto de mi vida. Si yo estaba saliendo con alguien más era peor; llegaba dramáticamente a pararse en mi puerta con todas sus cosas para “mudarse” cada que su mamá la corría de su casa sin importarle si yo me estaba cogiendo a otra en MI cama, situación que, claro, se volvía una escena de celos con todo y un “y quién chingados es esta vieja?!” de su parte. Dejamos de hablarnos más veces de las que puedo contar y siempre regresaba a hacerme la vida miserable. Nunca recuperé esa dinámica de complicidad, cosa que realmente extraño, porque trabajo con ella. Escucharla hablar de “cuando nosotras hacíamos…” frente a mis otras compañeras es difícil sin mencionar cuánto la quise, y cómo la perdí. Strike two.

Acabo de anotarme un strike three hace unos días y lo único que tienen estas mujeres en común es a mí, así que yo debo tener algo de culpa.

Me caga pensar en lo que pudo haber sido si yo nunca les hubiera puesto las manos encima o si qué es peor, ponérselas o no ponérselas. Estamos hablando de tensión sexual, de verdadera atracción, de cosas en común, de momentos compartidos… de situaciones que suelen salirse de control muy fácilmente.

Es frustrante es no poder regresar el tiempo para decirles algo como “te extraño, y eso no incluye a tu cuerpo” porque no sé si se ofenderían mucho. Me siento culpable de las posibilidades desechadas, los perdones que llegaron tarde, el daño que se pudo haber ahorrado si dejábamos las cosas como estaban, por la paz y tan tan.


Debo estar muy loca, porque después de todos esos años y sus consecuencias, sé que a cualquiera de ellas me podría acercar hoy mismo, abrazarla, decirle “te quiero” y ellas entenderían perfectamente de qué estoy hablando.

A eso me refiero. Arruiné, arruinamos, pero ese vínculo, a veces algo incómodo, nunca se fue a ninguna parte.
… pero tampoco volvimos a ser amigas.

Que triste. A veces pienso que no vale la pena arriesgar todo eso por un orgasmo. O muchos. Muchos.

Lo siento. Love u, too.

Desgarramientos comprobables

We are never so defenseless against suffering as when we love, never so forlornly unhappy as when we have lost our love object or its love.
Sigmund Freud

broken-heart.jpg

Llega un momento en la vida en el que querer es inevitable: a algo, a alguien, a todos. Ese gatillo que parecía no apuntarte a la cabeza se dispara y te ves envuelto en situaciones desgarradoras, excitantes, dolorosas e imposibles de eludir. Has encontrado a “esa persona” y todo parece girar alrededor de la importancia que tiene el conservarla a tu lado.

Las circunstancias extraordinarias de tu propio enamoramiento abren llagas en tu muy tranquila existencia y comienzas a dejarte llevar por las ansias: “… si no te veo me muero, que si no duermo contigo no puedo pegar los ojos, que si no te beso en ahora mismo me voy a cortar las venas con una galleta de animalitos”. Entonces, todo molesta: el aire entre nuestros cuerpos, el tráfico que se come 40 minutos de tu día en transportarte, la velocidad a la que pasan los segundos para verte, el no haberte conocido hace 6 años… molesta. Urge, es apremiante y enfático.

Después del incesante trabajo, luego viene la calma dentro de esos brazos tibios y tu sonrisa sublime como de ángel. Llega esa calma que dura desde el primer abrazo hasta la despedida que, claro, tratará de evitarse a toda costa. Siempre hay un último penúltimo beso qué dar, un susurro más, una oportunidad para sentir el calor de tu piel.

Pero la vida sigue y evoluciona por extraños derroteros: gente se muda, cambia de trabajo, se interesa en la aeronáutica, pierde todo lo que tiene en una inundación, encuentra tesoros perdidos, conoce a alguien más. Después hay drama, reclamos, amenazas de incendio y/o suicidio; uno no entiende, otro no escucha y le recuerda las tardes en que se juraron eterna permanencia, perenne deseo y lealtad inquebrantable tirados en el zacate tibio. Todo cae por su propio peso.

Pero llega un momento en la vida en el que a pesar de toda experiencia previa, contraejemplos y miles de experimentos, querer es inevitable, y una vez que lo haces con toda la intensidad que tu corazón es capaz de soportar, una puerta a tu centro vivo se abre sin posibilidad de cerrarse.

Estas son solo las consecuencias de vivir entre mucho amor: al desbordarse, llena los huecos de nuestra existencia al punto de volvernos seres invencibles, tercos y obstinados, siempre dispuestos a volver a comenzar.

Amar nos exime de miedo por un tiempo, pero luego convierte en terror la sensación de sentir cómo termina y se desgarra.
Amar es un eterno querer con fecha de caducidad.

Amar es un estado de incapacidad emocional que debería definirse legalmente. Amar es el más delicado, popular y certero de los métodos de suicidio; la mejor de las razones para abrir los ojos a un nuevo día y la mejor, también, para no quererte volver a ver. Para escribirte recaditos y meterte en mi cama cuando no debería.

Es que, sabes, querer es inevitable. Y eso me intranquiliza mucho.
Pero de todas formas lo hago. Todos lo hacemos. Y no me voy a disculpar.

No somos agua

tears

Hay momentos en que por más que se intente, revienta en nuestra cara el hecho innegable de que no somos del todo agua; sí, sí, un sesentaynosécuánto por ciento sí, pero el resto es lo que nos separa de las nubes: la colección de huesos, de fibras, de células y tejidos más o menos firmes.
No somos líquidos y no fluimos, no tenemos transparencia ni poderes refractores de luz, no tenemos propiedades disolventes, ni elécticas y, sobre todo, somos incapaces de ebullir.
Que envidia; el agua tiene un ciclo interesante y predeterminado desde hace miles de años, cero sorpresas, cero cosas fuera de programa, straight to the point.

Es mentira (y deseo ferviente) cuando decimos que “todo fluye”; eso sólo lo logra el agua en estado puro, la que se escurre en los manantiales, la que nace de veneros escondidos en cavernas, la que nunca se llega a cruzar con nosotros.

Aquí nada fluye; nuestra existencia está plagada de bloqueos, de desviaciones forzadas, de canales torcidos hacia donde nuestra energía va y rebota de manera muy dolorosa y accidentada. Lo único que creo que pasa es que vamos haciéndonos cada vez más resistentes a los inevitables embates de nuestra existencia totalmente falta de propiedades líquidas, asumiendo nuestra densidad específica, sufriendo las maravillosas funciones físicas de la piel.

Compensamos nuestra falta de transparencia con palabras que tampoco la emulan; que siempre le quedan cortas a lo que realmente queremos expresar, y que suelen enturbiar tremendamente las situaciones. Frotamos nuestros cuerpos en un intento desesperado por mezclarnos con el otro, con el mundo, con demás objetos y elementos, sin nunca lograrlo. Somos una constante frustración para nuestras propias ambiciones de omnipresencia y omnipotencia.

Vivimos porque no somos agua; creemos que somos un fin, no un vehículo.

Después de estas reflexiones tan desgarradoras, lo único que nos resta es expresar nuestros más arraigados miedos, las pesadillas más recurrentes, el daño y sus consecuencias haciendo uso de ella, la que nos compone, esa que podemos controlar, dejarla fluir…

Y llorar. Hasta secarnos, si es posible.