De prisa y sin voltear 31 March 2008
Yo, como todos ustedes, claro, batallo para entender a la gente. Dejé de preocuparme demasiado por eso hace años, pero cuando me da lo filosófica, no puedo evitar aún hoy sorprenderme de la naturaleza humana, su falta de lógica y la trascendencia de su infinita estupidez.
Lo que más me molesta es la incoherencia en la que pueden vivir tantas personas y peor cuando se dan el lujo de juzgarte sin una invitación. En este rubro cabrían:
- las feministas radicales vueltas defensoras de los derechos de la familia, la belleza de la maternidad y la monogamia heterosexual.
- las drogadictas promiscuas vueltas cristianas / new age / scientólogas que acotan que tu vida es “poco espiritual” porque los credos te valen madres
- los que aún creen que la cantidad de hijos que engendran equivale proporcionalmente a su hombría
- aquellos entes que consideran que un mínimo respeto y conciencia ecológica son fantochadas
- etc.
Para mí es mitología eso del arrepentimiento sin segundas intenciones, la bondad descubierta y todas esas cosas que hacen a gente decir cosas como:
“No vuelvo a trabajar en en ningún proyecto que ofenda mi fe, mi familia o mi comunidad latina”, dice ahora orgulloso.
¿Y a qué obedece este cambio? La vida superficial basada en los placeres dejó de llenarlo.
La ironía de la vida en todo su esplendor! Pfff!
Yo soy harina de otro molino; tengo firmes valores que no tienen que ver con los morales, tengo ideales que no tienen que ver con el capitalismo y tengo un espíritu que va más allá de las habilidades administrativas de cualquier iglesia; mis experiencias de vida son, buenas y malas por igual, para mí tan valiosas y apreciadas que estaría literalmente “escupiendo para arriba” si decidiera, un buen domingo del señor, arrepentirme de todos mis pecados y encontrar una respuesta más allá de mi humana condición. No.
Soy la consecuencia de todo lo que decidí y lo que no decidí pero me sucedió, de las cosas que busqué y las que me encontraron, de aquéllos que me quieren y los que me dañaron. Hice algo con los datos que protagonicé, con mi historia, con las armas que tener un cerebro funcional me asignaron y por lo mismo, puedo asegurar algo:
No te creo.
Ajá, no me vengas conque la verdad la tienes tú, con sermones huecos y revelaciones de adultez que te llevan por el “camino de la luz”. Si en verdad fueras tan feliz, tan completa, tan mil veces intocable por los placeres mundanos en los que yo estoy sumergida -o me regodeo-, ni siquiera tendrías que decírmelo porque se notaría tan a todas luces que sin provocación me acercaría a decirte que resplandeces.
No te creo.
No creo que estés más allá del dolor de la soledad, de las lágrimas de ira, puedas voluntariamente callar los chillidos entre tus piernas o no disfrutes de los chismes de barrio; eres como yo, carne y hueso, y más allá de toda duda, un ser humano que tuvo en sus manos su destino y se dio por vencida por, claro, su propia pusilanimidad.
Más bien, me das un poco de vergüenza; eso y todo tu alarde de incompletud.
Tan frágil, tan perdida, tan arrepentida de nada y de todo, que lo único que puedo pensar es que qué bueno que no estoy en tus zapatos, que tengo una personalidad inquebrantable y mucha valentía para enfrentarme a retos que tú no puedes siquiera concebir.
La vida es una circunstancia, casi un accidente y debe administrarse de prisa y sin voltear; con la frente en alto, el corazón en guardia y los pies bien firmes en la tierra.
Cualquier otra cosa, pienso sinceramente, es perder miserablemente el poquísimo tiempo que tenemos para encontrar la felicidad.




