It’s ok to cry, baby 15 April 2009
Algo de lo que muy pocas personas pueden jactarse (yo no estoy entre ellas) es de haber contado con cierta educación emocional; algo remotamente relacionado a la habilidad y efectividad de la comunicación de los sentimientos propios y los provocados por otras personas y en ciertas situaciones. No la tuve, ni la tengo, ni la tendré… y eso está ok, porque no sabría cómo manejarla; mi entera personalidad se basa en carecer de habilidades como las enlistadas anteriormente.
Pero, algunas veces deseo fervientemente que las cosas no fueran así, que me fluyeran y se escucharan tan claras y lindas como las pienso. Tampoco funciona.
Por otro lado, hay ciertas personas que encienden una luz interior cuya sola existencia te congela, tanto o más como cuando descubres lo que hay adentro una vez iluminado, todo lo que estuvo e ignoraste por décadas.
Esta semana Lady A y yo nos la hemos pasado llorando (entre otras actividades relevantes). Para mí es algo tremendamente valioso encontrar a alguien con quién porder llorar sin detenerse a pensar en penas, pudores, el qué pensará de mí y cómo me sonaré los mocos para no parecer un trailero analfabeta. Llorar así, desde adentro, después de escuchar una frase que explica tantísimas cosas y al mismo tiempo es tan simple y llana como:
“Me importas”
Por mi cabeza rodaron muchísimas otras preguntas entre por qué, cómo, qué necesidad, qué flojera lidiar conmigo, querrá llegar directo a la canonización?, pensará que mi caso es relevante para la psiquiatría contemporánea? estará recopilando información para alguna clase de psicología del maniaco? querrá secuestrar a Edipo? morbo?…
“… y mucho; cuenta conmigo, aquí estaré siempre que me necesites y esté en mis manos poder hacerlo…”
No pude hacer nada más que soltarme llorando como nenita; debí abrazarla hasta romperla, besuquearla y babearla toda pero la falta de educación emocional hizo que escondiera mis lágrimas tapando mi cara con ambas manos, me medio ahogara y rodaran sendos lagrimones por mis mejillas. Fue ella la que me tendió la mano y la apretó como punto final de las palabras antes dichas.
Seguí metida en mi llanto mientras ella me miraba con esos ojos delineados de negro perennemente y me agradecía la honestidad demostrada con las palabras que me salieron directamente del remordimiento que desde hace años me cargo en relación de las cosas que salieron muy muy mal, que dañaron y me dañaron y que acabaron con varias de las relaciones más importantes de mi vida. Eso duele. Quedárselo por años y años duele.
Es la primera vez que pido perdón por adelantado simplemente porque Lady A lo merece, por su cariño gratuito, por haber caído del cielo, porque alguien/algo me la haya puesto en el camino para que me diera cuenta que llorar no es algo que se hace a solas, bajito, por puro y llano patetismo, sino se puede hacer en compañía, con muy diversos e interesantes resultados.
Encontré a alguien con quién llorar mientras logro un completo y necesario deshaogo. Alguien que me aprieta y me contiene. Que reafirma que el azar no existe, sino que simplemente somos demasiado incapaces de explicarnos ciertas cosas y se las adjudicamos. A quien dejo entrar a mi cocina, brincar en mi cama y subirse con zapatos a los sillones.
Lady A me ha dado muchas lecciones en muy poco tiempo; está bien querer, está bien ser honesto, incapaz de mentir, y está bien llorar cuando tu cabeza y corazón se ponen de acuerdo.
Está bien. No tiene nada de malo.
Para vengarme, la puse a ver Dancer In The Dark. Now we’re even.



