I can cook 12 March 2008
Algo que tengo muy presente en esta vida, en todo momento, es que mi deber inherente como ser humano es hacer algo con el -limitado- talento que tengo, disfrutar lo que soy, y dedicarme a ser infinitamente feliz; sonará poco filosófico pero creo que honrar a la creación es lo mío. Esta simple manera de pensar aún cuando es lógica y sin dobleces, suele tener detractores porque se me tacha de rayar en lo hedonista pero, bueno, no puedo impedirlo; mi naturaleza llama y yo la escucho en estéreo.
En este sentido, la frustración me pone mal, tengo como deporte soñar despierta, hablar sola, e imaginar que mis artistas favoritos son mis mejores amigos. Dice HB que lo nuestro es una rebeldía declarada contra la madurez; nos pasamos la vida en un mundo en el cual nos dedicamos a comparar tatuajes, viajar a lugares improbables y decidimos que pensar en nuestro próximo cumpleaños es una actividad dolorosísima. Aún así, yo no puedo quejarme, yo disfruto.
Estos últimos años me he dedicado a perseguir mis sueños uno por uno con diversos resultados, esto porque sigo sin ser asquerosamente millonaria. Lo anterior no debe decrecer el mérito de haberme graduado de hip hop dos veces y continuar bailando; las fotos de mi sala prueban más allá de toda duda lo feliz y orgullosa que estoy de hacer algo que probablemente se considere “poco intelectual”. A estas alturas de la vida, es mucho más factible que enmarque mi certificado de “aprobado satisfactoriamente” de la clase de baile que, por ejemplo, mi título de profesional. Y qué.
Mis alucinaciones diurnas muy seguido me hacen recordar a mi abuela entonando a todo pulmón, entre trompetas, contrabajos y trajes de charro, cuanta canción de José Alfredo Jiménez se sabía. Pienso en ella cuando reflexiono acerca de las cosas que me hacen feliz porque se parecen mucho a las suyas. Una vez que me da un reflector en la cara, B dice que me transformo; lo que creo es que el espíritu de María Eugenia me posee, más bien. No soy más que lo que mi abuela plantó en mí en tiempo récord, porque murió cuando yo tenía 12 años. Su ritmo interno sigue vivo aquí adentro y yo solo lo canalizo en medida de mis posibilidades.
Muy vívidos son también los recuerdos donde se balancea en la cocina entre cernidores y moldes de diferentes alturas siempre tarareando alguna canción, llevando el compás con los dedos. Mi abuela quería que yo fuera bailarina, cantante, música y que cocinara como los mejores, nunca vislumbró mi futuro como editora y erudita; tal vez ella tenía un punto. Me paró frente a su horno apenas pude detenerme por mí misma sin tocarlo y quemarme a ver cómo una rosca crecía, cómo las hojarascas se doraban, cómo se cristalizaba y casi desaparecía una cebolla en el gravy.
Luego hacía tés, infusiones y toda suerte de potajes aromáticos que dejaban la casa impregnada de laurel, a comino, por días enteros; también disfrutaba cuidando de su propia minihuerta de especias y cosechando higos, duraznos, mandarinas, manzanas, limones y aguacates, entre otras cosas, en nuestro patio trasero.
Ella era de tierra y la tierra le respondía cada que se le acercaba; yo planté un manzano una vez y nunca brotó. María Eugenia excavó exactamente en el mismo lugar, dejó caer las semillas y en menos de 6 meses un retador tronco con ramitas breves se levantaba con firmes raíces que siguen ahí después de 18 años. Era obvio que su intervención era necesaria para la creación de vida vegetal en el jardín y que mi papel era más bien contemplativo.
La idea de cambiar al mundo nunca se ha borrado de mi cabeza, y como dice Ana Pascal en Stranger than Fiction, recientemente he entendido que, solo tal vez, si voy a hacerlo no será en el Monterrey corporativo, la burocracia regia o por mis ideas transgresoras (que acaban dispersas en este blog), no:
“I decided If I was goint to make the world a better place, I would do it with cookies”
Eso.
Estos días he estado leyendo sobre personas que simplemente siguieron sus sueños sin importar nada más y sus inspiradoras historias me llegan; desde el chico filipino que acabó cantando en el Festival Viña del Mar con Journey después de que el guitarrista de la banda lo vio en YouTube, las audiciones de los bailarines de Ciara para su nuevo tour (que hacen que se me enchine la piel), y Diablo Cody, famosa por ser la única exstripper que ha ganado un Oscar a mejor guión original. Todos ellos tienen en común que siguen sus destinos y decidieron que cambiarían al mundo sin preocuparse por el cómo, explotando sus talentos, dejándose llevar y divirtiéndose mucho en el proceso.
My kind of people.
Pues bien; les comento que ha llegado ese momento en la vida en que puse manos a la obra: el sábado pasado tuve mi primera clase -intensiva- para obtener el título de técnico en gastronomía, o según dice el Chef, “master de cocina”. La carrera, de un año y medio de duración, contempla cocinas francesa, española, asiática, italiana, árabe, repostería y coctelería. Yo no puedo estar más feliz; mi abuela me estaría aplaudiendo por finalmente aceptar que vine a la tierra con un fin más trascendental que ser una blogger.
Qué tal “Chef P”?
Por lo pronto llevaré bitácora de mis avances -muy muy lentos gracias a mi incapacidad de pronunciar correctamente los cortes y platillos en francés- en mi nuevo blog llamado muy apropiadamente Can Can Cook, que es la celebración del colapso de todos mis anhelos en uno. B me hizo el banner y según el orden que le estoy dando, será como un curso de educación a distancia para todo aquel remotamente interesado en el tema. Es lindo e informativo y libre de sexo, ja.
El reto ahora es que mi nuevo giro de carrera coexista con el trabajo de tiempo completo, clase de baile, chambas de freelance, novia y una vida social de mediana intensidad por lo que puedo asegurarles que tendré muchísimo trabajo pero aún así encontraré (entre cacerolas y clases teóricas) tiempo para seguirles contando la historia.
Cualquier historia.
Como ésta, en la que yo decido cambiar el mundo de bocado en bocado, armada de galletas.
Besos acaramelados.




