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Confesiones de una grinch

Acabo de tener una conversación terrorífica con B sobre algo que racionalmente no debería causarme ningún problema: la navidad. Sí, este issue que en este espacio se ha mencionado en anteriores ocasiones me vuelve a perseguir ahora con más fuerza que nunca:

“Mi mamá cumple años el 24 de diciembre”, dijo B y ahí fue donde me di cuenta que todo lo que yo conocía hasta el momento como la celebración navideña debe llegar a un nivel de hardcorización importante si, además, la anfitriona se festeja entre el pavo y los regalos.

Todo comenzó con la presuntamente inocente frase de “quiero poner un pinito” y nada, mi semblante cambió al punto del vómito; dije: “soy fóbica”. Ella se detuvo a esperar una carcajada que nunca llegó y, después de una hora de rollo, acabó en “vale, si es así de traumático, no habrá pinito!”.

A B la adoro y me encantaría no ser un ente socialmente inepto, incapaz de asistir a esos eventos sin llegar al ataque de pánico. Yo la quiero, en serio, pero un pinito de navidad en mi casa es algo que nunca ha corrido por mi cuenta y que si dependiera de mí, jamás sucedería.

El último pinito que mi madre puso fue cuando yo cumplí 11 años; no recuerdo qué evento desencadenó la reflexión (correctísima) de que lo del pinito no era más que una gastadera innecesaria de tiempo, dinero y esfuerzo que llevó a que la tradición fuera superada.

Creo recordar que cuando vivía en Juan Ignacio, Eunice se empeñó en poner un pinito cierto año y que, hasta eso, no le quedó feo ni yo intenté incendiarlo. Luego salió del país pero antes me dejó los regalos muy bien acomodados debajo: uno para mí, uno para Greta (la perra). “No se te ocurra abrirlos antes de Nochebuena!” sentenció al despedirse y yo aseguré que no tuviera pendiente, que eso no sucedería.
Tan así fue, que cuando regresó de viaje y me preguntó por los regalos (un 9 de enero o algo así) yo recordé su existencia. … Ajá, así me pasan a mí las Navidades… si alguien no me las echa en cara, puedo obviarlas porque también es el tiempo de posadas, cuando acompaño a H a la suya o puedo presumir de mis habilidades dancísticas en eventos no religiosos. There u go.

A B yo la quiero, mucho, y quisiera decirle “sí!” a la idea de poner el pinito e incluso agregar un “y yo pongo la estrella!” al final de la frase. Me siento genuinamente mal de ser incapaz de conceptualizar el evento como algo nostálgico, melancólico o remotamente feliz… muy a pesar de que prometió comprarme un pinito color rosa. Ajá, rosa.

Yo la quiero mucho, y hoy me siento miserable por no poder compartir con ella esos momentos en los que su habilidad plástica se explaya al punto de colocar un nacimiento “con todo el fucking pueblo judío representado” en las faldas de su super pino, contra el cual otros palidecerían.

Yo la quiero, pero hay ciertas cosas, como lo de ser socialmente adecuada, que nunca se me han dado del todo. La hipersensibilidad incontrolable es el síntoma más cotidiano en cuanto se acerca la N… con B en mi vida, ahora también será la oportunidad de hacer nuevos recuerdos donde no los hay, compartirme, experimentar. Hay posibilidades de pasársela bien siempre, verdad?

Yo la quiero mucho, pero su esencia de familia es algo que no puedo procesar en estos momentos en los que al verla vestida de rosa, con sus calcetas de rayas naranjas, me pongo a pensar que esa niña linda, la que me hace sonreír tanto, lo único que me pide para ser feliz y sentirse en casa es un fucking pinito el cual yo detesto con toda mi alma.

I really do.
Soy una mala persona.

Yo pensé que realmente había cambiado, resultó que sólo me mantuve en hibernación; la grinch en mí tiene aún mucho qué decir.
B. La quiero mucho.
Asunto pinito: quiero intentarlo.

También dijo que si no tengo con quién pasarla, me vaya con su familia en nochebuena. Su familia, damn, acabarán adoptándome cual perro callejero porque eso siempre pasa cuando menciono que en mi casa no celebramos navidad y mi madre no sabe rellenar un pavo:  tías, hermanas, madres y abuelas dicen al unísono “aaaaaaaaaaawwwwww, pobrecitaaaaaaaaaaaaa”.

Here we go again.

No somos agua

tears

Hay momentos en que por más que se intente, revienta en nuestra cara el hecho innegable de que no somos del todo agua; sí, sí, un sesentaynosécuánto por ciento sí, pero el resto es lo que nos separa de las nubes: la colección de huesos, de fibras, de células y tejidos más o menos firmes.
No somos líquidos y no fluimos, no tenemos transparencia ni poderes refractores de luz, no tenemos propiedades disolventes, ni elécticas y, sobre todo, somos incapaces de ebullir.
Que envidia; el agua tiene un ciclo interesante y predeterminado desde hace miles de años, cero sorpresas, cero cosas fuera de programa, straight to the point.

Es mentira (y deseo ferviente) cuando decimos que “todo fluye”; eso sólo lo logra el agua en estado puro, la que se escurre en los manantiales, la que nace de veneros escondidos en cavernas, la que nunca se llega a cruzar con nosotros.

Aquí nada fluye; nuestra existencia está plagada de bloqueos, de desviaciones forzadas, de canales torcidos hacia donde nuestra energía va y rebota de manera muy dolorosa y accidentada. Lo único que creo que pasa es que vamos haciéndonos cada vez más resistentes a los inevitables embates de nuestra existencia totalmente falta de propiedades líquidas, asumiendo nuestra densidad específica, sufriendo las maravillosas funciones físicas de la piel.

Compensamos nuestra falta de transparencia con palabras que tampoco la emulan; que siempre le quedan cortas a lo que realmente queremos expresar, y que suelen enturbiar tremendamente las situaciones. Frotamos nuestros cuerpos en un intento desesperado por mezclarnos con el otro, con el mundo, con demás objetos y elementos, sin nunca lograrlo. Somos una constante frustración para nuestras propias ambiciones de omnipresencia y omnipotencia.

Vivimos porque no somos agua; creemos que somos un fin, no un vehículo.

Después de estas reflexiones tan desgarradoras, lo único que nos resta es expresar nuestros más arraigados miedos, las pesadillas más recurrentes, el daño y sus consecuencias haciendo uso de ella, la que nos compone, esa que podemos controlar, dejarla fluir…

Y llorar. Hasta secarnos, si es posible.

Tapando el sol con un dedo

Somos máquinas perfectas para el autoengaño, eso me queda claro; vamos por ahí escuchando lo que queremos escuchar, eligiendo lo que nos da más placer, batallando pero logrando permanecer medianamente bien. Claro, todo hasta que un día te revienta en la cara la realidad cruda, encuerada, asquerosa e insoportable que acaba por ganarle a tu habilidad de hacerte pendejo.

Recién me vi enfrentada a tan inesperado y doloroso evento.
Guardemos un minuto de silencio en honor a lo que yo creía mi existencia.

Sí, eventualmente siempre sucede y no es de nadie más la culpa que de nosotros mismos; el error está en esperar cosas a cambio de palabras (o en consecuencia de éstas) de personas en quienes confías, a quienes quieres, quienes representan algo importante para ti… y no prepararse con antelación para decepcionarte de ti mismo o de ellos.

Yo, definitivamente, no tengo práctica en estos menesteres; en sentirme frágil, tonta y pusilánime; en quedarme callada cuando lo que quiero es gritar, en respetar a quien no me respeta. Cambiar mi destino debería estar a un click de distancia.

No creo merecer estas cosas, pero tampoco soy nadie para decir que no las veía venir y, en mi confusión, no hice nada al respecto.
Finalmente, intenté tapar el sol con un dedo y acabé quemándome más de la cuenta; terminé con mis reservas y evaporé mis energías.

Debo estar sola, debo quedarme callada, no debo publicar cosas como ésta; creo que no debo publicar nada que tenga que ver con el hecho de que un día me di cuenta que no soy tan fabulosa como para que lo que siento no me delate.

He actualizado poco este espacio recientemente y he aquí el por qué; habiendo dicho algo de lo que no puedo arrepentirme, eso me cambió toda la perspectiva; dejé salir a la fiera y ésta acabó por devorarse todo lo que encontró alrededor… incluso, a mí misma. Infinita tristeza.

Gracias por no preguntar. Me retiro a lamerme las heridas.

< Hiato indefinido >

Garras y dientes

En este mundo de rapidez informática y vertiginosidad social, creo que el único espacio realmente ajeno a todo este barullo son los sueños; sí, eso que pasa dentro de cada cabeza en las noches, imposible de ser blogueado, fotografiado o documentado de ninguna manera. Lástima; este espacio sería infinitamente más divertido si plasmara mis sueños en directo, los twittereara o similar porque habría muchas frases del tipo “túnel del tiempo; viajando al futuro” o “ese charco NO era de agua, ewwww!” Sí, algunos exigirían censura.

Ayer tuve un sueño revelador porque no veía a nadie conocido y las protagonistas éramos mi gata y yo. Lo fue en un sentido metafórico porque todo el tiempo estuvimos perdidas, huyendo, o buscando algo que nunca encontramos. El nivel de frustración aumentó a un punto que creo que me desperté en un grito, gruñí y me di cuenta que tenía la mandíbula adolorida. Me invadió una sensación horrenda y quise llorar; por primera vez en la semana, no quise volver a dormir a pesar de que eran las 7.20 am.
Lo recordé el resto del día con más detalles, incluso, que al momento de despertar. Repasé que en el sueño había muchas escaleras, túneles, lomas y precipicios que, sí, no llegaban a ningún lado y no lograba comunicarme con ningún otro ser humano porque… era invisible.
Ser invisible es, oficialmente, mi pesadilla más reciente.

Cuando llegué a la oficina, todavía tensa del susto, dije que había tenido una pesadilla y AVS me dijo que él no soñaba y que si lo hacía, nunca lo recordaba.

Por un instante le tuve mucha envidia porque mis sueños suelen ser tan intensos que se me va la vida y toda la energía en ellos al punto que muchas veces determinan el resto de mi día.
Luego le dije que me parecía horrendo, que es en los sueños donde realmente te puedes liberar, ser o hacer lo que quieras, dejarte llevar por sus más cochinos deseos y bajas pasiones, en fin, convertirte en otra persona si te late. Donde puedes predecir el futuro, ver a la gente que quieres o a la que extrañas, comer sin engordar, sumergirte en el mar sin necesitar respirar, bailar con Janet Jackson, en fin, cosas lindas.

Pero no tengo muchos argumentos ahora que me di cuenta que me soñé tan invisible como me siento, tan vulnerable y perdida, tan jodidamente triste, buscándote como loca sin encontrarte, en una ruleta rusa, cargando a mi gatita.

Ella, tan peludita y chipil, me parece más fuerte que yo; ahora pienso que en mi sueño yo no la protegía a ella sino visceversa… finalmente, viene equipada con garras y dientes…
Yo soy toda piel y corazón. Y no me atrevo a llamarte.

Tampoco en sueños pude decirte nada.

Freud ya había pensado en esto:

  • Every dream represents a wish as fulfilled. Thanks to a relative relaxation of censorship in sleep, a dream expresses repressed desires whose satisfaction is forbidden during the waking state. The conflicts involved may be expressed in unpleasant or anxiety-provoking dreams, however.

Mh; en ese sentido, debería poder re-soñar ciertas partes, y definir más específicamente mi deseo, porque de ser invisible no estaría con mi gata en un páramo desolado… trataría de meterme a tus sueños, y desde ahí adentro, te daría un beso que te hiciera despertar.

Ándale, Freud, ¿qué harías con ese deseo no satisfecho?

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