Be or not being 12 December 2008
Cuando estoy distraída, esperando en el teléfono, por ejemplo, y tengo pluma/papel en la mano siempre hago lo mismo: escribo mi nombre. Lo hice consciente hasta hace muy poco pero creo que llevo años y años haciéndolo. No soy de es@s que hacen monitos, dibujan arbolitos, escriben frases de canciones, rayan aleatoriamente o ponen maldiciones del tipo “puto el que lea”. Yo escribo mi nombre, cientos y cientos de veces; en letras bonitas, en letras gordas secundariles, en letra de molde, manuscrita, mi firma… mi nombre. Eso es algo chistoso para alguien que dice detestar su nombre (yo? incoherente?, nah!) y más que me encargue de no dejar rastros de ello.
¿Será sintomático a parte de automático?
Yo. Yo. Yo
Estos días de trabajo en la FIL me dejaron enseñanzas varias. Primero, reflexioné acerca de mi vocación largamente pasada por alto y mis habilidades otras que no tienen que ver con la pornografía y/o el karaoke.
Luego me compré tantos libros como cajas pudiera cargar un trailer de ocho toneladas. Me puse a escribir tantas hojas como la pila de mi laptop me permitiera. Leí mucho porque eso se puede hacer sin remordimientos en la FIL. Se me ocurrieron un par de ideas poco probables pero divertidas. Estuve feliz, además de cansada y fastidiada. De eso se trata la vida.
Antes de irme a tierras tapatías escribí acerca del nuevo disco de Kanye West para un periódico de circulación nacional. También hice la reseña crítica de una exposición plástica que, me dijeron, acabó siendo publicada en un periódico de Torreón, además de incluida en el programa de mano.
Letras, letras, letras que nunca firmo con mi nombre, ese que me encanta rayar pero inmediatamente tiro a la basura. Rarita.
Siempre quise ser crítica, así, a diestra y siniestra, pero en algún punto de la vida me di cuenta que para lograrlo efectivamente se necesita leer tantísimo que mis otros talentos (ya mencionados) quedarían para siempre relegados a segundos o vigésimocuartos lugares. Soy demasiado inquieta para eso y nunca desarrollé un hábito real de escritura así que un buen día dejé de intentarlo seriamente.
Pero no salió de mí la espinita. De vez en vez embarro mis ideas nada democráticas, sensibles o políticamente correctas en publicaciones aquí y allá; a veces ni me preguntan, nada más lo hago.
Cuando eso pasa, hasta me felicitan.
Tengo problemas con el reconocimiento ajeno por… ciertas cosas. O sea, no me molesta en lo más mínimo que digan “ah! esa es la ____ de su ____ que se cogió a ____” pero sí me pone nerviosa cuando me dicen cuánto les gusta lo que escribo, sin importar el tema. No entiendo si es sarcasmo, broma pesada o una manera de disfrazar un juicio del tipo “se nota que tienes un chingo de tiempo libre como para andar haciendo esas pendejadas”. No tomo bien el halago. Me confundo.
Creo que estoy tan acostumbrada a la desaprobación, al juicio malintenicionado y a la crítica destructiva que no manejo bien los laureles.
Finalmente, pienso que si escribo, discurro, transcurro o lo que sea que hago, sucede porque lo necesito. No tengo otro canal de desfogue tan directo y honesto. Me programaron con este chip.
Estos son los por qués nunca he buscado deliberadamente tener una “carrera”; me gustan los momentos en que mis palabras fluyen y se resbalan, como lubricante sabor kiwi. Me gustan los pequeños orgasmos gramaticales entre frases correctamente pausadas. Me prende la elocuencia como deporte, no como oficio.
Pero.
Antier, mi mejor amiga de la primaria reapareció gracias al Facebook, ese lugar extraño e inhóspito. Nada más 18 años de no saber nada la una de la otra. Those were the days.
En su primer mensaje dijo estar muy emocionada de haberme encontrado e hizo una pregunta: “Tú no estudiaste algo relacionado con letras… o cosas así?”
!!
No he contestado porque me sigo preguntando por qué pensaría eso ya que si bien mi información académica es fácil de consultar, no habría manera que ella lo hubiera hecho antes de enviar el mensaje; no la había dado de alta, ni tenemos amigos en común, nada.
Esa preguna prueba mínimo unos 20 años de vocación. Abrumador, eh?
He aquí un ejemplo:
Compré una novela llamada “De chica quería ser puta“; como imaginarán, el título me pareció prometedor. Esa tarde, a las 6, la autora estaría firmando libros en el stand de Colofón pero para las 2 yo ya había decidido que no valía la pena ni la fila para la firma ni tanto alboroto. A pesar de que se considere una… :
NOVELA SUMAMENTE DELICIOSA COMPUESTA POR FEMENINOS PERSONAJES QUE HABITAN EN UN AMPLIO Y VANGUARDISTA EDIFICIO ATAVIADO DE HISTORIAS MUY BIEN CONTADAS POR UN OJO CURIOSO…
Esa fue mi crítica. Pueden citarme.
En fin.
Creo que, haga lo que haga, no puedo aspirar más que a seguir escribiendo - cuando sea, de lo que sea- porque no PUEDO evitarlo, con el inmerecido premio de que alguien me lea porque no QUIERE evitarlo. Eso no está nada mal.
Gracias a aquéllos convencidos de que con mis talentos innatos yo podría ser, el día que quisiera:
- editoria de la ONU
- crítica de arte
- maestra de cátedra
- traductora simultánea
- periodista de temas escabrosos
- narradora / ensayista
… pero soy yo y como le digo a Lu, las influencias de la luna son muy fuertes… and I just don’t feel like it.





