Running up 7 November 2008
“C’mon, baby, c’mon darling,
Let me steal this moment from you now.
C’mon, angel, c’mon, c’mon, darling,
Let’s exchange the experience”
Una de las cosas que se aprenden según se adquiere experiencia (de todo tipo) es, precisamente, que la experiencia no se compra y es una de esas cosas que se tienen o no, punto.
Cuando tenía 19 años entré a trabajar a una empresa dedicada a medios, sistemas y cosas de web (entonces, en ciernes). Era la editora de una sección del portal corporativo por lo que entre mis actividades se incluía el estar en contacto con la gente de ingeniería de sistemas. El jefe de este departamento, RC, era un sueño hecho realidad. Nos conocimos un día en una junta, porque no trataba asuntos con él directamente, cuando nuestros mouses (¿?) chocaron; estábamos sentados codo con codo en una sala helada a la que llamábamos “la pecera”, sala que se caracterizaba por tener paredes de cristal. Esa tarde había unas 30 personas en esa junta que era más bien un asunto de lluvia de ideas donde, extrañamente, se me requirió.
RC tenía entonces 34 años y era un ejecutivo que pensaba en números, fórmulas y diagramas; de esos geeks consumados que lejos de su computadora se ven indefensos e impotentes. Pasaron las semanas y yo estaba completamente deprimida porque su oficina quedaba literalmente al otro lado del edificio. Cuando se me dieron órdenes de reportar no sé qué cosa al señor RC directamente me dio un vuelco el corazón; había que darlo de alta en el ICQ. !!!!! Ese mismo día en la tarde me presenté por ese medio, expliqué mi situación y que tenía que contestarte cualquier duda al respecto de X cuando él me dijo: “claro, la chica del mouse!”. Wow.
Como lo mío son las palabras (no shit) comenzamos a platicar cada día más y más; obviamente, fui sutilmente dirigiendo las conversaciones a mi antojo mismas que fueron poniéndose más personales hasta que un día:
RC 10:59 hola guapa, a que hora vas por el pan?? ![]()
MP 11:00 a la hora que me lo ordenes
En cuestión de meses ya todo rayaba en lo pornográfico. Yo, honestamente, ya ni trabajar podía de estar leyendo esas cosas.
RC 4:47 p.m. te empezaria a besar en la boca, moviendome hacia el cuello y llegando tus tetas. Las besaría y mordería… estarias ya humeda… te besaria con todas las ganas que te puedas imaginar
MP 4:51 p.m. y luego… me pones contra una pared?
(…)
MP 5:38 p.m. me masturbaría y no podrías tocarme
RC 5:38 p.m. eso me volveria loco
Pasábamos días enteros describiendo lo que nos haríamos mutuamente, en qué orden y con qué frecuencia. Fue entonces que comenzaron los encuentros por lugares random: “te veo en la copiadora”, “vamos a la cocina”, “en la bodega, ahora!”; ya era tantísima la tensión sexual que lo mínimo que podíamos hacer era escondernos por 10 minutos a besuquearnos y manosearnos con ugencia. Aquello era descomunal, imparable. El señor RC me desquiciaba de lujuria, yo quería saltarle encima y cogérmelo la eternidad completa… dudo que su esposa estuviera muy de acuerdo.
Nunca tuvimos sexo como yo hubiera querido; a lo mucho que llegamos fue a actuar mi fantasía de ser cogida en el estacionamiento, una que estuvimos ensayando y describiendo por messenger un par de semanas.
Una noche yo dije “ahora”, apagué mi computadora y caminé hacia la puerta principal. Él, cuya oficina quedaba mucho más cerca de la salida que la mía, estaba esperándome en las escaleras que llevaban al estacionamiento del sótano. Bajé el último escalón y sentí cómo me jaló violentamente; mi bolsa cayó al suelo. Comenzamos a besarnos como si no hubiera mañana. Recuerdo sus manos debajo de mi blusa, las mías en su espalda… que me colgué de su cuello y casi le arranco el saco. Esa escena propia de un apareamiento de reservación animal en África fue interrumpida por una luz que pareció más cercana de lo que era.
Creo que lo dejé tan tan caliente que tuve la culpa de que dos meses después me dijera que su esposa estaba embarazada y que “lo nuestro” debería terminar. Fue horrible. Sentí que todo perdía sentido: mis blusas escotadas, mi piercing en la lengua, todo lo conocido y por conocer.
Efectivamente, yo estaba ahí el día que anunció que era padre y su primogénito había llegado a este mundo.
Nunca lo olvidé. Desde entonces, tengo algo muy muy fuerte con los hombres mayores; simplemente me fascinan y la cosa se compensa cuando se dan cuenta que a pesar de la diferencia de edades tengo toda la experiencia que ellos desearían para sí mismos.
Les reitero una vez más que lo que leyeron arriba fue escrito hace once años por una niña de 19, a un hombre de 34.
Siempre se malentiende este punto. Cuando se sabe de un “hombre mayor” que anda por ahí haciendo cochinadas con una “jovencita” se le tacha de asaltacunas, viejo rabo verde, pervertidor de menores, lo peor de lo peor. Pocas veces se llega a la conclusión, usualmente atinada, que son las jovencitas las que los buscan, porque esa experiencia, ese aire de altanería y una madurez que se demuestra con trajes de diseñador, es la cosa más excitante de la tierra.
Para mí, 10, 14, 18 años no son nada y son todo al mismo tiempo. Son la posibilidad de algo pasajero o completamente perenne; aún guardo las conversaciones con RC para recordar cómo era aquella sensación volcánica de saber que él viene desde el otro lado del edificio con el único propósito de meter la mano en mi escote.
Esas son las cosas de la vida que te hacen desear estar del otro lado, y chupar cada recoveco en busca de experiencias que esos hombres emanan a través de sus corbatas y aire de autosuficiencia.
RC me necesitaba para que su experiencia tuviera sentido. Nunca pude decirle que le agradezco cada gota imaginaria de su saliva sobre mí y que éstas se tradujeron en palabras hoy convertidas en un blog en el que me mastrubo sin que nadie pueda tocarme.



