Archive for confundida

Shut it

Hold me don’t ever leave me
Ask me but don’t ever make me
Save me, don’t ever forsake me
Call me but don’t ever say my name.- 

Todos tuvimos 14 años. Entonces era socialmente aceptado enamorarse de alguien diferente cada 30 minutos, estar en la baba dibujando corazoncitos, creerse que ese niño de tercero y tú estarían juntos para siempre y preguntarse cómo se llamarían sus hijos una vez que los tuvieras cuando fueras grande… como a los 25 años. (!!!)
Lo mejor que podría suceder era que esa personita especial nos tomara de la mano. Era algo tan tan… trascendente.
… Y simple.

Entonces, en plena pubertad, nos dominaba el terror al rechazo así que intentabas que el ”niño” que te gustaba nunca se enterara. Escribías sobre él en tu diario, siempre bajo llave, y guardabas estricta discreción al respecto… excepto con tus amigas, que siempre sabían santo y seña de esos asuntos.

Un día fui directamente a preguntarle al “niño” que le gustaba a una amiga el por qué no le hacía caso; él contestó que la que le gustaba era yo. Esa no me la esperaba.

Hoy, muchos años después, la dinámica ha cambiado radicalmente… pero no del todo.
De entrada, nos gustan niños y niñas por igual, lo que suma dificultad. Ignoramos muchas cosas porque no queremos enterarnos, ni enfrentarnos a cuestionamientos como “… ¿y tú?”. No hay libretas ni corazoncitos, ni diario, ni amigas enteradas; todo es más complicado: las cosas comúnmente terminan en la cama, donde nos debatimos entre la fascinación y la decepción… a veces lidiamos con ambas. 

Existe el “low profile”, que significa callar frente a a tus mascotas, tu confesor y tu psiquiatra todo lo que sucede -y con quién- cuando nadie te está viendo. También somos capaces de fusionar todas las malas decisiones de la vida en una sola situación como podría ser enamorarse de un casado, enrollarse con el jefe o embarazarse del vecino, entre otras. 

Debemos comernos -tragarnos- nuestros deslices, vergüenzas, corazones rotos, nombres y apellidos, las promesas que no cumplimos, los por qués, cuándos, cómos y dóndes de nuestros días y noches.

Las consecuencias de llevar la contraria y no jugar según las reglas de los adultos contemporáneos pueden ser divorcios, peleas por patria potestad, demandas, escarnio, quiebra , humillación pública, muerte social, odio. 

Si hoy abriera la boca, tal vez…
Es complejo, mejor me callo. Quisiera pensar que guardo el secreto por lealtad a tu hermosa personita, y no porque me he convertido en una mentirosa patológica que actúa como si nada sucediera, muy a pesar de todo.

Nuestra disceción tiene un precio demasiado alto, me parece, porque seguimos sintiendo lo mismo que hace muchos años: maripositas que nos distraen durante horario productivo, nervios al marcar un número, desesperación si las llamadas no son respondidas con suficiente inmediatez, ganas de llorar con ciertas canciones ridículas, anticipación y emoción por el día de San Valentín… como niñas de secundaria besadas por primera vez.

Tú debes saberlo, le regalaste chocolates a la niña que le gustaba… y al resto de sus amigas, para no verte obvio.

Sería tan liberador simplemente decirlo sin temor a que suceda lo peor, el hechizo se rompa y la realidad nos aplaste. Decir tu nombre es algo que se ha vuelto casi imposible para mí; explicar el por qué es aún más difícil.

No, esto sigue siendo igual que en el 92. El mundo puede resumirse en el patio de una secundaria. Es nuestro miedo más recurrente; lo que a diario administra nuestras palabras.
Callamos. 

No decimos “te quiero” porque eso jamás asegura un “yo también”.

My world, our world, this world

El sábado invité a una amiga a llorar. Era uno de esos días en los que todo es tan patético que inclusive llorar sola quita puntos. Después de estar viendo al techo, literalmente, por un par de horas, preguntándome acerca de cualquier cantidad de cosas que tienen en común el estar fuera de mis posibilidades y entendimiento, rodé hasta mi mesa de noche y mandé un mensaje:

“Quieres venir a llorar?”, “Claro, caigo en 20″

Yo, buena anfitriona incluso para actividades como esa, tenía el refri lleno de nieve de chocolate, películas lacrimosas a la mano, palomitas con extra mantequilla, cerveza y muchos ceniceros.  ”Wow, eres pro”.
Es muy reconfortante contar con amigas dispuestas a llorar/verte llorar un fin de semana cualquiera; más si son de esas personas a quienes ni siquiera les tienes que explicar por qué y te escuchan quejarte del estado del mundo en micro y macro por igual.

Moqueamos y moqueamos hasta que la cerveza se acabó y el DVD se apagó por haber estado en pausa por más de una hora. Exorcizamos demonios varios y  nos contamos cosas que no le habíamos dicho a nadie. Tuvimos una catarsis directa y sin intervención psiquiátrica. Nos abrazamos mucho. No llegamos a concluir algo que no fuera “… carajo, nadie entiende nada”.

Las crisis de una treintañera son complejas y ricas en detalles; definitivamente aprendemos cómo hacernos la vida moño según vamos madurando.  En general, la mayoría versa acerca de los enigmas que mueven a la gente a nuestro alrededor; cómo es que….?!, por qué no…..?!, cuántas veces se tiene que….?!, WTF con …. !

“Cómo se atreve a descalificarme por ser quien soy, con lo muchísimo que me ha costado! ahora pretende que me arrepienta de todo y vaya en busca de purificación espiritual?!?!!? O sea, seré yo una perdida, pero tengo corazón!”, dije acongojada.
“… pero la fama de que no nos la hicimos nosotras solas, querida, por años y años…” me contestó.
Ay, que cubetazo de agua fría.
Ok, hay un punto, a buena hora me da por publicar que quiero que me abracen como a un osito de peluche cuando las últimas noticias que se emitieron tenían que ver con sadomasoquismo. En definitiva, elementos carentes de sentido. Me sentí nada más tantito responsable. Pero incoherente siempre he sido.

Como sea, según yo, las cosas no deberían ser así. Mi concepción de las personas que merecen ser consideradas como tales (obvio, son pocas) incluye la certeza de que están hechas de infinidad de capas, de niveles, de realidades, de deseos, de complejidades específicas. Me gustan los seres ricos en colores, que vibran en frecuencias improbables, retos vivos, las personas que se equivocan porque se atreven a hacer/pensar cosas que el resto de la población no. 

Esto, claro, en mi mundo. Y en el de ella, por lo menos, porque caímos en las mismas después de estar dándole vueltas a muchos asuntos por horas. Lloramos mucho y luego nos reímos de lo poco trascendente que son nuestras posturas porque, finalmente, hay que aguantarse las de los demás para no entrar en guerra perpetua con la humanidad. Ella le llama a ese fenómeno “comer mierda”. Por escatológico que eso suene, es bastante puntual.

Nos despedimos a las 2am del domingo. Ayer llegó un mensaje suyo a mi brand new Iphone*:

“Recién leí: “Ante una realidad extraordinaria, la conciencia toma el lugar de la imaginación”. Quizá estamos muy concientes de un mundo que sólo existe para nosotras y de cuando en cuando sale de nuestras cabezas. Eso explicaría por qué nadie más entiende”

Estuve desmembrando esas palabras todo el día; la imaginación, definitivamente, es otra protagonista de nuestras certezas que no lo son tanto. Creo que ni siquiera merecerían el nombre de certezas cuando son, obvio, así de inasibles y poco populares. 

En la noche, vi XMen2 por… decimotercera vez. Por más light que quise ponerme, no dejé de pensar en lo mismo. Tuve una revelación; como siempre, me identifico con los mutantes. Envié un mensaje en respuesta a aquel:

“No entienden pero además nos temen porque intuyen que somos diferentes y más fuertes. Está en nosotros probarles qué tanto. Love u”

Más vale que este mundo y sus conceptos estén preparados para nuestra embestida.
Charles Xavier** lo dice: “We’re here to stay. The next move is yours”.
 

*Mi Iphone existe casi por accidente. Estamos conociéndonos apenas.
Aún no nos tenemos plena confianza.
** Sí, estoy citando el script de XMen2. Este blog ha llegado a su alltimelow.

Leave in silence (monólogo)

“You do not let someone else dictate your happiness”.-

Estoy triste; estos días me he dado cuenta que nuestras relaciones interpersonales penden de un hilo muy muy delgado que parece estarse rompiendo. 

El patrón es muy clásico, en orden de sucesión:

  1. mal entendido en persona o medios electrónicos
  2. mensajitos sms sin respuesta
  3. llamadas que van a buzón directamente
  4. silencio en msn
  5. bloqueo en msn
  6. emails sin respuesta
  7. bloqueo en facebook y otras redes sociales
  8. destrucción/desaparición de material gráfico y musical en común
  9. the end

En nuestros tiempos, cuando estamos más conectados que nunca, es cosa sencilla declarar una ley del hielo; las tecnologías contemporáneas comunican efectivamente las intenciones de ignorar y no dirigir la palabra precisamente al no comunicar nada. Obvio.

Dicen que hay ciertos “bloqueos para bien” y que es necesario algunas veces darse espacio interpersonal para llevar la fiesta en paz pero… qué tipo de amigo hace eso? Qué tipo dice “necesito tiempo”?
Qué tipo simplemente desaparece y se diluye con facilidad espeluznante sin siquiera decir nada!?
Cuántas veces tendría que intentar encontrarte para darme por vencida y enterada de que no quieres ser encontrado?

Lo peor es que, cómo te explico, ya no recuerdo si quería disculparme o… gritarte otro poco; ha pasado mucho tiempo. Tampoco sé si te interese mi excusa número mil millones en cuanto al mismo asunto o que siquiera tu amistad tenga un peso tan importante en mi vida. Sé que te perdí, sé que apesta, no tengo más datos. También registré que la última vez que me contestaste dijsite que estabas ocupado y llamarías después. Vaya evasiva barata.

Luego viene la zozobra. Estarás bien? Tendrás suficientes yogurts en el refri? saldrás con alguien? Dormirás mejor? Habrás arreglado esa puerta del patio que rechinaba tantísimo? Toda ésta se complica en fechas importantes porque, deberé llamarte en navidad? fin de año? tu cumpleaños? el día internacional del pay de manzana? 

Es triste porque te recuerdo cuando voy al súper (tu cereal favorito!), cuando me peino y veo mis aretes (tú tienes el dije del collar colgado en tu mochila), cuando escucho a tu banda favorita con la música que TÚ copiaste a mi Ipod… triste, porque me gusta y no he sido capaz de borrarla .

Será hora del siguiente paso? Borrón y cuenta nueva? Ya quité todas las fotos del Facebook donde te estoy dando besos interminables, parece que no te interesa saber/enterarte de cuánto te quiero y me duele que hayas decidido, unilateralmente, dejarme de hablar. Por gente como tú es que mi status jamás saldrá del “it’s complicated”. Sí, me equivoqué, merezco una segunda oportunidad pero no voy a suplicar por ella. No soy Satanás, gosh! Me extralimité y te di por sentado. La gente hace eso super seguido…

Ahora, qué nos hace falta para enfrascarnos en una verdadera y honesta confrontación de esas old fashion que no tienen que ver con webcams o teclados? En un café o terreno neutral cualquiera? Una tarde, completamente sobrios?
*sigh*  

Somos los peores seres humanos de la tierra, tú, yo; incapaces de manejar nuestras emociones en grados más complejos que los secundariles, negados a reconocer que un abrazo podría solucionar todo, aburridos en nuestras propias (imaginarias, de segunda) telarañas mentales, convulsos, inconexos. Tú y yo somos una partícula volátil, un gas raro esperando explotar.

Maduremos, si es eso acaso posible. Te bloqueo pero tú no; te hablo pero no contestas, te digo que borré tu teléfono de mi celular y pareces contrariado, envías mail pero luego nunca respondes si lo contesto, dices muchas cosas pero no a mí, visceversa, bleh. Todo se resume en que no puedes enfrentar que me interese porque desearías que todo se borrara tan súbitamente como empezó. Deseas tanto que me calle que lograste hacerme hablar conmigo misma: monologo lejos de tu oídos.

Newsflash: hay un precio a pagar en esto de las relaciones interpersonales. Éste es el nuestro. Reacciono, oficialmente, como niña a la que le jalaste el pelo para llamar su atención y una vez que la tuviste, no supiste qué hacer con ella: te saco la lengua.

6:03 p.m.: romperé tus crayolas.
6:04 p.m.: te pellizco.
6:04 p.m.: yo te pateo la mochila!
6:04 p.m.: te voy a embarrar un moco

Tú dices qué sigue.

P Van Winkle

No se puede todo en esta vida y por eso siempre hay una pastilla que ayuda. O un gel.

Estos días de extrañas circunstancias interestelares, sociales, personales, económicas y… de temporada, las cosas están muy confusas. 
Tengo casi una semana sin mis pastillas de la felicidad porque no las he encontrado, lo que me recuerda que alguna vez leí que Navidad es la época en la que hay más depresión y suicidios del todo el año. Bueno, el mundo se preparó bien ya que no he sido capaz de conseguir UNA SOLA happy pill de las que necesito.

En la farmacia había unas pero del doble miligramaje necesario. Mis opciones eran salir sin ellas o comprarlas con el firme compromiso de partirlas a la mitad antes de deglutirlas pero, seamos realistas, no lo iba a hacer y a pesar de que no causen sobredosis, no veo la necesidad de doble felicidad; con la que me toca es suficiente.

Pues ni esa he tenido.

Y sí que la necesito.

El viernes bailaba… y me quedé dormida unos segundos, ahí mismo, a mitad de la pista, como conejo sin Energizer. Ni siquiera había tomado alcohol y tenía media hora de haber llegado al antro cuando sentí que me chupaban toda energía vital como si de exposición a Kryptonita se tratara.

Intenté reponerme sin éxito y no quise llegar a tener que lavarme la cara para poder mantenerme despierta. Me despedí y salí de ahí tan rápido como pude con dirección a mi cama. Apuré el paso debajo de aquella luna de enormísimas proporciones y… me quedé dormida mientras caminaba, por algunos segundos, un par de veces.

Recuerdo haber entrado a la casa sin abrir los ojos, caminando a tientas, medio desnudándome en pasillo… y que no los volví a abrir hasta el día siguiente.

El sábado me despertaron temprano y ya no pude volver a conciliar el sueño. Ese marasmo asesino se apoderó de mí el resto del día en el que estuve haciendo quehacer y… dormitando como viejita cada que me recargaba en algún mueble, o me sentaba en la cama.

Por la noche se organizó una cena en la casa en la cual estaba de lo más feliz y tranquila hasta que, claro me entró ese sueño paralizante. Conociendo las circunstancias, me levanté, me dirigí a mi cama y no regresé de nuevo a la sala, ni para despedirme. Abrí los ojos a las 11 de la mañana del domingo.

Ese día también me entró el sueño frente a la tele a mitad de un capítulo de Weeds. Creo que lo terminé y me fui a acostar pero no recuerdo de qué se trató… ni el anterior a ése.

Tampoco recuedo qué sueño o los últimos minutos de mis noches, simplemente me muero.

Como verán, me la he pasado dormida por muchos días ya, walking dead, lo que indica algo más grave que las consecuencias de la falta de happy pills. 
Tampoco me gusta ver cómo reaccionan mi cuerpo y mi mente a la falta del medicamento así que quiero echarle la culpa a otra cosa… pero no puedo.

Finalmente me pone triste que todas las endorfinas que libero producto de baile, sexo y actividades moralmente cuestionables sean insuficientes para combatir la tendencia irremediable que tiene mi cerebro de apagarse a sí mismo.

Sé que lo está haciendo. Puedo sentir cómo se me han apagado (fundido?) por completo las zonas responsables de sentimientos de culpa, decencia y temor a las consecuencias. No sé cómo mi cerebro ha logrado masterizar el arte de deprimirse a sí mismo mientras yo no pierdo ningún rasgo de hipomanía… incluidas esas cosas de risky sexual activity.

Todo es confuso porque también leí que los antidepresivos se asocian al incremento estados maniacos y que algunas veces funcionan mejor los placebos. Placebos. Que fuerte. Eso no tiene sentido.
También resultó que los estudios muestran que no se gana mucho agregándole un estabilizador de ánimo al coctel para evitar depresión.

Lo más confuso dentro de todo es saber qué pasa pero no poder evitarlo. He sido bipolar por muchos años pero no ha servido de mucho, mi cuerpo me sorprende con alguna nueva tontera cada que algo le afecta a mi cerebro (de quien tampoco sabemos mucho). Confuso lo es todo todo el tiempo. No puedo confiar en mis decisiones porque no sé si mis juicios son correctos o todo está, literalmente, en mi imaginación. No, tampoco me pongo paranoica ni dejo de funcionar en sociedad pero… me confundo mucho. Nunca parezco ser suficientemente fuerte para luchar contra las circunstancias.

Tal vez el único que entiende lo peligroso del asunto es mi cerebro y trata de detener o minimizar los daños colaterales cortando toda comunicación con el mundo.

Él quiere que duerma, deje de preguntarme cosas y me concentre en sobrevivir otra Navidad, salga de ella sin -más- recuerdos traumáticos y despierte en primavera, como en los cuentos: en el momento en el que una mariposa se pose sobre mi nariz.

Hasta entonces.