Shut it 10 February 2009
Hold me don’t ever leave me
Ask me but don’t ever make me
Save me, don’t ever forsake me
Call me but don’t ever say my name.-
Todos tuvimos 14 años. Entonces era socialmente aceptado enamorarse de alguien diferente cada 30 minutos, estar en la baba dibujando corazoncitos, creerse que ese niño de tercero y tú estarían juntos para siempre y preguntarse cómo se llamarían sus hijos una vez que los tuvieras cuando fueras grande… como a los 25 años. (!!!)
Lo mejor que podría suceder era que esa personita especial nos tomara de la mano. Era algo tan tan… trascendente.
… Y simple.
Entonces, en plena pubertad, nos dominaba el terror al rechazo así que intentabas que el ”niño” que te gustaba nunca se enterara. Escribías sobre él en tu diario, siempre bajo llave, y guardabas estricta discreción al respecto… excepto con tus amigas, que siempre sabían santo y seña de esos asuntos.
Un día fui directamente a preguntarle al “niño” que le gustaba a una amiga el por qué no le hacía caso; él contestó que la que le gustaba era yo. Esa no me la esperaba.
Hoy, muchos años después, la dinámica ha cambiado radicalmente… pero no del todo.
De entrada, nos gustan niños y niñas por igual, lo que suma dificultad. Ignoramos muchas cosas porque no queremos enterarnos, ni enfrentarnos a cuestionamientos como “… ¿y tú?”. No hay libretas ni corazoncitos, ni diario, ni amigas enteradas; todo es más complicado: las cosas comúnmente terminan en la cama, donde nos debatimos entre la fascinación y la decepción… a veces lidiamos con ambas.
Existe el “low profile”, que significa callar frente a a tus mascotas, tu confesor y tu psiquiatra todo lo que sucede -y con quién- cuando nadie te está viendo. También somos capaces de fusionar todas las malas decisiones de la vida en una sola situación como podría ser enamorarse de un casado, enrollarse con el jefe o embarazarse del vecino, entre otras.
Debemos comernos -tragarnos- nuestros deslices, vergüenzas, corazones rotos, nombres y apellidos, las promesas que no cumplimos, los por qués, cuándos, cómos y dóndes de nuestros días y noches.
Las consecuencias de llevar la contraria y no jugar según las reglas de los adultos contemporáneos pueden ser divorcios, peleas por patria potestad, demandas, escarnio, quiebra , humillación pública, muerte social, odio.
Si hoy abriera la boca, tal vez…
Es complejo, mejor me callo. Quisiera pensar que guardo el secreto por lealtad a tu hermosa personita, y no porque me he convertido en una mentirosa patológica que actúa como si nada sucediera, muy a pesar de todo.
Nuestra disceción tiene un precio demasiado alto, me parece, porque seguimos sintiendo lo mismo que hace muchos años: maripositas que nos distraen durante horario productivo, nervios al marcar un número, desesperación si las llamadas no son respondidas con suficiente inmediatez, ganas de llorar con ciertas canciones ridículas, anticipación y emoción por el día de San Valentín… como niñas de secundaria besadas por primera vez.
Tú debes saberlo, le regalaste chocolates a la niña que le gustaba… y al resto de sus amigas, para no verte obvio.
Sería tan liberador simplemente decirlo sin temor a que suceda lo peor, el hechizo se rompa y la realidad nos aplaste. Decir tu nombre es algo que se ha vuelto casi imposible para mí; explicar el por qué es aún más difícil.
No, esto sigue siendo igual que en el 92. El mundo puede resumirse en el patio de una secundaria. Es nuestro miedo más recurrente; lo que a diario administra nuestras palabras.
Callamos.
No decimos “te quiero” porque eso jamás asegura un “yo también”.



