Archive for confesional

Sin palabras

Es confuso el no poder definir algo, algo a alguien en específico o a cualquiera, sin distinción. Parte del ejercicio de este blog, que no se concentra esencialmente en el tema de cuán fabulosa soy, es mostrar que soy bastante más normal de lo que podría pensarse en el sentido estricto.

Tal vez algo más desinhibida, algo mucho menos preocupada por las cuestiones morales o lo que es socialmente bien visto, pero al final del día sigo compartiendo mi vida con seres que si bien ustedes conocen por una letra, son tan reales y literales como tú.

Yo soy la que deliberadamente hago relevantes sus problemas, sus fetiches, y nuestras particularidades que se pensaría que no salen de la intimidad de nuestras conversaciones pero acaban eventualmente filtrándose al blog. Eso no es esencialmente malo, es solo parcial.

Suelo dejar fuera muchísimas cosas que son relevantes y enriquecedoras acerca de ellos. La que más me preocupa es B, pero lamento mucho que no sé por dónde empezar a aclararla, a dar más luz acerca de ella, a quien ustedes solo conocen por lo que yo les platico.

Hoy me parece más o menos urgente contarles algunos detalles.

Para asir a B suelo olvidar convenientemente lo inmensamente rica que es su vida; no puedo pensar en B y al mismo tiempo concebirla como hija, hermana, profesional, artista, Acuario y sibarita además de mi amiga, mi amante y mi pareja.

Es mucho más sencillo congelarla en un instante, en una de sus sonrisas, en su cabello revuelto en la almohada o en sus gruñidos por la mañana para sentirme con la suficiente autoridad para emitir un juicio.

No puedo pensar en B la persona B, en la que me habla en inglés, italiano y francés, en que su nombre sale en el periódico con cierta regularidad y que siempre tiene una línea de Jung que explica algún por qué de nuestra vida.

Es mucho más sencillo pensar en la B que me dice “te quiero” por las noches, que me consuela si me duelo, que siempre se ofrece a “pasar por algo” antes de llegar a la casa.

No puedo pensar en B la que adora el flamenco, la que detesta manejar, la que siempre está dispuesta a desvelarse, la que posee todas las películas existentes de sus directores favoritos en más de una versión.

Es mucho más sencillo pensar en la B que me abraza y me dice “suavecita”, la que me inspira y me cimbra, en la que se come todo lo que cocino y dice que mi comida española sabe mejor que la que probó en España, hecha por españoles.

No puedo pensar en B y su carrera, en sus obras, sus bocetos y sus modelos inexistentes; no puedo pensar en sus justificaciones ontológicas, sus conocimientos astrológicos y las citas textuales que tanto delimitan como expanden su entero pensamiento.

Prefiero pensar en la B que adora el helado de Vainilla de 1905, quien enciende velas cada que nos sentamos a la mesa, incluso a desayunar; en la B a quien le dedico los libros más importantes de mi librero.

Pero eso no es justo.

No lo es porque cuando trato decírselo me quedo sin palabras.

Mi urgencia de intentarlo viene al caso porque se fue de vacaciones y por 4 días no tuve ningún contacto con ella. En ese tiempo me pasaron muchas cosas y ninguna a la vez porque cuando traté de darles un hilo, no estuvo para ser mi remitente.

Entonces la comencé a extrañar; y lo hice en tantas diferentes circunstancias y momentos que aunque suela no pensar en ella en toda su dimensión de individuo, supe lo que se siente extrañarla como tal y lo que es echar de menos todas y cada una de esas muchísimas B.

Así, en completa completud y en su infinita infinitud.

Ayer que regresó intenté decírselo sin mucho éxito; podrán imaginar que soy más efectiva enfrentando a la hoja en blanco. Dije muchas veces “amor…” y a su “qué?” no contesté nada porque no supe cómo empezar.

Mi cuerpo se encargó de hacérselo saber usando la mejor y más literal versión del “lenguaje no verbal” que se conoce y se pegó al suyo por horas respondiendo a la desesperación de toda mi persona. Su cuerpo se cimbró violentamente sobre la cama en consecuencia, también por horas.

“Qué me hiciste?!”, preguntó sin esperar que contestara.
Obviedades.

No sé qué tan claro le haya quedado lo que la comunicación tácita quiso decirle, pero a mí no me parece suficiente y si puedo hacer algo para arreglarlo, quisiera intentarlo.

B:
Estos días sin ti fueron difíciles. Me di cuenta que no te digo muy seguido lo mucho que te admiro. También supe por qué, desde Canadá hasta Argentina, dicen que estoy enamorada de ti.
Te extrañé.

(me sigo quedando muy corta)

Secret Wish

And in the sea there is a fish,
A fish that has a secret wish,
A wish to be a big cactus
With a pink flower on it.-
Antsy pants Tree Hugger

Confieso que a pesar de que me encantan las situaciones de amor-odio, a quién no, hay una en especial que nunca he disfrutado: la que tengo con mi cuerpo. No es que lo odie directa y obviamente, sino que me frustra mucho que sea incapaz de ser útil para mis fines, ni vaya de acuerdo a mi ritmo de vida.

Cuando nací, y sin ningún referente, me pusieron el nombre de una reina de belleza; eso demuestra que mi madre (mi padre no participó de esto) tenía muchas expectativas puestas en su servidora. Nunca me ha dicho nada pero sé que está calladamente resignada a que yo no haya crecido para ser modelo, mínimo. Cuando cumplí 14 años me confesó que el día que le dijeron que yo sería una niña ella escogió de entre su ropa sus cosas favoritas y las puso en una caja con la idea de algún día dármelas como herencia simbólica.

Aquella ropa era hermosa; recuerdo específicamente una pantiblusa sin espalda, de cuello halter tejida color lila que, claro, me quedaba chica. Lo que mi madre nunca vislumbró fue que para entonces yo ya era una consumada jugadora de basketball y medía 1.65 mts.
Lamentablemente heredé el cuerpo de la familia de mi padre.

De los 12 a los 17 acumulé tantas lesiones deportivas que me enfrenté al desgaste, a luxaciones, a fisuras y hematomas. En uno de esos malos golpes se determinó que mi rodilla derecha estaba por siempre dañada y mal acomodada y que yo no podía seguir jugando; mis muñecas ya vivían inflamadas y para cuando se consideró cirugía me obligaron a retirarme.

Poco después comencé a sufrir dolores de espalda incapacitantes para los que me recetaban unas pastillas tan fuertes que también son usadas para casos de artritis crónica; me encontraron problemas de columna vertebral incorregibles, inoperables y muy severos. Me mandaron hacer una base e importaron un colchón de no sé dónde para asegurarse que pudiera dormir; sé que si subo de peso corro peligro de dañarme permanentemente al punto de perder la sensibilidad en las piernas. Mi ortopedista profetizó que si acaso me embarazo, tendría que pasar aproximadamente 6 meses en cama para evitar lesiones; también dijo que debería considerar una reducción de busto.

Con antecedentes familiares directos de Diabetes y Cáncer, debo estar bajo observación de todo tipo, todo el tiempo.

En el mundo ideal, debería vivir a dieta permanente, no hacer esfuerzos ni ejercicios que implicaran impacto y hacerme resonancias y mamografías cada dos semanas.

No sé qué piensen ustedes, pero eso no me parece vida.

Odio mi cuerpo porque es muy delicado, no tiene la estructura para sostenerse a sí mismo, es una bomba de tiempo y está vivo de milagro. Ha probado ser bastante inútil para mis fines como bailarina y deportista, además de que está mal programado en general.
Últimamente, para colmo, ha comenzado a mostrar signos inequívocos de edad, cansancio, agotamiento y fallas sorpresivas.

Yo no he terminado de vivir y este cuerpo parece estarse dando por vencido a pesar de mis intentos por hacerle ver que debe ponerse al tiro, que hay muchas cosas aún por experimentar.

Estoy cansada de cuidarlo como a un niño chiquito, de escucharlo rechinar y tronar, de verlo decaer lenta pero seguramente.

Quiero un cuerpo que sea capaz de correr un maratón, de bailar por 6 horas seguidas, de andar en tacones diariamente, de soportar sacudidas y ventarrones.

En este momento lo cambiaría y me olvidaría de su existencia pero lo veo mutar y lo que sucede cuando posas tus ojos sobre él, y tus brazos alrededor de esta cintura y la aprietas tantito; me dices al oído “mamita” y me besas por horas.

Insisto en que deberías tener a una novia super buena y bien construida y contestas que eso no te importa. Si me saludas por la mañana y dices “amanecí con ganas de cogerte”… me haces reconsiderar.

Si éste es el cuerpo que extrañas en tu cama, que cubres de besos y te hace feliz no sé por qué tendría que odiarlo si es que no sirve para el Grand Slam o un torneo internacional de Karate.

Tal vez los fines últimos de este cuerpo no tienen que ver con las Olimpiadas o el WNBA All Star Game y todo es más sencillo: ser una mujer sin medallas y en perpetua talla de dos dígitos… quien parece que a tus ojos es merecedora de las coronas de muchas reinas de belleza.

¿Sabes? Por estas nuevas perspectivas y más, mi cuerpo te lo agradece.

Patologías y metodologías

need uLa gran hazaña del autoconocimiento no es para todos y debe ser considerada un deporte de alto riesgo; la plebe suele preferir las etiquetas como emo, indígena, lesbiana o cualquier otra igual de englobadora que ofrezca una red de protección basada la pertenencia a un grupo o, con otras palabras, a ser una borrega más en el rebaño -usualmente horrible, poco educado y desorganizado- del señor. En algunas esferas eso parece ser la meta de los derechos humanos contemporáneos y toda la idea de “el valor de las diferencias y diversidades”. Yo opino que blah.

Pero, entre esas borregas brillan ciertas mentes que destacan por su rebeldía contra esas y otras convenciones sociales, morales y políticamente correctas; con una visión de los eventos de acuerdo a la memoria histórica, que manejan profundidades emocionales importantes, que distan mucho de ser caricaturas porque su tercera dimensión es demasiado inquebrantable, que se alimentan de la diversidad que sí vale la pena, no la celebran por default y pueden catalogar las expresiones individuales muy atinadamente.

B es así. Sé que yo no; después de ciertos ejercicios de introspección al respecto, los resultados no apuntan para allá.

Esta semana he estado pensando al respecto de la integridad psicofísica individual, las relaciones humanas y sus contraejemplos; tengo algunas conclusiones.

Es difícil y exige trabajo diario el intentar compartir la vida con alguien que posee una tan acotada y teóricamente reforzada con citas textuales que varían del psicoanálisis hasta la alquimia. A mí me parece más complicado porque mi historia de situaciones similares siempre fue radicalmente diferente.

Mi patrón, aprendido y puesto en práctica, es el de proveedora, protectora, pilar de seguridad y estabilidad, desde financiera hasta emocional. Encuentro siempre la oportunidad de flaqueza del otro para llegar cargada de mi comprensión, el hombro en el cual se puede llorar y una casa que está siempre abierta para el desamparado y necesitado.
Eso, de alguna manera bizarra, me hace feliz.

Me atraen las personas aparentemente frágiles, perdidas, emocionalmente conflictuadas, con pedos mayúsculos y antecedentes como drogas, violaciones, abusos varios. Son como una veta incesante de ejercicios para aplicar mis tácticas de alivio, mejora, superación y sí, hasta eso del “amor lo puede todo”, máxima que me tuvo al lado de alguien 3 años. Eso, más que naïve, es patológico.

Todo porque soy difícil de quebrar, porque siempre “puedes contar conmigo”, porque si te está sucediendo yo ya lo viví y puedo guiarte hacia la salida, porque todo lo mío es tuyo, etc.

En esa frase, creo, caben mis últimas 4 relaciones de pareja: cada persona tenía algo que arreglar, un lío del cual salir, un problema que lo consumía y yo era clave para el éxito, el ingrediente X, una red salvadora si decidían saltar al vacío.

Me conozco, me reconforta sentirme necesitada, funciono mejor si identifico cierta dependencia y el nicho en el cual debo estar o “todo se va al carajo”; claro, eso es muy muy enfermizo.

-… por eso te la pasas recogiendo gente, porque los crees perritos callejeros perdidos, dice B y yo no puedo argumentar lo contrario, hay muchas pruebas de esa afirmación.
-… pero yo no soy un perrito, concluye.

De más está decir que con B esas cosas no funcionan. Ella no solo no me necesita, sino que está enseñándome a moderar frases como “déjamelo a mí” o “yo lo pago”, mismas que la ofenden grandemente.
B no es ningún proyecto de salvamento en el que me meto por ocio; la trascendencia de compartir la vida con ella es emprender una reeducación que, reconozco, me está costando algo de trabajo: hay que ser más inteligente y no decir “te quiero” con tarjetas de crédito adicionales y regalos caros.

Ese horrendo vicio es la interpretación literal de toda mi crianza y la sumatoria de la relación que tuve con mi padre mientras ésta existió. Triste.

B me deja sin palabras; cimbra mi mente y cuerpo muy violentamente y, al mismo tiempo, me da una paz tan reconfortante que me hace pensar que esta vez no hay nada ni nadie a quien salvar y que las cosas pueden fluir en otras direcciones.

Estoy acostumbrándome a respetarla, admirarla, apreciarla y quererla por ser el complejo ser humano que es. A disfrutar -y agradecer!, dice- el hecho de que no tenga que sacarla de problemas en los que se mete -porque tampoco es perfecta- de los que ella sabe cómo salir, de enriquecerme con sus puntos de vista, de tenerla al lado, tomando mi mano, y no debajo de mis alas, siguiendo mis instrucciones.

La introspección me ha llevado a que sí, esa parece ser mi patología pero me encuentro un poco confundida: ¿cómo compartir la vida con alguien que parece tenerla toda tan bien estructurada?

Mezclar las cosas en el mismo clóset no parece ser la opción pero quisiera, a través de todo este rollo con tono de soliloquio, intentar definir lo que me hace sentir tan ansiosa e inquieta en este sentido.

Es posible que esta vez yo sea la que está siendo rescatada; empiezo a convencerme que yo la necesito muchísimo más que ella a mí.

Ya lo decía Homero Simpson:

Marge! Ya sé qué puedo ofrecerte que ningún otro hombre puede: ¡total y completa dependencia!

Para algunos esa es la manera en la que saben querer/ser queridos.

No quisiera que fuera la mía.

Like a pill

kiss.jpgHay tanto en mi cabeza estos días. Como les comenté antes, mis múltiples actividades demandan mucha concentración y merman mi salud mental; también me tienen deseando fervientemente ser omnipresente y, claro, eternamente insomne.
Pero también aprendí que eso no tiene nada de chistoso.

El pasado viernes vi a mi hermano, la J menor. Esos encuentros suelen tener consecuencias casi siempre porque llegamos muy fácilmente al momento lacrimoso, al pornográfico, al tono confesional. No puede ser de otra forma; tenemos 10 años viviendo en casas diferentes y lo único que nos une es nuestros traumas y formación, o deformación, como algunos pensarían.

“B no entiende cómo no acabamos en la cárcel o de taqueros en una esquina”, le comentaba, pensamiento que salió de una conversación de fin de semana en cuanto a lo que fue nuestra educación formal. “Ya, si vemos los eventos al pie de la letra, debí haber embarazado a alguien en la secundaria…”, dijo J.

J y yo nos parecemos mucho y cada segundo que pasa es más que obvio que somos las consecuencias de innumerables errores y carencias; aún así, somos anomalías en la ecuación, porque de ser problemáticos, viciosos, pandilleros, reprobadores, violentos y corridos de todas las primarias de la zona postal, acabamos carreras profesionales y no somos unas lacras sociales sin remedio.
Eso me gusta pensar.

También tenemos opiniones acerca de la familia, el matrimonio, la reproducción y el sexo muy similares. Él, a sus 27 años, hace toda la propaganda que puede por la legalización y divulgación de la vasectomía voluntaria y las esterilizaciones en masa; tampoco cree en la familia como la unidad mínima de compañía y es declaradamente polígamo. Tanto así que una vez mi madre pronunció la muy famosa frase: “¿Qué tendrán mis hijos que los persiguen las mujeres?”; sí, también se refería a mí.

Me contó historias divertidas: que tiene una amante de 34 años, que anda con una enfermera del San José, que la novia casi lo cacha en una movida que envolvía a una amiga de ELLA, cosas así. La promiscuidad en nuestra familia parece ser hereditaria o, mínimo, literalmente aprendida.

Me dijo que no puede dormir, que pasa hasta 48 horas en vela porque simplemente NO le da sueño y que lo ha probado todo: cansancio físico y mental, música relajante, reiki, aromaterapia, tés… Valium, Rivotril y Diazepam. La noche en la que chocó su camioneta, hace 4 meses, se había tomado 4 Valium y 8 cervezas “… eran como las 3 am y me salí pero no debí hacerlo, mínimo apendejado sí estaba pero no tenía sueño”.

Yo no soy nadie para reprenderlo, mi situación en circunstancias similares era bastante más severa y a él, quien se echó la culpa de una de mis estupideces más aparatosas, le debo nunca haber pasado una noche completa en los separos del Ministerio Público. Para eso es la familia.

Ante mi pregunta de cómo consigue tanta pastilla (que requieren receta de psiquiatra para ser surtidas) se rió mucho y me contó la historia de Dulce, la doctora a la que se coge en pleno consultorio, entre pacientes.
Ajá, cambia medicamentos de prescripción por sexo. Ese es mi hermano.

“De hecho, ya se me acabaron y le llamé para que me resurtiera…”, me cuenta entre carcajadas, “y la cabrona me dijo que ELLA necesitaba también una resurtida… pero se ofendió cuando le recordé que en la caja dice que las pastillas cuestan 150 pesos y que mis servicios son bastante más caros”.
Exceso de sinceridad.

Estábamos juntos ese día porque le puse el estéreo a mi carro nuevo; la cajuela está ahora medio inutilizada por los dos bajos extras que residen ahí, pero el sonido es incomparablemente hermoso. Checamos medios, bajos y agudos con una canción de 50 Cent antes de abandonar el establecimiento donde lo instalaron ante la mirada incrédula de los técnicos, quienes erróneamente infirieron que de mi ipod rosa iba a salir exclusivamente música de Belinda, o similares pero no, hicimos temblar a toda la cuadra con las maldiciones derivadas del hip hop contemporáneo. Fui feliz.

Entonces, J me abrazó emocionado por mi nueva y frugal adquisición y dijo “a webo! ésta es mi hermana!”

Somos una bonita familia. Sí, de tales palos tales estacas afiladas.

Pero no se preocupe, somos la última generación y dejaremos la tierra tan perversa como la encontramos, je.