Sin palabras 22 April 2008
Es confuso el no poder definir algo, algo a alguien en específico o a cualquiera, sin distinción. Parte del ejercicio de este blog, que no se concentra esencialmente en el tema de cuán fabulosa soy, es mostrar que soy bastante más normal de lo que podría pensarse en el sentido estricto.
Tal vez algo más desinhibida, algo mucho menos preocupada por las cuestiones morales o lo que es socialmente bien visto, pero al final del día sigo compartiendo mi vida con seres que si bien ustedes conocen por una letra, son tan reales y literales como tú.
Yo soy la que deliberadamente hago relevantes sus problemas, sus fetiches, y nuestras particularidades que se pensaría que no salen de la intimidad de nuestras conversaciones pero acaban eventualmente filtrándose al blog. Eso no es esencialmente malo, es solo parcial.
Suelo dejar fuera muchísimas cosas que son relevantes y enriquecedoras acerca de ellos. La que más me preocupa es B, pero lamento mucho que no sé por dónde empezar a aclararla, a dar más luz acerca de ella, a quien ustedes solo conocen por lo que yo les platico.
Hoy me parece más o menos urgente contarles algunos detalles.
Para asir a B suelo olvidar convenientemente lo inmensamente rica que es su vida; no puedo pensar en B y al mismo tiempo concebirla como hija, hermana, profesional, artista, Acuario y sibarita además de mi amiga, mi amante y mi pareja.
Es mucho más sencillo congelarla en un instante, en una de sus sonrisas, en su cabello revuelto en la almohada o en sus gruñidos por la mañana para sentirme con la suficiente autoridad para emitir un juicio.
No puedo pensar en B la persona B, en la que me habla en inglés, italiano y francés, en que su nombre sale en el periódico con cierta regularidad y que siempre tiene una línea de Jung que explica algún por qué de nuestra vida.
Es mucho más sencillo pensar en la B que me dice “te quiero” por las noches, que me consuela si me duelo, que siempre se ofrece a “pasar por algo” antes de llegar a la casa.
No puedo pensar en B la que adora el flamenco, la que detesta manejar, la que siempre está dispuesta a desvelarse, la que posee todas las películas existentes de sus directores favoritos en más de una versión.
Es mucho más sencillo pensar en la B que me abraza y me dice “suavecita”, la que me inspira y me cimbra, en la que se come todo lo que cocino y dice que mi comida española sabe mejor que la que probó en España, hecha por españoles.
No puedo pensar en B y su carrera, en sus obras, sus bocetos y sus modelos inexistentes; no puedo pensar en sus justificaciones ontológicas, sus conocimientos astrológicos y las citas textuales que tanto delimitan como expanden su entero pensamiento.
Prefiero pensar en la B que adora el helado de Vainilla de 1905, quien enciende velas cada que nos sentamos a la mesa, incluso a desayunar; en la B a quien le dedico los libros más importantes de mi librero.
Pero eso no es justo.
No lo es porque cuando trato decírselo me quedo sin palabras.
Mi urgencia de intentarlo viene al caso porque se fue de vacaciones y por 4 días no tuve ningún contacto con ella. En ese tiempo me pasaron muchas cosas y ninguna a la vez porque cuando traté de darles un hilo, no estuvo para ser mi remitente.
Entonces la comencé a extrañar; y lo hice en tantas diferentes circunstancias y momentos que aunque suela no pensar en ella en toda su dimensión de individuo, supe lo que se siente extrañarla como tal y lo que es echar de menos todas y cada una de esas muchísimas B.
Así, en completa completud y en su infinita infinitud.
Ayer que regresó intenté decírselo sin mucho éxito; podrán imaginar que soy más efectiva enfrentando a la hoja en blanco. Dije muchas veces “amor…” y a su “qué?” no contesté nada porque no supe cómo empezar.
Mi cuerpo se encargó de hacérselo saber usando la mejor y más literal versión del “lenguaje no verbal” que se conoce y se pegó al suyo por horas respondiendo a la desesperación de toda mi persona. Su cuerpo se cimbró violentamente sobre la cama en consecuencia, también por horas.
“Qué me hiciste?!”, preguntó sin esperar que contestara.
Obviedades.
No sé qué tan claro le haya quedado lo que la comunicación tácita quiso decirle, pero a mí no me parece suficiente y si puedo hacer algo para arreglarlo, quisiera intentarlo.
B:
Estos días sin ti fueron difíciles. Me di cuenta que no te digo muy seguido lo mucho que te admiro. También supe por qué, desde Canadá hasta Argentina, dicen que estoy enamorada de ti.
Te extrañé.
(me sigo quedando muy corta)






