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Circunstancias adversas

Días como éste me hacen sentir realmente confundida/decepcionada/resignada. Los he tenido por montones recientemente y creo que se volverán aún más comunes una vez que HB se vaya del país y se lleve con él a Hmlst. Entonces sí, nada ni nadie logrará que salga de mi casa.

Me refiero a los días en que todo está “agendado” con semanas de anterioridad y que por alguna circunstancia se vuelven una marejada de malas experiencias. Eso me ha provocado cantidad de berrinches, de dolores de panza, de lágrimas de nostalgia mezcladas con coraje.

Verán, no soy buena para quedarme sola en casa los viernes por la noche. No, no lo soy, y no me gusta pensar que eso viene con la treintena de años. No es posible que la gente haga planes super divertidos para verse luego inmersos en la realidad de la vida que va más o menos “dios, viernes, que maravilla poder dormir y no tener que levantarse temprano mañana” y cancele a último momento. En esos instantes, claro, siempre se tiene en la mano una agenda a la cual recurrir pero me encuentro conque todos tienen planes del tipo “voy a cenar con… y luego me voy a la casa, que estoy muerto”. No, no es posible y es inadmisible. Es viernes en la noche, deberíamos estar bailando al punto de la deshidratación en algún antro ecléctico donde pongan desde punk hasta cumbia; eso, eso viene en los mandamientos.

Tampoco deberían preocuparnos las dietas, la rehabilitación o las limpiezas kármicas; no deberíamos tener presentes los niveles de colesterol o contando días para la próxima cita con el ginecólogo.

En este mundo de cambios de planes cortesía de nuestras propias responsabilidades se vuelve tremendamente complicado poder confiar en la gente así como esperar reciprocidad y complicidad al mismo nivel que la que se brinda. El que haya dicho que sí estaré ahí en ese momento debe ser confirmado mínimo 3 horas antes del evento si no, puedes darlo por cancelado.
El vacío es fatídico los miércoles, por ejemplo.

Hoy estoy sola a pesar de que mi plan maravilloso estaba orquestado desde el pasado domingo. Mi hermano presentó su examen para especialidad y le fue bastante bien, así que “el miércoles celebramos con chelas y mucho hip hop”, qué más se puede pedir?
El chico llegó temprano y con muchísima disposición; se sentó frente a la televisión conmigo para ver por décimosegunda vez el concierto de Jay-Z en el Madison Square Garden. Éramos felices y estábamos simples cuando recibió una llamada del trabajo y dijo “tengo que irme, a alguien le bajó la presión”. Se despidió rápidamente y desde la calle gritó “te la debo”. *sigh* Eso, en serio, no lo vi venir.

*****!!!

En ese momento yo había tomado dos cervezas, no me había cambiado así que todavía andaba ataviada de oficina y con todo mi maquillaje perfectamente aplicado aún en su lugar. Nada de qué preocuparse, me dije, son las 8 de la noche, hay mucho qué hacer! así que llamé a H. Estaba praparándose la cena, dijo que podía unirme… “pero al rato tengo que checar un servidor en Costa Rica”, agregó. Esa era la advertencia necesaria para que yo dijera que mejor nos veíamos después porque H es de esos que pueden ignorar el Apocalipsis mientras está frente a su computadora, lo que eleva la frustración social a niveles innimaginables.

Por otro lado, hoy hay un concierto al que otro porcentaje de mis amigos asistirían así que la agenda se redujo y redujo y redujo… hasta que dejé de intentar. Pensé en desnudarme, acabarme la cerveza y mandar mensajes de texto a horas inadecuadas, lo de siempre. Maldije mi suerte de miércoles, medio arruiné mi maquillaje lagrimeando como nena y me dirigí a la cocina mientras gruñía acerca de lo poco festivo que está todo, incluidos el clima, la política exterior y el descongelamiento de los polos.

En ese instante me comenzó a doler el estómago como no lo había hecho en años: agrura, acidez, asco, todas las anteriores. Tomé agua y solo lo empeoró, juro que me comencé a poner verde. Corrí al baño en un ataque de reflujo horrendo. Se imaginarán qué hice después. Me descompuse toda.

Así fue cómo arruiné mi maquillaje, mi pelo perfecto y casi me arranco el piercing de la nariz. Lavé y lavé mi cara como para encontrar un por qué, cómo y cuándo pasó eso de la nada; necesito una explicación cualquiera.

Heme aquí frente a la computadora después de media hora de lamentarme y dar vueltas sobre la cama; la única cosa que se me ocurrió es que todo el evento se debió a mi reciente cambio de hábitos o “estado zen”, como le dice H. Debo, de manera madura, hacerme responsable de las consecuencias que me traen los intentos de seguir los designios de mi ejército de doctores y sus infinitas amenazas disfrazadas de recomendaciones que siempre acaban coincidiendo en que “tienes que cuidarte porque ya no eres una adolescente”.

Hoy me queda claro que ya nadie a mi alrededor es un adolescente, además de que soy la epítome de la adulta contemporánea quien es incapaz de sobrevivir a su propio ritmo de vida sin pagar altísimos precios por ello.

También me quedó claro que, después de mi rehab, me convertí en alguien que se pone MAL después de ingerir DOS cervezas (con todo y cruda asesina). Siguiendo esa lógica tan simple infiero que esta noche podría cometer el suicidio más sencillo de la tierra si efectivamente me acabo el resto del six y pido a domicilio algo como, no sé, una torta de pierna con hartísimo aguacate, unos tacos de chicharrón o una pizza con mucho mucho salami y pedazotes de piña de lata. Moriré en menos de dos horas, fijo, probablemente entre gritos y una úlcera lacerante espontánea.

Este es el último clavo que el ataúd de mi vida como la concebía necesitaba para terminar de refundirse en los hoyos de la memoria colectiva. Ahí van años de excesos de todo tipo, de noches de desvelo en rachas de semanas, de comilonas poco probables y aún menos racionales, de tremendísimas ingestas alcohólicas donde nunca interesó la procedencia o contenido de las bebidas, de sudores fríos y calientes mientras se baila cualquier ritmo suceptible de hacerlo… ay, ay, ay de mí.

Luego llamó N; preguntó que si estaba ocupada y le contesté que pensaba dormir temprano porque no me sentía bien. Me puse triste porque tampoco pensaba unirme a los que cancelan planes, están ocupados o indispuestos de manera tan súbita.

Pero bueno, ya qué importa, si he perdido mi callo, lo demás caerá por su propio peso. “Pero por lo menos sales barata”, dijo H. ¿Barata? Pienso que de una manera u otra, siempre lo he sido.

PD: crecer apesta.
PD2: no sé cómo voy a sobrevivir las fiestas patrias dado lo que implica el nombre mismo del evento.

Question of time

It’s just a question of time
Before they lay their hands on you
And make you just like the rest.- Depeche Mode

En anteriores ocasiones les he mencionado que lo de cumplir treinta trae consigo algunos beneficios, específicamente sexuales. No, no voy a retractarme; lo sostengo y aplaudo, pero tengo otras cositas que mencionarles al respecto desde el punto de vista de una treintañera tal vez poco convencional (no shit!).

Yo esperaba que para este punto de la vida ya me hubieran caído suficientes veintes como para poder romper el cochinito y vivir de mis intereses, o invertir en la bolsa, pero lamento informales que no es así. Estoy a punto de declararme en bancarrota.
Esto lo achaco no a mi inmadurez (¿?), ni a mi falta de talento en las finanzas, sino a la imposibilidad lógica del resultando respetando la ecuación inicial, cosa en la que no había reparado hasta hoy en la tarde:

a más experiencias= más caminos abiertos = más posibilidades = más dudas

Dicen que establecerse, que yo interpreto como madurar emocionalmente, es renunciar a todas aquellas tantísimas posibilidades y concentrarse en hacer que una opción en particular sea la que perdure por… simple dogma de fe, me parece, y una terquedad antológica.

Mi problema es que no me han caído suficientes veintes porque he estado coleccionando alcancías.
Ahora tengo todo un cuarto lleno de ellas y no sé cuál comenzar a llenar de manera más permanente, dedicada y con concentración.
Escoger una significa olvidarse de echar veintes a cualquier otra porque es ESA la que debe llenarse en tiempo récord porque, claro, “ya no estás tan joven y necesitas algo serio”.

No dudo que lo necesite, reconozco la comodidad y el bienestar que se despega de no tener que reflexionar acerca de en cama de quién (y con quién, que luego no concuerdan) despertaré mañana. Mi cabeza dice que los veintes deben de ir en una dirección y señala a las demás alcancías como candidatas que palidecen ante ésta pero… y si no, si estoy pasando por alto otra con muchas más posibilidades?

Esto de crecer y hacerse adulta viene sin manual; hacerse de uno en el camino es lo que todos ambicionamos pero por equis o ye, tendemos a olvidarnos de definir el método y nos dedicamos a la práctica. Bueno, es mi caso.

No tenemos más tiempo para crecer y se espera que hayamos terminado felizmente ese proceso de maduración; se espera que nos sintamos completos y realizados; se espera que tengamos certezas y firmes ideas… pero no en todos los casos funciona igual.

Resulta que con mis treinta vinieron más dudas que respuestas.

Ahora se lo achaco al número pero sé que pudo haber sido cualquier otro y el resultado sería el mismo: hay algo en el ambiente que hace que mi cabeza dé vueltas en direcciones donde no hay manera de recolectar suficientes veintes como para comprar un paquete de galletas.

Me pesan las experiencias porque me enseñaron que hay caminos que podría recorrer con relativa facilidad, pero con resultados inciertos. Me pesan los caminos que sé en qué acabaron -en un “auch!”, o los que se truncaron -también en un “auch!”. Me pesan los caminos que disfruté pero que se convirtieron en círculos que no eran útiles para avanzar en ninguna dirección. Me pesa hasta la luz al final del túnel porque estoy convencida de que alguien puede apagarla de un soplo. Me pesa saberme capaz, pero sentirme incapaz.

Mi psiquiatra: “finalmente tienes que fluir, el camino se irá construyendo frente a ti”

Me mandaron a la tierra bisexual y bipolar. Ahora me dicen que es hora de definir una y solo una vía que recorrer.
Con lo docta que soy, me concreto a opinar: “a dar por culo!”.

En mi desesperación, se me ocurrió hacer una colecta en beneficio de mi salud mental: alguien tiene un veinte que le sobre?
Esta sí que es una caridad y sus donaciones serán libres de impuestos.
Repórtese conmigo. Gracias.

Morfología de la espera

I’m waiting for the night to fall
When everything is bearable
And there in the still
All that you feel is tranquility ._

Este es un tratado filosófico de alcances mayúsculos que tiene como fuente solamente a mí (y al diccionario online de la RAE). Por lo anterior, ustedes tienen todo el derecho (y obligación, casi) de no estar de acuerdo en parte o absolutamente nada de lo que aquí se consigne. Estas reflexiones se tuvieron a la luz de (una posible sobredosis) diversas pastillas, en una noche febril de sueños igual de caóticos donde cayeron muchos veintes, pero no por eso dejó de ser catastrófica.

Estas son reflexiones acerca de la espera y sus consecuencias. De cómo, y por qué, muchas veces es poco recomendable enfrascarse en una espera como tal a pesar de que la paciencia se considera en nuestra sociedad como un rasgo deseable entre individuos, y de por qué conviene evaluarla previamente al compromiso.

Definamos conceptos, primero:

espera1.

1. f. Acción y efecto de esperar.

2. f. Plazo o término señalado por el juez para ejecutar algo; como presentar documentos.

3. f. Calma, paciencia, facultad de saberse contener y de no proceder sin reflexión. Tener espera. Ser hombre de espera.

Según reflexiones derivadas de la definición misma de la palabra, la espera tiene ciertas características:
a) depende de un plazo
b) exige paciencia
c) requiere saberse contener

¿Por qué esperas? Pues porque sabes que existe un plazo a cumplirse y que tu paciencia se verá recompensada al final de el mencionado periodo de tiempo, así que, mientras eso sucede, te contienes. Así, la gente espera, no sé, que le toque su turno en la fila del super, espera aviones, espera que le manden un documento para iniciar o terminar su trabajo, espera la hora de la salida de la oficina, espera llegar a casa y quitarse los zapatos. Todo exige paciencia y resistencia a la frustración pero la fe se sostiene porque se SABE a ciencia cierta que toda espera llega al plazo pactado y feliz término.

¿Qué si no, no hay plazo y estamos esperando y esperando sin saber muy bien qué hacer? Simple: no estamos esperando, estamos haciendo otra, u otras cosas:

anhelar.

(Del lat. anhel?re).

1. tr. Tener ansia o deseo vehemente de conseguir algo. Anhelar empleos, honras, dignidades.

Deso vehemente, eh? Analicemos qué es eso de desear.

desear.

(De deseo).

1. tr. Aspirar con vehemencia al conocimiento, posesión o disfrute de algo.

2. tr. Anhelar que acontezca o deje de acontecer algún suceso.

Pero por supuesto, no se puede desear sin aspirar, verdad?

aspirar.

(Del lat. aspir?re).

3. tr. Pretender o desear algún empleo, dignidad u otra cosa. Aspira a una vida mejor.

Como vemos, estos verbos son autoreferentes, es decir, se definen citándose entre sí. Como sea, podemos notar inmediatamente importantes diferencias con la espera que habrá que acomodar, esta vez usando palabras clave:

a) ansia
b) disfrute
c) posesión
d) suceso
e) pretensión

Ninguno de estos verbos implica o acepta la aplicación de un plazo, lo que indica que si anhela se hace un poco de manera deliberada y conciente de que ese disfrute de la posesión de algo/alguien muy probablemente nunca llegue porque aquello que anhelamos no está bajo nuestra jurisdicción, es decir, no se nos ha dado injerencia sobre ello; tenemos las manos atadas.
Anhelamos y ponemos nuestra fe en algo de la manera más pura y naïve existente: para que nos sorprenda si es que aquello sucede, se alcanza o se llega a poseer.

El problema aquí es el ansia; anhelar produce cierto desazón, provoca insatisfacción mientras el anhelo no se consigue, provoca frustración si el anhelo se ve cada vez más lejano porque, simplemente, no funcionamos en esa frecuencia. Los seres humanos somos egoístas por naturaleza, queremos acción, suceso, disfrute, si no inmediato, dentro de cierto plazo finito que, si bien será difícil de manejar, no nos producirá toda el ansia que nos traería simplemente anhelarlo, desearlo con vehemencia o aspirar a ello porque estos sentimientos son hábilmente permeados por nuestra paciencia (si es que tenemos la suficiente, ojo) mientras esperamos.

El ser humano espera. Espera porque las esperas son funcionales, porque se caracterizan por ser efímeras, cortas o largas pero al fin satisfechas.

Por otro lado, anhelamos trabajar en la NASA, ir de vacaciones al Congo, anhelamos sacarnos la lotería, ser talla 5, que los Lakers ganen en el juego de hoy, tener un Audi TT o, de jodido, un V6.
Vemos todos los días esos anhelos realizados para otros, vemos un chingo de Audis en la calle, vemos niñas talla cero, vemos jardines más bonitos que el nuestro y nos frustramos. Nos enfermamos un poco de pretender lo que el otro parece tener y a nosotros se nos ha negado, nos dejamos llevar por la envidia, y, por claro, las ansias.

No pensamos que aquellos otros anhelan cosas que tal vez nosotros tenemos… pero ese no es nuestro tema.

Regresando, el problema viene cuando una espera que parecía tener todo para calificar como una, tiempo y finalidad, un día se vuelve un anhelo, un deseo vehemente, una pretención que no podemos realizar porque depende de otro o de la voluntad de éstos. No tiene fin, no está garantizado de ninguna manera.

ansia.

(Del lat. anx?a, f. de anx?us, angustiado).

1. f. Congoja o fatiga que causa en el cuerpo inquietud o agitación violenta.

2. f. Angustia o aflicción del ánimo.

3. f. náusea.

La mejor manera de notar cuándo una espera se ha convertido en un anhelo es comenzar a sufrir la conjoja, la angustia y aflicciones del ánimo que este nuevo proceso de deseo nos ocasiona.

Reconozco que existen individuos a quienes eso del anhelo se les da super fácil: los creyentes, los que participan en partidos políticos, los que apuestan en las carreras, los que son fans de… no sé, Thalía. Esa habilidad de creer por creer que el objeto de tu deseo te será entregado solo por pretenderlo, o a través de méritos muy subjetivos, es algo que yo nunca me he caracterizado por tener. La fe es una cosa que en mi familia no se encuentra, somos la versión austera.

Bien, así, yo soy un ser que espera. Soy un ser que trabaja meritoriamente para que esa espera sea eso, tenga fin y circunstancia, posea un límite y sea la feliz meta de la aplicación de mi estoica paciencia. Cuando se ha quedado en que la circunstancia es de espera y se indica con un “dame chance, en unos 3 meses…” o “wey, espérate al finde” ya es territorio de la paciencia, de nuestra madurez, el ser efectivamente capaces de soportar la espera de satisfacción.

Espero las fiestas del Koko, espero mi viaje de cumpleaños, espero a que se acabe el año para ponerme mis pantuflas de peluche rosa, como también espero poder regresar a las clases de cocina y baile (porque son en agosto las reinscripciones). Deseo ver a mi hermano feliz y sano, anhelo que el próximo año no me quede sin trabajo, aspiro juntar suficiente dinero para, algún día, comprarme un 207CC; eso me da ansias, porque ya casi tengo 30, pero sé, también, que no está del todo en mis manos (o las tuyas) que eso se haga realidad.

Pero esto sí lo estaba, era una espera hace 6 meses y ayer, así nomás, se volvió un anhelo.
Yo estaba esperando porque acordamos que sería eso, un asunto de paciencia, no de simple fe.

Los anhelos no me van, exigen de mí tragarme el ansia, la angustia, la congoja, la náusea y la fatiga… y sabes qué? No quiero, porque me enferma física y anímicamente. Sobre todo, me han cambiado la moneda y ésta no la quiero aventar al aire a ver si el azar me lleva a feliz término.

Término. Termino.
Dejé de esperar. Porque me mata lentamente intentar hacer otra cosa.

Mty Next Top Freaked Shrink p.1

Encontrar el psiquiatra indicado para cada caso exige dedicación y paciencia. Es como… encontrar un estilista perfecto; ya sé, eso se oyó muy banal, pero es bastante similar.

Se trata de encontrar a alguien que te corte el pelo como quieres/necesitas, a quien le tengas confianza en más de un sentido (para que te meta las manos a pesar de tu caspa, que te escuche mientras le cuentas tu vida -se sabe que eso siempre pasa-), que tenga buena mano con los problemas específicos de tu cabeza y que sea capaz de, a través de su trabajo, sacar lo mejor de tu persona al mejorar tu apariencia y, por ende, autoestima, así como abrirte las puertas a nuevas experiencias y posibilidades.

Eso no es fácil y casi siempre exige tiempo y estar dispuesto a superar cualquier cantidad de pruebas y errores.
Si te lo recomendó fulana, quien anda por ahí con ínfulas de Posh Spice, dices “claro!” pero luego resulta que aquélla tiene el pelo super lacio y el corte que te hacen, obvio, no se te ve igual. Error 1.
Fulana te dice “nombre, ve con el mío! es super bueno y nada caro” pero cuando llegas te vende la idea que necesitas no solo corte, sino tinte, alaciado y dos mil productos para evitar el adelgazamiento de  las hebras, lo que infla el costo unas 400 veces más de lo planeado. Error 2.
Otra buena amiga te recomienda el suyo, porque ha estado en la familia desde 1999, hizo el maquillaje y peinado de las 500 bodas de la colonia y es el mejor amigo de su tía, “casi mi primo!”, te dicen. Vas y resulta que sí, te corta el pelo con maestría, pero es el mismo corte que el de tu amiga, su prima, las 500 de la colonia y cada una de las clientas que esperaban antes que tú!!! Error 3.

En fin, entienden la idea. A todas nos ha pasado eso.

En psiquiatras es lo mismo: necesitas atención personalizada, un lazo de confianza muy sólido, que sean éticos y no te cuelguen milagritos - o traumas- innecesarios, que no piensen que a través de pastillas dominarán el mundo, que sean de amplio(ísimo) criterio, que estén convencidos que su trabajo y tu esfuerzo puede hacer un cambio positivo en tu vida y que no te cobren las perlas de la virgen. Obviamente, es vital que alguien te los recomiende; no puedes sacarlos de la sección amarilla, van a tratar algo más relevante que la tubería del fregadero o la instalación de un clima.

Esta semana (y la próxima) la dedicaré a la búsqueda de uno; mi rally comenzó con la recomendación de 3 especialistas, terapeutas de amigos. Hice citas espaciadas cada tercer día (mis terapias suelen ser físicamente extenuantes), y me mentalicé para decir la misma historia tres veces:

“Me diagnosticaron en 1999, en 2000 comencé a tomar estas pastillas … … … … y hace dos semanas se decidió que regresara a terapia”

En esos puntos suspensivos están las historias de 8 años, así que tienen altibajos, drama, sexo y muchas cosas bizarras que, uno pensaría, no son tan restrictivas ni especiales de mi caso, verdad? Bueno, me equivoqué.

Mi primera cita fue antier.
La doctora comenzó a tomar notas y hacer preguntas según avanzaba en la historia; me detuvo en el 2000 para preguntar si alguna vez había estado institucionalizada (o sea, en el manicomio), y me interrumpió en 2002 para averiguar cuándo fue la última vez que intenté suicidarme. Iba abriendo mucho los ojos según yo seguía hablando.
No llegué a 2003 porque dijo:

“No puedo ayudarte”

Ando por la vida pensando que lo mío es menos complicado de lo que se piensa, que tengo una vida errática, sí, pero libre de peligros… pero cuando un psiquiatra, acostumbrado a escuchar las cosas más freakeantes y densas se declara incompetente, te hace pensar las cosas dos veces.
Dan ganas de ir personalmente al manicomio a decir “tengo una reservación”, vender toda posesión para dedicarme a la vida asceta de crecimiento personal, a hacer yoga y encontrar la iluminación o ya, de perdido, escribir mi autobiografía, producir la película y no ir por mi Oscar porque odio a todos y tengo fobia social.

Después de esa experiencia, a lo único que aspiro es a encontrar un psiquiatra que me deje llegar al 2008 antes de decidir que soy peligrosa para la sociedad y me ponga una camisa de fuerza.

Strike one.

Hoy sigue la cita número dos. Este psiquiatra está advertido que mis pedos no son del tipo “imaginario”, que tengo un diagnóstico previo y que probablemente se freakée.
Aún así, me hizo cita.

Deséenme suerte.