Circunstancias adversas 10 September 2008
Días como éste me hacen sentir realmente confundida/decepcionada/resignada. Los he tenido por montones recientemente y creo que se volverán aún más comunes una vez que HB se vaya del país y se lleve con él a Hmlst. Entonces sí, nada ni nadie logrará que salga de mi casa.
Me refiero a los días en que todo está “agendado” con semanas de anterioridad y que por alguna circunstancia se vuelven una marejada de malas experiencias. Eso me ha provocado cantidad de berrinches, de dolores de panza, de lágrimas de nostalgia mezcladas con coraje.
Verán, no soy buena para quedarme sola en casa los viernes por la noche. No, no lo soy, y no me gusta pensar que eso viene con la treintena de años. No es posible que la gente haga planes super divertidos para verse luego inmersos en la realidad de la vida que va más o menos “dios, viernes, que maravilla poder dormir y no tener que levantarse temprano mañana” y cancele a último momento. En esos instantes, claro, siempre se tiene en la mano una agenda a la cual recurrir pero me encuentro conque todos tienen planes del tipo “voy a cenar con… y luego me voy a la casa, que estoy muerto”. No, no es posible y es inadmisible. Es viernes en la noche, deberíamos estar bailando al punto de la deshidratación en algún antro ecléctico donde pongan desde punk hasta cumbia; eso, eso viene en los mandamientos.
Tampoco deberían preocuparnos las dietas, la rehabilitación o las limpiezas kármicas; no deberíamos tener presentes los niveles de colesterol o contando días para la próxima cita con el ginecólogo.
En este mundo de cambios de planes cortesía de nuestras propias responsabilidades se vuelve tremendamente complicado poder confiar en la gente así como esperar reciprocidad y complicidad al mismo nivel que la que se brinda. El que haya dicho que sí estaré ahí en ese momento debe ser confirmado mínimo 3 horas antes del evento si no, puedes darlo por cancelado.
El vacío es fatídico los miércoles, por ejemplo.
Hoy estoy sola a pesar de que mi plan maravilloso estaba orquestado desde el pasado domingo. Mi hermano presentó su examen para especialidad y le fue bastante bien, así que “el miércoles celebramos con chelas y mucho hip hop”, qué más se puede pedir?
El chico llegó temprano y con muchísima disposición; se sentó frente a la televisión conmigo para ver por décimosegunda vez el concierto de Jay-Z en el Madison Square Garden. Éramos felices y estábamos simples cuando recibió una llamada del trabajo y dijo “tengo que irme, a alguien le bajó la presión”. Se despidió rápidamente y desde la calle gritó “te la debo”. *sigh* Eso, en serio, no lo vi venir.
*****!!!
En ese momento yo había tomado dos cervezas, no me había cambiado así que todavía andaba ataviada de oficina y con todo mi maquillaje perfectamente aplicado aún en su lugar. Nada de qué preocuparse, me dije, son las 8 de la noche, hay mucho qué hacer! así que llamé a H. Estaba praparándose la cena, dijo que podía unirme… “pero al rato tengo que checar un servidor en Costa Rica”, agregó. Esa era la advertencia necesaria para que yo dijera que mejor nos veíamos después porque H es de esos que pueden ignorar el Apocalipsis mientras está frente a su computadora, lo que eleva la frustración social a niveles innimaginables.
Por otro lado, hoy hay un concierto al que otro porcentaje de mis amigos asistirían así que la agenda se redujo y redujo y redujo… hasta que dejé de intentar. Pensé en desnudarme, acabarme la cerveza y mandar mensajes de texto a horas inadecuadas, lo de siempre. Maldije mi suerte de miércoles, medio arruiné mi maquillaje lagrimeando como nena y me dirigí a la cocina mientras gruñía acerca de lo poco festivo que está todo, incluidos el clima, la política exterior y el descongelamiento de los polos.
En ese instante me comenzó a doler el estómago como no lo había hecho en años: agrura, acidez, asco, todas las anteriores. Tomé agua y solo lo empeoró, juro que me comencé a poner verde. Corrí al baño en un ataque de reflujo horrendo. Se imaginarán qué hice después. Me descompuse toda.
Así fue cómo arruiné mi maquillaje, mi pelo perfecto y casi me arranco el piercing de la nariz. Lavé y lavé mi cara como para encontrar un por qué, cómo y cuándo pasó eso de la nada; necesito una explicación cualquiera.
Heme aquí frente a la computadora después de media hora de lamentarme y dar vueltas sobre la cama; la única cosa que se me ocurrió es que todo el evento se debió a mi reciente cambio de hábitos o “estado zen”, como le dice H. Debo, de manera madura, hacerme responsable de las consecuencias que me traen los intentos de seguir los designios de mi ejército de doctores y sus infinitas amenazas disfrazadas de recomendaciones que siempre acaban coincidiendo en que “tienes que cuidarte porque ya no eres una adolescente”.
Hoy me queda claro que ya nadie a mi alrededor es un adolescente, además de que soy la epítome de la adulta contemporánea quien es incapaz de sobrevivir a su propio ritmo de vida sin pagar altísimos precios por ello.
También me quedó claro que, después de mi rehab, me convertí en alguien que se pone MAL después de ingerir DOS cervezas (con todo y cruda asesina). Siguiendo esa lógica tan simple infiero que esta noche podría cometer el suicidio más sencillo de la tierra si efectivamente me acabo el resto del six y pido a domicilio algo como, no sé, una torta de pierna con hartísimo aguacate, unos tacos de chicharrón o una pizza con mucho mucho salami y pedazotes de piña de lata. Moriré en menos de dos horas, fijo, probablemente entre gritos y una úlcera lacerante espontánea.
Este es el último clavo que el ataúd de mi vida como la concebía necesitaba para terminar de refundirse en los hoyos de la memoria colectiva. Ahí van años de excesos de todo tipo, de noches de desvelo en rachas de semanas, de comilonas poco probables y aún menos racionales, de tremendísimas ingestas alcohólicas donde nunca interesó la procedencia o contenido de las bebidas, de sudores fríos y calientes mientras se baila cualquier ritmo suceptible de hacerlo… ay, ay, ay de mí.
Luego llamó N; preguntó que si estaba ocupada y le contesté que pensaba dormir temprano porque no me sentía bien. Me puse triste porque tampoco pensaba unirme a los que cancelan planes, están ocupados o indispuestos de manera tan súbita.
Pero bueno, ya qué importa, si he perdido mi callo, lo demás caerá por su propio peso. “Pero por lo menos sales barata”, dijo H. ¿Barata? Pienso que de una manera u otra, siempre lo he sido.
PD: crecer apesta.
PD2: no sé cómo voy a sobrevivir las fiestas patrias dado lo que implica el nombre mismo del evento.



