Archive for December, 2007

Update

How are things on the West Coast?
I hear you movin’ real fine..-
Interpol “Heinrich Maneuver”

Estoy viva, How are things on the West Coast?

Siguiendo la máxima de no contaminar el blog con mi mala vibra, me callé por una semana. Tuve a bien experimentar un evento tan pero tan de la chingada que me tuvo, incluso, sin pensar en sexo por un par de días así que no tenía nada bonito qué contarles. Sí, así estuvo el trancazo.
Sigo sin tener muchas cosas bonitas qué contarles pero si a alguien le sirve la anécdota, he aquí un par de cosas que deben tomar en cuenta cuando tienen un accidente de tránsito:

a) Si no hay heridos o daños materiales mayores, HUYAN por su vida antes de que la “autoridad” llegue
b) Nunca tengan accidentes en la jurisdicción de la PFP (Policía Federal Preventiva)
c) Seguros Afirme sucks donkey ass, también seguros Ana (uta, con ese nombre… en fin…)
d) Eviten que una grúa se lleve su carro, antes intenten moverlo CON LOS DIENTES si es necesario
e) No dejen ABSOLUTAMENTE nada de valor dentro de su carro una vez que está sobre la grúa y, por ende, de camino al corralón
f) Pidan que las fotografías de peritaje de los daños de su carro se las envíen por mail (ya todos los ajustadores de seguros tienen cámaras digitales)
g) El Ministerio Público no es tu amigo
h) No le presten su carro a nadie, bajo ninguna circunstancia y en estado de completa sobriedad.

Dicho lo anterior, creo que es obvio que me he quedado sin carro. Tengo de peatona una semana y de furiosa punto “ataque de ira” (modo dragón, lo llaman en la oficina) por ese mismo periodo de tiempo.

Tengo que calmarme. La vida sigue.
Ustedes qué cuentan?

Confesiones de una grinch

Acabo de tener una conversación terrorífica con B sobre algo que racionalmente no debería causarme ningún problema: la navidad. Sí, este issue que en este espacio se ha mencionado en anteriores ocasiones me vuelve a perseguir ahora con más fuerza que nunca:

“Mi mamá cumple años el 24 de diciembre”, dijo B y ahí fue donde me di cuenta que todo lo que yo conocía hasta el momento como la celebración navideña debe llegar a un nivel de hardcorización importante si, además, la anfitriona se festeja entre el pavo y los regalos.

Todo comenzó con la presuntamente inocente frase de “quiero poner un pinito” y nada, mi semblante cambió al punto del vómito; dije: “soy fóbica”. Ella se detuvo a esperar una carcajada que nunca llegó y, después de una hora de rollo, acabó en “vale, si es así de traumático, no habrá pinito!”.

A B la adoro y me encantaría no ser un ente socialmente inepto, incapaz de asistir a esos eventos sin llegar al ataque de pánico. Yo la quiero, en serio, pero un pinito de navidad en mi casa es algo que nunca ha corrido por mi cuenta y que si dependiera de mí, jamás sucedería.

El último pinito que mi madre puso fue cuando yo cumplí 11 años; no recuerdo qué evento desencadenó la reflexión (correctísima) de que lo del pinito no era más que una gastadera innecesaria de tiempo, dinero y esfuerzo que llevó a que la tradición fuera superada.

Creo recordar que cuando vivía en Juan Ignacio, Eunice se empeñó en poner un pinito cierto año y que, hasta eso, no le quedó feo ni yo intenté incendiarlo. Luego salió del país pero antes me dejó los regalos muy bien acomodados debajo: uno para mí, uno para Greta (la perra). “No se te ocurra abrirlos antes de Nochebuena!” sentenció al despedirse y yo aseguré que no tuviera pendiente, que eso no sucedería.
Tan así fue, que cuando regresó de viaje y me preguntó por los regalos (un 9 de enero o algo así) yo recordé su existencia. … Ajá, así me pasan a mí las Navidades… si alguien no me las echa en cara, puedo obviarlas porque también es el tiempo de posadas, cuando acompaño a H a la suya o puedo presumir de mis habilidades dancísticas en eventos no religiosos. There u go.

A B yo la quiero, mucho, y quisiera decirle “sí!” a la idea de poner el pinito e incluso agregar un “y yo pongo la estrella!” al final de la frase. Me siento genuinamente mal de ser incapaz de conceptualizar el evento como algo nostálgico, melancólico o remotamente feliz… muy a pesar de que prometió comprarme un pinito color rosa. Ajá, rosa.

Yo la quiero mucho, y hoy me siento miserable por no poder compartir con ella esos momentos en los que su habilidad plástica se explaya al punto de colocar un nacimiento “con todo el fucking pueblo judío representado” en las faldas de su super pino, contra el cual otros palidecerían.

Yo la quiero, pero hay ciertas cosas, como lo de ser socialmente adecuada, que nunca se me han dado del todo. La hipersensibilidad incontrolable es el síntoma más cotidiano en cuanto se acerca la N… con B en mi vida, ahora también será la oportunidad de hacer nuevos recuerdos donde no los hay, compartirme, experimentar. Hay posibilidades de pasársela bien siempre, verdad?

Yo la quiero mucho, pero su esencia de familia es algo que no puedo procesar en estos momentos en los que al verla vestida de rosa, con sus calcetas de rayas naranjas, me pongo a pensar que esa niña linda, la que me hace sonreír tanto, lo único que me pide para ser feliz y sentirse en casa es un fucking pinito el cual yo detesto con toda mi alma.

I really do.
Soy una mala persona.

Yo pensé que realmente había cambiado, resultó que sólo me mantuve en hibernación; la grinch en mí tiene aún mucho qué decir.
B. La quiero mucho.
Asunto pinito: quiero intentarlo.

También dijo que si no tengo con quién pasarla, me vaya con su familia en nochebuena. Su familia, damn, acabarán adoptándome cual perro callejero porque eso siempre pasa cuando menciono que en mi casa no celebramos navidad y mi madre no sabe rellenar un pavo:  tías, hermanas, madres y abuelas dicen al unísono “aaaaaaaaaaawwwwww, pobrecitaaaaaaaaaaaaa”.

Here we go again.