Exprímeme

Esta noche hay vapor en mi aliento. Tiendo a empañar, nublar, y hacer sudar. Siento una urgencia por meter la cabeza donde no me la puedas ver, hundírtela, enterrártela, y sanarme en tu oscuridad perpetua.
Qué haré yo con este termostato averiado en un verano en Monterrey? Mientras lo pienso me derrito otro poco y miles de burbujas de aire caliente me revientan en los oídos; me dejaste en calidad de “encendido” y, figúrate, ebullo cual caldera y corro con sed ansiosa de tu magma, de todas y cada una de las rocas fundidas que te resbalan de entre las piernas.
Mis labios se parten desde lejos condenados a una perenne deshidratación, mi lengua no te reconoce en ninguna piel y se fríe entre mis muecas de dolor, de aguda penitencia. Busco sin buscar un extintor mientras me relleno los poros de alcohol… mientras me froto aceite…
Me revuelco en un caldo de humores hirvientes que dibujan líneas quebradas sobre mis brazos y en mis muslos; te sudo a morir como al veneno que me intoxica y no me deja digerirte enterita; te me atoras en la garganta, me sacas lágrimas que acaban por evaporarse entre mis ruidos de ahogo y acompaño de una tos enfermiza como la de aquel crónicamente condenado a la resequedad, al desierto en la voz.
El verano está siendo muy cruel y largo; tampoco ayudan mis pies dezcalzos sobre el pavimiento ardiente, que, de nuevo, me recuerdan todos los pasos que nos separan y cada una de las veces que besé, en éxtasis, tus dedos blanco leche antes de perderlos, traviesos, en lugares que tú acabaste de descubrir en mi anatomía imperfecta, pero floreciente, combustible en muchos sentidos.
Me reviento como ampolla, hecha a fuerza de fricción y abrasión.
Estoy implorando porque dejé de respirar y sólo quedó este calor sin fuente ni epicentro: exprímeme y lava estos líquidos que se escurren a ninguna parte, exprímeme y deforma para siempre esta herida purulenta que no ha comenzado a sanar, ni ha dejado de abrirse; exprímeme y que esto que gotea, que exudo sin control y que mancha todo lo que toco, acabe por ser lamido.
Exprímeme, y considera estos jugos acres como mi ofrenda a ti, esta noche en que tu sólo recuerdo convierte en gasolina mi cama, mi piel en una mecha, y estas palabras en chispa.
Ardo por ti. Me carboniza tu ausencia.
Esta noche ilumino mi propio sueño con la flama de un ejercicio mortal de combustión personal.
Nota aclaratoria: También soy un ave fénix…



